viernes, 25 de septiembre de 2015

Van Dülmen, Richard: Los inicios de la Europa Moderna. 1550-1648 - VIII. LA REVOLUCION INGLESA: CRISIS DE ESTADO O REV0LUCION BURGUESA

VIII. LA REVOLUCION INGLESA: CRISIS DE ESTADO O REV0LUCION BURGUESA
    «Las revoluciones de 1648 y 1789 no fueron revoluciones inglesas y francesas; fueron revoluciones de tipo europeo. No representaban el triunfo de una determinada clase de la sociedad sobre el viejo orden político; eran la proclamación de un régimen político para la  nueva sociedad europea». La revolución inglesa perteneció de hecho, a las grandes revoluciones que contribuyeron a la aparición del mundo moderno. Su valoración, a pesar de las intensas investigaciones realizadas, sigue siendo controvertida.  Por grande que sea la importancia de los hechos socioeconómicos, así como de los enfrentamientos religiosos que tuvieron lugar en la revolución, su definición como- puritana o burguesa resulta poco útil para distinguirla de otros movimientos revolucionarios del continente europeo de mediados del siglo XVII. Al principio se trató de sin duda de un conflicto más bien, «estamental», pero con el estallido de 1640 la revolución adquirió una dinámica propia que no se puede explicar por sus comienzos, o lo que es lo mismo, por los antecedentes. Tuvo sin duda algunos puntos en común con los enfrentamientos que se estaban produciendo en el continente  y que habían surgido también por la represión de la autonomía estamental o regional, pero solamente la revolución inglesa consiguió derrocar a la monarquía, proclamar  una república sobre la base de la soberanía del Parlamento y elaborar una obra constitucional que rompía radicalmente con la tradición y que no pudo ser totalmente eliminada más tarde por la restauración.
    La singularidad de la revolución inglesa solamente se puede comprender en el contexto de una compleja situación sociopolítica que se remonta al siglo XVI y  se diferencia inequívocamente, de la de los países continentales.
  Inglaterra había conocido una fuerte  monarquía; cuyos derechos nadie ponía en duda, pero a la que se enfrentaba un no menos consciente Parlamento, en el cual la clase dirigente -pares, gentry y alta burguesía londinense- defendía sus viejos derechos y libertades en contra de las pretensiones de la corona. Todos los conflictos entre el rey y la nobleza eran llevados aquí.
   Por otro lado Inglaterra poseía una nobleza privilegiada que, al igual que la continental, poseía extensos derechos políticos, sobre todo en el campo. Esta nobleza no se retiró a la vida feudal sino que, por el contrario, se abrió a las diversas actividades  “burguesas», incluyendo la educación, ni se aisló de la burguesía londinense. La fuerza de la nobleza inglesa era su relativa independencia del' rey y su parcial comunidad de intereses con la burguesía. Las nuevas relaciones de propiedad y la necesidad de dinero habían  ya “nivelado” fuertemente a la sociedad· inglesa.
     Además, Inglaterra se caracterizó tanto por él rápido crecimiento de su capital, Londres, que se convirtió en un importante centro comercial, bancario e  industrial, como por  la expansión cada vez mayor del mercado, influenciada por el crecimiento londinense, [361] que por un lado impuso una amplia y rentable comercialización de los productos agrícolas y por otro aumentó considerablemente las diferencias entre ricos y pobres. Las fuerzas del capitalismo primitivo en la ciudad y el campo habían roto la estructura económica tradicional en muchos sectores a mediados del siglo XVII, a pesar del estancamiento económico existente desde la década de 1620.
  Al contrario que en el continente, en Inglaterra se había impuesto finalmente un sistema religioso o eclesiástico que debido a sus contradicciones se transformaría en una fuerza dinámica de la revolución. La Reforma trajo consigo por una lado, con el anglicanismo, una nueva Iglesia jerárquica exclusivamente sometida a la corona, y por otro, un movimiento puritano de protesta y reforma que intervino intensamente en la vida práctica, insistiendo en la conciencia de los individuos y favoreciendo con ello un pluralismo de creencias religiosas que no permitió la separación de política y religión, posibilitando con ello una radicalización de la opinión pública en esta época casi impensable en el continente, y que además produjo una movilidad intelectual que afectó por primera vez a amplias capas de la población. Esta apertura espiritual característica de la Inglaterra de principios del siglo XVII no fue sólo consecuencia de la movilidad social, sino, esencialmente, resultado de la revolución puritana.
   La revolución inglesa fue el producto de un complejo desarrollo en el cual confluyeron el cambio social, la radicalización religiosa y una crisis del Estado. Inglaterra estaba sometida, como hemos dicho, a un importante cambio social que afectaba del mismo modo al campo y a la ciudad. La expansión económica del siglo XVI y la consiguiente crisis de! siglo XVII habían agudizado las contradicciones entre pobres y ricos y minado el orden feudal. Pero mucha más influencia que esto tuvo el desplazamiento de la propiedad en la clase dirigente del país con la situación revolucionaria. Ciertamente la ascensión de la gentry o, lo que es lo mismo, la pérdida de poder de la aristocracia desde finales del siglo XVI, no tuvo ningún significado inmediato para el desencadenamiento de la revolución; la gentry no era una clase social burguesa y capitalista cerrada y su posición social en el país permaneció intacta en todas partes. A pesar de todo, antes de la revolución, y sobre todo bajo Carlos I, la inseguridad y la ansiedad se hicieron cada vez mayores. «Los herederos, la capa social que transmite el estatus, parecían en peligro; una atmósfera de desconfianza generalizada entre la clase dirigente creó las premisas necesarias para el derrumbamiento de las lealtades tradicionales y con ello para la aparición de una situación revolucionaria»    [362]
    De forma mucho más inmediata influyó el puritanismo radical en el nacimiento de la revolución. De todos modos, esto no debe ser entendido como si el puritanismo hubiera sido la ideología revolucionaria. No hubo un contacto directo entre las ideas puritanas y las reivindicaciones políticas de la oposición parlamentaria.
  El puritanismo, a principios del siglo XVII, estaba tan basado en la monarquía y el orden social estamental como el anglicanismo; solamente había diferencias en cuestiones de rito, de la posición de la Iglesia y de moral. Todo esto, de todos modos, se transformó fundamentalmente con la política eclesiástica estatal de la década de 1630; por la que se harían más estrechos los lazos entre el trono  y la Iglesia episcopal, serían reprimidas las influencias laicas en el seno de la Iglesia anglicana y perseguidos los separatistas puritanos y la Iglesia estatal se aproximaría de manera sospechosa al catolicismo. En la oposición a la Iglesia oficial y a la política eclesiástica de Laud, se reforzaría considerablemente el fundamento tanto antiautoritario como milenarista del puritanismo.   La idea de la creación de una nueva Jerusalén por parte de la “comunidad de los santos», inspiraría, sobre todo desde 1642, no solo a los miembros del Parlamento sino, por primera vez, a grandes capas de la población, y promovería el espíritu de resistencia contra un poder que mientras tanto se había vuelto ajeno a ellas. De todos modos, siguieron existiendo diferencias entre el radicalismo político y el religioso.
    Pero ni la crisis social ni la radicalización del puritanismo explican por sí solas la revolución, a pesar de que fueron «fermentos revolucionarios». No sólo ocasión sino también motor del conflicto que llevó de la oposición parlamentaria a la revolución fue la amenaza que para los estamentos (conscientes de sus derechos) suponía el poder absolutista del Estado que se estaba formando y la reafirmación de la clase dirigente, consciente de sus libertades políticas, frente a la corona. La verdadera raíz de la revolución se encontró en la escalada del conflicto entre el Parlamento y la corona, aun cuando este conflicto sin la radicalización religiosa no hubiera conducido a la revolución
    En la revolución se jugó algo más que la solución de unos problemas constitucionales: al principio fue la autonomía política de los estamentos y más tarde la emancipación del «pueblo». Mientras la monarquía respetó los derechos y privilegios de las clases dirigentes del país, unidas en el Parlamento, la fuerte posición del  rey inglés fue inatacable. El Parlamento apoyaba, en general, la política de la corona. Pero a pesar de ello los Estuardo, movidos en buena medida por la duras crisis de la década de 1620 que impulsaron en el continente el reforzamiento del Estado, intentaron extender el poder real centralizado en el contexto de la Constitución inglesa, se entrometieron en los asuntos de la [363] administración local por medio de 'leyes y decretos y atentaron contra las atribuciones parlamentarias mediante la recaudación de impuestos. La política voluble del rey y sus consejeros hizo que el Parlamento perdiese la confianza en la corona. Así se formó una oposición en el Parlamento que también se remitía a la tradición de la Constitución inglesa, pero no rompía menos que el rey el equilibrio tradicional: esa oposición no permitiría que el Parlamento funcionase como un organismo de apoyo incondicional al rey, como una asamblea con una función ante todo de asesoramiento, sino que intentaría transformarlo en una instancia de control de la política real. Solamente por medio de este control, pensaba la oposición, estarían salvaguardados los intereses del país. El conflicto sería inevitable en el momento en que el rey ya no fuese capaz de gobernar en contra de los intereses de los grupos, relevantes del país y la oposición exigiese claras seguridades. Esto se pondría por primera vez de manifiesto con el sometimiento de los escoceses. El derrocamiento de la monarquía no era el objetivo primario de la oposición;  tampoco sus objetivos estaban sacados de un programa teórico revolucionario bien definido: éste se iría formando sobre la marcha de  los acontecimientos políticos, que evolucionarían gradualmente hasta la resistencia total frente a la corona. Todas las discusiones en el 'Parlamento desembocarían pronto en cuestiones de principio. Por ello la revolución no fue un acontecimiento casual, ni tampoco el resultado de una política equivocada por parte de Carlos I, como por ejemplo, su falta de compromiso, sino el producto de una situación de resistencia cuyos comienzos se remontan a épocas anteriores y en la que las crisis religiosas y sociales dieron al conflicto entre el Parlamento y la corona una dimensión revolucionaria, lo  que trajo consigo la guerra civil en todo el país.
   Aunque en el año 1629 (disolución del Parlamento) se había puesto de manifiesto la última e  irreconciliable contradicción entre el Parlamento y la corona, no se llegó todavía a un conflicto abierto. A pesar de las jugarretas del rey contra sus  enemigos, no hubo ni siquiera levantamientos regionales. Al conflicto se llegó solamente después de diez  años de gobierno de Carlos l sin Parlamento, cuando el rey, para derrotar a los escoceses en 1639, solicitó, en contra de Sus principios, el apoyo del Parlamento; Carlos I; como rey de Escocia, había intentado con Laud introducir, el sistema episcopal anglicano y con ello lograr el sometimiento de Escocia a su gobierno absolutista. Cuando ante esta situación los presbiterianos escoceses, conjuntamente con los aristócratas; no menos amenazados por el  rey, se dispusieron a resistir mediante el Covenant, Carlos I intentó atacar por la fuerza, pero como [365]  sin la ayuda financiera del Parlamento era demasiado débil  se vio obligado  a convocarlo en 1640 (Parlamento Corto). A pesar del largo tiempo sin ParIamento, la oposición no había permanecido inactiva.  Ciertamente, no ofreció una  resistencia activa contra la política real, pero sí llevó a cabo diversas acciones de boicot a las órdenes y los impuestos reales, que  aun cuando condujeron a detenciones,  reforzaron  mucho más la resistencia de lo que sirvieron para que prevaleciera la voluntad real . Así pues, no fue ningún milagro que en 1640 el Parlamento se declarase por un lado a favor, pero antes de cualquier .ayuda exigiese la eliminación de toda “anomalía” es decir, en último término, de su sistema político. El rey no quiso ceder, y no sólo disolvió nuevamente el Parlamento, sino que intentó, por medio del aumento de los empréstitos forzosos y del controvertido ship money (derecho feudal a exigir barcos  a los súbditos}, así como de la creación de un ejército en la Irlanda  católica, someter a presión a los ingleses y a los escoceses. Pero los escoceses no sólo  pudierón resistir sino que obligaron a capitular a Carlos I. Para una retirada segura de sus, tropas exigieron tales cantidades de dinero que el rey tuvo que acudir nuevamente al Parlamento. Esta fue la segunda declaración de bancarrota de su política. Cuando se produjo la convocatoria del Parlamento -esta· vez el· Parlamento Largo porque su' periodo de sesiones se prolongaría durante trece años-se hizo patente la total pérdida de autoridad del rey en el parlamento. Las elecciones dieron como resultado una clara mayoría de la oposición parlamentaria.
    La política de reformas del Parlamento Largo  sólo pretendía en un principio, la reinstauración de la vieja Constitución y  el equilibrio entre la corona y el Parlamento. Pero en su autodefensa frente al imprevisible rey, que en el fondo no estaba dispuesto a hacer serias concesiones, pronto la oposición fue más allá de sus primeros objetivos. La capitulación de la política real sería utilizada para eliminar a todos los representantes del absolutismo inglés y en primer lugar a Strafford y Laud. Al director de la política real le fue instruido un proceso, tras su recusación, seguido de su ejecución con la firma del rey (verano de 1641). Esto no sólo fue la venganza de la aristocracia y la gentry, excluidas  políticamente durante largo tiempo; la ejecución delante de una multitud apasionada fue, precisamente, una demostración de la nueva fuerza política del Parlamento a la que no podía renunciar ni frente al rey ni frente al pueblo. A continuación tenían suprimidas las principales instituciones de la corona, como la Court of  Star Chamber y la Court of High Commission, las aduanas serían puestas bajo control del Parlamento y el odiado Ship Money sería declarado ilegal. Decisiva a largo plazo para la reafirmación de la oposición fue la Triennal Act, según la cual el Parlamento debía ser convocado cada tres años y al rey no le estaba permitido disolverlo sin la aprobación de éste. Con ello se consiguió una importante premisa para la independencia política parlamentaria.
    El ataque del Parlamento no habría tenido seguramente tanto éxito de no haber contado la oposición con e! apoyo decisivo de la población londinense . Aquí existían ya desde hacía tiempo fuertes protestas y, sobre todo, revueltas contra la política eclesiástica del rey. La unión de los políticos parlamentarios con la oposición extraparlamentaria fue el factor decisivo tanto para la radicalización de la resistencia como para el éxito frente al rey. Primeramente fueron solamente las clases medias y bajas las que con peticiones, manifestaciones y otras acciones reforzaron a los parlamentarios de la oposición, mientras que las autoridades municipales estarían, hasta el comienzo de la revolución, de parte del rey. Pero a medida que el puritanismo encontrara más adeptos y el Parlamento consiguiera imponer sus exigencias, la administración de la ciudad de Londres sería ocupada (1642) por fuerzas puritanas radicales. Con la movilización de la población londinense, que pronto, junto con el Committe of Public Safety, representaban la salvaguardia militar del Parlamento, el conflicto entre éste y la  corona adquirió una nueva dimensión. La revolución ya no sería por más tiempo una cuestión de las clases dirigentes tradicionales, sino que todo el pueblo comenzaría a tomar parte en ella.
   A pesar de que el rey tenía que cumplir todas las exigencias del Parlamento, no se daba por vencido. Estaba tan poco dispuesto a un compromiso como el Parlamento y esperaba que el tiempo trajese una solución. Después de no haber podido evitar la ejecución de Strafford, proyectó un golpe de Estado, pero los rumores sobre ello aumentaron considerablemente la desconfianza de los parlamentarios. Todavía más desafortunado fue el intento de encarcelar a cinco parlamentarios de la oposición, entre ellos al portavoz de la Cámara Baja, Pym. La consiguiente respuesta de Pym (Grand Remonstrance de noviembre de 1641), en la que enumeró claramente todos los errores de la política real, expuso las reivindicaciones políticas del Parlamento y solicitó un sínodo nacional y una nueva constitución eclesiástica, sería hecha pública antes de que el rey pudiera reaccionar, y tuvo una gran resonancia entre la población, incluso fuera de la capital.
Con la radicalización de la posición parlamentaria y la consiguiente huida del rey de Londres, el Parlamento se transformó decisivamente. Dado que muchos sólo querían corregir los errores anteriores y temían que la politización popular desembocara en una amenazadora anarquía, se creó un partido realista. [366]  Si en 1640 la totalidad de la Cámara Baja había votado a favor de la recusación contra Strafford, la Grand Remonstance (1641) sólo se aproximaba por escasa mayoría. Finalmente, durante la guerra civil, el 43%  de los representantes de la Cámara Baja estarían de nuevo a favor  del rey como garantía del orden.
   La división cada vez mayor en partidarios y adversarios y del rey no debe ser considerada a la ligera como debida a posiciones sociales diferentes o a intereses políticos basados en diferentes posiciones sociales. En ambos bandos encontramos por igual representantes de la aristocracia,  la gentry y la burguesía, e incluso comerciantes y juristas, si bien los partidarios del rey eran por término medio diez años más jóvenes. Aun cuando no se pueda hacer una clasificación simplista, por un lado porque sólo una activa minoría tomaba las oportunas decisiones, mientras que la mayoría en general quería evitar la guerra civil, y por otro porque la pertenencia a un partido estaba motivada casi exclusivamente por criterios locales, existen efectivamente algunas diferencias que, por lo menos a largo plazo, fueron de importancia. Mientras que los realistas tenían fortalezas  tenían sus fortalezas en el norte y en el oeste, y por tanto sobre todo en las regiones agrícolas, el Parlamento encontraba su apoyo en el sur y en el este del país, donde predominaban la industria y el comercio, También el puritanismo, que en general respaldaba al Parlamento, reclutaba sus activos partidarios  entre las clases medias de la industria y la agricultura. Así, pues, no se puede atribuir a las contradicciones sociales la función de desencadenantes de la guerra civil, pero en el fondo determinaban el clima político cada vez más tenso, por lo menos cuando los levellers anunciaron su programa político.
    Con la creación de un partido realista, el conflicto armado era inevitable. El hecho de que el Parlamento, tras los éxitos iniciales del rey, lo decidiera a su favor con ayuda de los escoceses, se debió esencialmente a la nueva política financiera del Parlamento, que permitió conseguir el dinero suficiente para pagar a las tropas. El ejército creado por el Parlamento, el New Model Army, sería un importante instrumento de la revolución, al que el rey no tenía nada que pudiera oponerle. La fuerza del ejército residía en el fervor religioso y en la férrea disciplina de sus soldados, así como  en las posibilidades de ascenso de cualquiera que fuese puritano  y tuviese la necesaria capacidad. El ejército, con sus 22.000 hombres, se formó en principio a partir de antiguas unidades, estaba financiado por el Parlamento y fue dotado de un nuevo estado mayor que bajo la dirección de Oliver Cromwell pretendía  la total victoria militar sobre las tropas reales. Con la reorganización del ejército en 1645, se produjo un nuevo fraccionamiento del Parlamento que, a pesar del gran significado de las [367] cuestiones religiosas, no estaba motivado por las contradicciones entre presbiterianos e independientes, sino por los diferentes objetivos políticos. Mientras que el partido de la paz -en general compuesto por presbiterianos- estaba dispuesto a un compromiso con el rey para acabar con la guerra civil, el partido de la guerra, cuyo portavoz pronto· sería Cromwell, exigía la capitulación incondicional del rey, aunque para ello hubiera que movilizar a la población. Su victoria señalaría también el destino del rey, que sería hecho prisionero por el ejército.
   Pero el rey cifraba todavía sus esperanzas en un conflicto entre ingleses y escoceses, así como entre presbiterianos e independientes. Mientras que los independientes querían delegar toda la soberanía en las simples comunidades, a costa de cualquier organización eclesiástica, los presbiterianos pretendían una Iglesia nacional presbiteriana, tal como existía en Escocia. Mientras tanto, el Parlamento ya no controlaba la marcha de los acontecimientos, sino que cada vez más era el ejército quien lo hacía o, lo que es lo mismo, la oposición, extraparlamentaria. Cuando el Parlamento, controlado esencialmente por presbiterianos, pretendió disolver las tropas al finalizar la guerra civil; el ejército, en el que cada vez se oían más las voces de los radicales, se opuso. Entre sus propias filas, los soldados habían elegido «agitadores» que actuaban frente a los jefes del ejército como sus portavoces y presentaron claras exigencias políticas que intranquilizaron fuertemente al Parlamento y produjeron movimientos contrarrevolucionarios por parte de los presbiterianos, no sólo en Loncites. Pero cuando el rey, después de su huida (1647), amenazó con una nueva ofensiva militar, se produjo rápidamente una reconciliación entre el ejército y el Parlamento. También la segunda guerra civil finalizaría con la victoria del New Model  Army sobre el rey, aliado con la nobleza escocesa.  Mientras que el Parlamento moderado todavía confiaba en llegar a un acuerdo, con el rey Carlos, aunque fuera a costa de grandes concesiones, en el ejército se impuso el convencimiento, después de las últimas maniobras del rey, de que con él no había solución posible. Con el apoyo del ala radical, el Parlamento abrió un corto proceso. El ejército ocupó la capital y limpió el Parlamento de todos los enemigos de su política. El llamado Parlamento Depurado, con los 231 diputados restantes, resolvió procesar al rey. «Los Comunes de Inglaterra; reunidos en el Parlamento, declaran que por debajo de Dios, el pueblo es el origen de todo poder justo», anunciaba una resolución del Parlamento. Con la ejecución pública de Carlos I el 30 de enero de 1649 sería eliminada la monarquía. Inglaterra se había transformado en una república, cuya soberanía se encontraba en manos del pueblo. [368]
  La ejecución  del rey fue sin duda el punto culminante de la revolución inglesa pero deseado sólo por una minoría. Pareció necesaria, dada la intransigencia del rey, pero fue una pesada carga para la corta historia de la república inglesa. Solamente los puritanos radicales celebraron la ejecución y la saludaron como el cumplimiento de la voluntad divina y el comienzo de una nueva era de libertad.
   La abolición  dela monarquía y la proclamación de la república fueron ante todo, obra del ejército, que a partir de 1645-46 se convirtió cada vez  más en la fuerza política decisiva .En su círculo surgió el primer programa revolucionario, en relación con los enfrentamientos con el Parlamento y también con sus mandos superiores  y con los independientes, que no sólo cuestionaba la monarquía, sino además los compromisos del Parlamento: el Parlamento Largo debía ser disuelto y ser introducido el derecho general  a voto para todos los hombres libres de Inglaterra sobre la base de la soberanía popular, y, finalmente, el Parlamento debía estar sujeto  una constitución superior. Este primer programa democrático de la historia europea no había surgido de las discusiones del Parlamento, sino que nació en la oposici6n extraparlamentaria de  los levellers, que tenían sus portavoces políticos en el ejército,  sobre todo entre los agitadores. La corta historia del movimiento de los levellers, en realidad pequeño pero ruidoso, demuestra ejemplarmente las posibilidades y los límites de la revolución inglesa».
    Incesantemente, a pesar  de las maniobras, detenciones y difamaciones, los levellers habían difundido su programa político de libertad de conciencia e igualdad de derechos por medio, de panfletos y enmiendas que, por cierto, fueron rechazadas totalmente en el Parlamento. Los levellers, y sobre, todo su dirigente John Lilburne, estaban en estrecho contacto con las comunidades eclesiásticas libres de Londres, pero se diferenciaban del radicalismo religioso, del  presbiterianismo parlamentario y de los independientes por sus principios políticos de libertad e igualdad, sin embargo estos principios  no iban unidos a exigencias, sociales revolucionarias. Estas surgieron y fueron propagadas en los círculos de los diggers «comunistas» formados en torno a G.Winstanley, pero sin encontrar resonancia alguna en la población; y sobre todo entre la burguesía, cosa que, temporalmente al menos, no habían conseguido los levellers londinenses. Estos articularon por primera vez una clara alternativa liberal democrática a la monarquía, que iba más allá de cualquier modelo estamental de los que conocemos el continente. No es de extrañar que el Parlamento, los jefes del ejército y la clase dirigente de las zonas rurales se opusieron claramente a las exigencias democráticas, aunque las formaciones sociales [369] implícitas en ellas fueran muy reducidas. Una ampliación de los derechos políticos sobre la base de la soberanía popular amenazaba no sólo la posición prepotente de las antiguas capas dirigentes, que a pesar de la revolución conservaban sus cargos, sino que hacía temer una revolución social que pondría en cuestión todos los privilegios de la élite dirigente. Como a pesar de todas las influencias propagandísticas realizadas en el seno del ejército no sólo no se llegó a una alianza sino que, por el contrario, en buena medida bajo la influencia de Cromwell, poco después de la ejecución del rey el ejército se retractó de sus objetivos revolucionarios, e! movimiento de los levellers se derrumbó al poco tiempo. Pero el hecho de que, después de todo, se produjese la abolición de la monarquía y la instauración de la república, se debió tanto a los levellers como al radicalismo religioso, por pequeña que fuese su base popular.
  De un movimiento de resistencia estamental a la expansión del poder estatal centralizado surgió una oposición parlamentaria que, bajo la influencia cada vez mayor del puritanismo radical, transformó el Parlamento de una instancia de control del poder real en una institución popular soberana. Mientras que en el continente, en general, en los levantamientos revolucionarios, sólo se llegó a una articulación de un intento de reafirmación feudal, éstos en Inglaterra se transformaron, bajo unas condiciones políticas, sociales y culturales específicas, en una autodeterminación democrática del pueblo. Aunque ya en el interregno aparecieron tendencias restauradoras, la monarquía constitucional surgida de la Gloriosa Revolución de 1688, era fundamentalmente distinta de! sistema de los Estuardo.

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J. VICENS VIVES HISTORIA GENERAL MODERNA I -SIGLOS XV-XVII - VII. El absolutismo

VII. El absolutismo                         


    Durante media centuria, desde que Francia asumió el papel predominante en Europa a raíz de la paz de los Pirineos y de los comienzos del gobierno personal de Luis XIV, el continente vivió encuadrado en una fórmula cultural que halla su mejor interpretación en la palabra absolutismo.
   Desde el punto de vista estrictamente político, a pesar de la actitud divergente de Inglaterra en 1688, ninguna objeción puede levantarse contra tal criterio. La realeza, que en 1669 acaba de salvar los últimos embates revolucionarios de la aristocracia y la burguesía, asume por completo  el poder, sin más restricciones que las de su credo religioso y las que suscita su conveniencia al preservar los residuos del antiguo orden feudal de la sociedad que le sirven para sus planes de magnificencia y esplendor. Por esta causa, el Absolutismo nos presenta ahora firmemente servido por la aristocracia, que ha perdido sus antiguos arrestos de dirigir, en provecho propio, la vida del Estado. También la burguesía acata las decisiones del Minotauro, en el que halla de momento una cómoda palanca para su enriquecimiento. Y, lo que es más, la intelectualidad de Occidente no sólo sirve a la realeza absoluta, sino que forja nuevas armas ideológicas en defensa del poder supremo: divinas, trascendentales, en Bossuet; terrenales, prácticas, en Hobbes.
La aceptación del principio absolutista en la organización del Estado se desarrolla, con uniformidad avasalladora desde Francia hasta más allá del Elba y halla sus últimos [490] y profundos ecos en las reformas de Pedro el Grande, en Rusia. A esta difusión espacial se vincula - y esto es, en definitiva, lo importante- una aceptación vertical. En cada país, el poder interviene en las más diversas actividades de sus naturales, a los que pretende imponer la coyuntura de sus exigencias financieras, militares e ideológicas. Porque el Absolutismo, en el fondo una compresión de la normal trayectoria de la Europa renacentista, no se sostiene en el trono por la aquiescencia explícita -contrato- o implícita -populismo- de la nación, sino por el simple manejo de los resortes mecánicos del poder: en primer lugar, el ejército; luego, la administración de justicia; en fin, la burocracia.
Todo ello exige dinero, oro con que cubrir las cada día más insaciables necesidades del Estado. Y es lógico que la monarquía lo reclame procurando el desarrollo de las  actividades económicas que rinden tributo al erario público. De aquí la intervención constante en la vida Industrial y comercial del país, el orden económico de servicio al poder, el encauzamiento rígido de cualquier iniciativa, que si en unos pueblos atrasados, como los situados más allá del Elba, puede considerarse estímulo de un provechoso futuro, en los de Occidente es, a la larga, gravosa cortapisa tras un restringido horizonte de provechos inmediatos.
A la economía dirigida del Absolutismo corresponde, lógicamente, una sociedad jerarquizada, de cotos cerrados. Una sociedad, además que ha de pensar como el grupo que detenta los mandos del poder, por la sencilla razón de que éste no puede ejercer su omnímoda voluntad sin la previa eliminación de toda discrepancia ideológica, de toda crítica a sus fallos. Por esta causa, el Absolutismo encierra la inteligencia en los cuadros leales de las Academias, en los reglamentos de las Universidades, e incluso, aspirando llegar al fondo de las conciencias, quiere substituirse al poder ecuménico de la Iglesia y doblegar ésta a sus principios.
Tal fue el  plan general del Absolutismo entre 1660 y 1715, la primera aparición del Minotauro en la Historia Moderna. De las distintas facetas que presentó este proceso social, y de sus mayores o menores éxitos, nos ocupamos en las páginas que siguen.[491]

LA SOCIEDAD BARROCA

La aristocracia. Se ha repetido hasta la saciedad que la nobleza europea perdió su influencia política en esta centuria. Esta afirmación tiene cierta validez en cuanto se refiere
a la organización oligárquica del Estado. Desde luego, ha terminado para siempre la fragmentación feudalizante del poder, y también finalizan en el siglo XVII los varios
intentos de la nobleza para imponer un gobierno aristocrático y equilibrar la autoridad de la monarquía absoluta. Pero lo que en general sucede no es que la nobleza pierda su
función política, sino que subordina ésta a los intereses de la realeza. En el siglo XVII las clases nobiliarias se convierten, precisamente en la más firme "columna" del Estado.
   La aproximación definitiva de la nobleza y la monarquía se realiza en la corte real Grande y pequeña aristocracia se trasladan a las residencias "estables" de los soberanos en busca de mercedes, cargos y pensiones. Es un fenómeno importante de esta época la desvinculación de la nobleza del suelo. Los nobles que permanecen en sus posesiones son
escasos; en general, viven una existencia mísera y fatigosa, semejante a veces a la de los propios campesinos. En esta nobleza provinciana se desmoronan los últimos restos de la caballería medieval. Junto a ella figuran los burgueses privilegiados de todas las procedencias. En Francia, la nobleza parlamentaria (de robe) adquiere más tono que la descendiente de la antigua nobleza de segunda categoría. Sin embargo, se muestra reacia a colaborar en el Trono, y a pesar de las veleidades absolutistas de algunos de sus miembros, se reserva, en sus cámaras de lectura o en sus estudios de trabajo, hacer la implacable crítica del Minotauro. Los parlamentarios alternan en todas partes con los aristócratas de sangre: en los colegios principescos Y en las tertulias de los salones; pero desprecian la brillante vida cortesana, las inútiles y estériles diversiones de los Grandes. Fieles a una tradición que arranca del Canciller de L'Hopital, prefieren una existencia tranquila y honesta, en la que se mantienen depuradas las tradiciones ancestrales de la burguesía.
   La corte real, por su parte, da origen a una casta aristocrática nueva: la nobleza administrativa. Grandes títulos son conferidos a los servidores más eminentes del Estado, [506] junto con tierras y pensiones que permitan sostenerlos con el debido decoro. Además, se enriquecen fabulosamente en las especulaciones que dirigen. Le Tellier dejó a su muerte 2.400 000 libras en posesiones muebles; CoIbert, el celoso y puritano Colbert, 10.000.000! Esto explica los enlaces entre esos "parvenus" y la gran nobleza. Rancia aristocracia de sangre y nueva nobleza burocrática o militar se funden en un todo que dará lugar a las altas clases nobiliarias del siglo XVIII. En Rusia el fenómeno es muy preciso: bajo Pedro 1 se fusionan los boyardos con la "nobIeza de servicio".
   El poder económico y social de la nobleza es menos firme y definido que en el siglo XVI. Aunque las alteraciones económicas provocadas por los grandes descubrimientos han dado paso a una estabilidad relativa en los precios y el valor de las rentas, el lujo y las diversiones de corte devoran cantidades enormes. Para rehacer las fortunas es un remedio eficaz el enlace con las hijas de la burguesía dorada. De aquí cierta ascensión lenta de las clases no privilegiadas de la sociedad. Pero, con todo, la nobleza continúa siendo una casta cerrada. Ella prosigue monopolizando los altos cargos y las riquezas de los bienes eclesiásticos en los países católicos.
    La burguesía adquiere conciencia de su fuerza. La burguesía medieval se originó con la renovación del comercio en el mundo mediterráneo. Precisamente en la vida económica desarrollada por el capitalismo comercial, la burguesía urbana logra, durante el siglo XVII, ocupar una posición básica en la estructura social del occidente de Europa. Sin acabarse de desprender de su empaque medieval, los burgueses del siglo XVII adquieren definitiva conciencia de su función en el cuadro de los intereses de la nación. De los rangos de la burguesía salen, por vez primera, gobernantes del Estado, como los pensionarios de Holanda, Oldenbarneveldt, De Witt y Hensius. El mundo de los negocios, las aventuras comerciales por lejanos países y la dirección de las grandes compañías por acciones o de una empresa industrial han contribuido a dar a la burguesía los nuevos horizontes políticos, el afán de gobierno y el deseo de poder, que alcanzarán su definitiva expresión a fines del siglo XVIII. Pero, al mismo tiempo, la burguesía sabe que [507] pesa en la vida del Estado y ya durante el XVII manifiesta veleidades revolucionarias: en Holanda, en la oposición a los Orange; en Francia, en la Fronda de 1os parlamentarios; en Inglaterra, en la lucha contra la monarquía absoluta de Carlos I.
   La burguesía prepondera porque retiene gran parte de la riqueza monetaria de los estados y dirige las especulaciones financieras, bancarias y bursátiles. Además, en el transcurso del siglo XVII conquista nuevos reductos. Son los burgueses, que buscan una fácil inversión de sus capitales, quienes compran las posesiones rurales de la nobleza arruinada o bien las confiscan al no ser resarcidos de los préstamos efectuados. En Inglaterra, como en Francia, este cambio en la propiedad rústica acarrea sensibles transformaciones en la
economía y sociedad del campo. El burgués afincado no tiene ninguna de las preocupaciones tradicionales en el viejo señor feudal; considera que el campo ha de rendir un interés proporcionado al capital invertido, sea por la introducción de sistemas de cultivo más remuneradores, sea por la aplicación. a la agricultura de los preceptos clásicos en el mundo .comercial capitalista. El farming gentleman inicia en la Inglaterra del siglo XVII una serie de innovaciones que provocarán, ulteriormente, la transformación radical de los métodos ancestrales de la agricultura. Pero si en este aspecto el establecimiento de la burguesía en el campo puede considerarse como un factor positivo, en cambio representa un retroceso para la condición social de los campesinos. Los burgueses exigen las rentas en especies -¿para qué quieren el dinero? - y reclaman el pago de derechos señoriales en desuso. De este modo, las clases bajas del campo sufren una nueva etapa de opresión, que se acentúa insensiblemente desde mediados del siglo XVII a la Revolución francesa.

  La conquista de la burocracia por la burguesía es paralela, aunque anterior, a su conquista del suelo agrícola. La monarquía absoluta confía los puestos privilegiados de la administración a esos hombres probos e ~incansables trabajadores, que en la mayoría de los casos son sus más fieles defensores. En determinados países como en Francia, los apuros económicos del Estado han legitimado la vinculación de la burguesía a los cargos de responsabilidad, como las judicaturas y consejerías. La compra de un cargo [508] público representaba para el Burgués una buena operación económica, pero, sobre todo, la adquisición de una categoría social elevada, casi equiparable a la de la misma nobleza
de sangre. Nobles de robe o parlamentarios, como han sido bautizados en Francia, forman un escalón intermedio entre la nobleza propia y la burguesía comercial urbana.
   En categoría inferior y situación cada vez menos favorable quedan los pequeños burgueses, antiguos maestros de los gremios, que no han sabido o no han podido aprovechar las oportunidades en el mundo de los negocios comerciales o de la industria naciente. En la mayor parte de las ciudades, esta clase social se mantiene libre y vive modestísimamente; en otros casos, cae bajo la dependencia del gran burgués y del empresario y se transforma en una rueda más del mecanismo de la producción. Igual trayectoria social siguen los oficiales y compagnons de los antiguos gremios, unos transformados en Simples asalariados y otros integrando las primeras formaciones del proletariado.
  Lo que más sorprende en esta clase social, fuera de Inglaterra y Holanda, es la veneración que profesa a la monarquía absoluta. Es evidente que existen protestas contra la tiranía de las reglamentaciones gremiales, los monopolios mercantiles concedidos a las grandes compañías y los actos de violencia del Poder; mas son protestas aisladas, que no afectan al formidable prestigio que goza entre ella la realeza. Mejor que prestigio, idolatría, como puede comprobarse no sólo en la Francia estupefacta de 1685 ante la grandeza de Luis XIV, sino en la burguesía hispánica de 1700 ante la doliente personalidad del más desgraciado de los Austria. Signos de reverencia espiritual, que sólo alterará la demoledora crítica de los intelectuales del siglo XVIII.
Obreros y campesinos. Es difícil esbozar un cuadro de  la situación  de  las clases más bajas de la sociedad europea durante el Absolutismo, cuyos trazos convengan al conjunto de la vida occidental e incluso a las distintas regiones de un mismo país. Sin embargo, en líneas generales los rasgos predominantes no pueden ser más sombríos. El desarrollo del capitalismo comercial y sus repercusiones en la industria y la agricultura agravaron la situación de los artesanos en la ciudad y de los aldeanos en el campo. El creciente [509] predominio de la economía monetaria, la concepción de la vida como un negocio, la ambición de atesorar riquezas, borraron poco a poco los últimos rescoldos del espíritu cristiano medieval y precipitaron a la sociedad europea hacia la división en dos grandes categorías de humanidad -de un lado, los obreros; de otro, los empresarios~, que, acentuándose a lo largo del siglo XVIII por la revolución industrial, habían de desembocar en los grandes conflictos sociales del XIX.
  Es evidente que entre los obreros existieron unas capas privilegiadas, para las cuales no cuenta la evolución general. Nos referimos, sobre todo, a los obreros especializados en determinadas industrias de lujo, que eran objeto de una política de atracción por parte de los ministros adeptos al mercantilismo. Holandeses, belgas e italianos, particularmente, hallaban en Francia, España, Inglaterra y Alemania excelentes colocaciones en las industrias de nuevo cuño. Sus salarios eran excepcionales y les daban categoría de aristócratas del mundo del trabajo, afines en muchos aspectos a la burguesía. Pero esto era la excepción. La inmensa mayoría de los artesanos -incluso los maestros gremiales-, sujetos a la tiranía económica de los nuevos capitanes de industria, cuyo único principio era producir a bajo precio, sufren las consecuencias de la ciega protección estatal concedida a estos últimos. La vida de los maestros gremiales se modifica al quedar definitivamente enmarcada por las detallistas reglamentaciones del poder público. Los que escapan a la decadencia y evitan transformarse en simples "capataces", no ven más ancla de salvación que agarrarse a la interpretación literal de los textos legales constitutivos de los gremios, o bien cerrar las filas y crear pequeños cotos de oligarquías gremiales. Esto destruye la índole esencialmente liberal de las organizaciones corporativas urbanas medievales y las convierte en estructuras de defensa de los intereses de una oligarquía artesana. En este momento, pues, el gremio se fosiliza definitivamente y se convierte en un obstáculo para el desarrollo de la economía occidental.
   Los primeros afectados por tal evolución son los oficiales. Un período de aprendizaje y un examen les bastaba antes para adquirir el grado de maestro. Ahora estas títulos se reservan a los hijos de los patronos o a los que son [510] lo suficientemente ricos para adquirir una "patente de maestro". De este modo crece sin cesar el número de oficiales y aprendices, que empiezan a llenar las calles más sórdidas de las grandes capitales y los nacientes barrios industriales de las ciudades. Algunos burlan la legislación gremial e intentan trabajar por su cuenta, pero son perseguidos por los gremios y el Estado. Sin embargo, los obreros clandestinos -denominados chambrelans en Francia~ logran perdurar y constituyen el futuro ejército de la revolución industrial. En cuanto a la masa de los productores, está sujeta a un régimen de rigurosa vigilancia, no sólo en el taller, donde trabaja de once a doce horas, sino incluso en los lugares de diversión, en la taberna y el cabaret. El sueldo es bajo, y cuando se suscitan tumultos por esta candente cuestión, el Estado ayuda a los empresarios a poner orden en la calle o en el negocio. Pero estas medidas sirven de poca cosa, ya que cuando la miseria es profunda ni el látigo ni la cárcel remedian la situación. Entonces los empresarios han de transigir y proceden a una relativa mejora de los jornales.
   Cofradías secretas de obreros dirigen el movimiento proletario. No puede hablarse todavía de sindicatos, aunque el sindicalismo tenga cierta tradición en los alzamientos populares campesinos. Lo que predomina durante el siglo XVII es el compagnonnage, el camaraderismo. Los oficiales franceses se agrupan en esas sociedades, cuyo fin esencial es la mejora del salario mediante la huelga, el tumulto o la actuación contra los patronos o las ciudades hostiles. El Estado las persigue; pero sobreviven, ya que representan la única válvula de escape ante la calamitosa situación del régimen de trabajo. Existe aún otra solución: la vuelta al espíritu cristiano, el imperio de la caridad en las relaciones entre maestros y obreros. Tal es la que intenta hacer prevalecer en Francia la Compañía del Santo Sacramento, también secreta, pero animada de un ferviente apostolado de justicia y transacción social. En ella existe, larvado, el germen de los sindicatos católicos de los siglos XIX y XX.
   Respecto de los campesinos, no se registra ninguna particularidad trascendental. Durante el Barroco persiste la trayectoria que agrava insensiblemente la situación social de los aldeanos. Ya nos hemos referido a algunas causas de tal [511] proceso: la necesidad de la aristocracia de financiar su lujo y sus caprichos y la introducción de la mentalidad burguesa en la explotación de las propiedades agrícolas. Cabe añadir a ello los desastres de la guerra, que durante el siglo XVII afectaron extensas regiones de Europa; la feroz política represiva de los Austria en Bohemia y Hungría; el desarrollo del estatismo en  Prusia, Polonia y Rusia; la despreocupación con que los ministros del Absolutismo -prototipo, Richeliu- consideraron el problema social agrario; en fin, y como corolario, la práctica de las usurpaciones de bienes comunales, sensible en todos los países de Occidente, pero particularmente grave en Inglaterra y Francia. Infinidad de documentos de la época nos hablan de las quejas de los campesinos contra tales expoliaciones, contra el aumento de las prestaciones señoriales, contra la extensión de la miseria en las aldeas por la opresión fiscal. Estos hechos provocan sendas alteraciones campesinas, las cuales no desembocan en un verdadero movimiento revolucionario por el carácter local de las reivindicaciones aldeanas y por la falta de un órgano común que las exprese. Pero la inquietud es extraordinaria y los numerosos incidentes regionales prueban la tensión del momento: el agricultor europeo se yergue contra la supervivencia del feudalismo en el régimen de la propiedad del suelo. Otro fermento a añadir a los que obrarán la gran oleada revolucionaria de fines del siglo XVIII.

LA MONARQUIA ABSOLUTA

    Monarquía autoritaria del Renacimiento; absolutismo populista de los Austria, absolutismo de derecho divino de los Borbones franceses. Tal es el proceso que conduce el auge del poder absoluto de la realeza en tiempos de Luis XIV, el cual, a pesar de la reacción parlamentarista insular de 1688, irradiará como forma de gobierno ideal y será, adoptado por las demás monarquías de la comunidad de occidente durante el siglo XVIII. Examinemos, pues, la política y la teoría del Absolutismo en su ápice.
  La monarquía absoluta de derecho divino de los Borbones. En el curso del siglo XVII la monarquía francesa [512] supo imponer su autoridad absoluta sobre los distintos grupos sociales e instituciones privilegiadas que reclamaban un lugar en la gestión de los asuntos públicos. La obra de Richelieu y Mazarino completó las tendencias autoritarias que Luis XI había hecho imperar en el gobierno de Francia a fines del siglo XV y superó las sucesivas crisis nacionales que plantearon ora la nobleza, ora la burguesía. Desde la segunda mitad del citado siglo, cuando el rey Luis XIV empuña con firme mano las riendas de la gobernación del Estado, la monarquía absoluta está por completo estabilizada en Francia, no sólo por su Propio poder, sino por la cohorte de propagandistas políticos que la definen como institución de "utilidad" nacional o como suprema expresión de la Divinidad para el gobierno de los pueblos. Por otra parte, el sentimiento monárquico se hallaba tan arraigado en la Francia de esa época, que nunca fue amenazada la institución, ni aun en los momentos más críticos del movimiento frondista.
El principio del origen divino de la monarquía desata al rey de toda limitación impuesta por la evolución tradicional de la constitución del Estado. Luis XIV considera que no existe restricción alguna que merme la plenitud de su poder y que todos los derechos 'individuales son únicamente usufructuados por sus súbditos, ya que el reyes el legítimo poseedor de sus vidas y haciendas. Esta concepción conduce al despotismo integral, en tanto que a las instituciones elaboradas por el libre juego de los fenómenos geohistóricos substituye una autoridad subjetiva, cuyo mecanismo es determinado por criterios racionalistas. En este aspecto, la monarquía de derecho divino de los Borbones es una consecuencia lejana de la subversión ideológica provocada por el Renacimiento.
   El imperio de la concepción racionalista conduce a la reorganización de los cuadros administrativos de Francia. Aunque si bien existen las antiguas provincias, que indican la formación territorial e histórica del Estado, Con sus órganos tradicionales de gobierno autónomo (gobernadores generales, Parlamentos, Estados provinciales), ni unas ni otros tienen importancia alguna en la Política del nuevo Estado. Los gobernadores generales residen en la corte real, la esfera de acción de los Parlamentos se ve reducida a límites estrictamente judiciales y los Estados provinciales, cuando [513]  son convocados, actúan bajo la vigilancia coercitiva de los delegados del rey. La función directiva de la vida provincial recae en absoluto sobre los intendentes, que en este período adquieren una consideración e importancia extremas. Desde sus treinta intendencias, que engloban o dividen los territorios provinciales, esos funcionarios practican la política uniforme Y centralizadora de la monarquía, constituyendo la base de la pirámide de la estructura oficial, cuyo vértice se halla en el monarca y la corte de Versalles.
    De las viejas instituciones comunes a toda nación, sólo la monarquía sobrevive en el siglo XVII. Los Estados Generales perdieron toda su influencia en el transcurso del siglo XVI, ya que fueron un instrumento más de la disgregación política de Francia Y se mostraron incapaces de servir el ideal unitario y hegemónico del país. Su última convocatoria, en 1614, puso de relieve la inoperancia completa de aquel organismo, zapado por diferencias sociales y económicas entre sus componentes. En consecuencia, la monarquía francesa pudo prescindir de los Estados Generales con mucho menos respeto para su tradición que la que tuvieron los Austria para las Cortes españolas.
   La corte real fue establecida por Luis XIV lejos de París, quizá tanto para huir de la bulliciosa ciudad frondista como para construir para la monarquía de derecho divino un lugar digno de su culto. En Versalles, en una vida palatina minuciosamente regulada por una etiqueta rígida y estricta, todas las miradas Y aspiraciones convergían en la persona
del monarca [1][2]*. Allí Luis XIV ejercía su divino "oficio real", ni tan absorbente como el de Felipe II ni tan despreocupado como el de un Felipe IV o un Luis XIII. El rey era el [514] señor de todos sus ministros y el jerarca supremo de la administración pública. Pero tanto en los consejos como en el despacho de los negocios del Estado tenía depositada su confianza en servidores activos -un Colbert, un Le Tellier, un Louvois- que él había  promovido a tan altos cargos y cuya prosperidad y poder dependían de una palabra real.
Como en la monarquía española de los Austria, la administración central se hallaba confiada a una serie de Consejos, de atribuciones imprecisas, a veces de carácter general y otras parcial o territorial. El más importante, en que se resolvían los asuntos políticos de gran envergadura, era el Consejo de Estado d 'en haut, especie de asesoría compuesta, a lo sumo, de cuatro miembros, ministros de Estado. En ciertas ocasiones asumía el papel de tribunal supremo. Pero los asuntos corrientes de alta jurisdicción, así como el estudio de proyectos y leyes, se reservaban al Consejo de Estado privado, compuesto de funcionarios que compraban sus cargos. Otros dos Consejos permanentes, el de dépeches y el de Hacienda, estaban integrados por los ministros y secretarios de Estado; el primero cuidaba de la administración interna del reino, a excepción de la materia financiera, que se hallaba reservada al segundo. Finalmente, existían Consejos transitorios: el de guerra, conciencia, comercio, marina, etc. Su composición y funciones fueron muy variadas.
  La concentración de la administración del Estado en unos cuantos consejos importantes preludia la reorganización de la burocracia central. Pero todavía es más interesante el acrecentamiento de la autoridad de los secretarios y ministros de Estado, pues sirve a los fines de la monarquía absoluta. Los antiguos secretarios tenían atribuciones muy vastas, delegadas en cada momento por el soberano. Bajo los Borbones, la función se estabiliza y, sobre todo, se especializa. Aunque la especialización no se erigió en norma general, existieron, durante el reinado de Luis XIV, secretarios de Estado para los asuntos exteriores y la administración militar. En otros casos, incumbían a un secretario misiones tan varias como la casa interior del rey y la marina. Los ministros de Estado eran los miembros del Consejo d'en haut, cargo compatible con el de las secretarías estatales. En la corte de Luis XIV existió un rudimentario cargo de primer ministro, encarnado en el intendente o controleur [515]  

la causa de la obediencia al Estado se debe buscar en la razón y que no existe sociedad política sin composition and agreement (cornposicÍón y acuerdo, o sea contrato). Hooker es, pues, jusnaturalista y partidario del contrato, y en él pudieron beber, a la vez, Hobbes, el defensor de la "utilidad social" del Estado, y Locke, el definidor del liberalismo moderno.
Hobbes (1588-1679) se planteó el problema del Poder desde el doble punto de vista de su concepción filosófica del mundo y de su reacción personal ante la crisis de autoridad en la Inglaterra de la guerra civil entre Carlos 1 y el Parlamento. Recogiendo el ambiente de su época, estableció el principio de la "utilidad" social del poder abso1uto de la monarquía. En sus obras, De cive (1642) y Leviathan (1651), estructuró los principios "matemáticos y racionales" del Absolutismo. Su punto de partida fue la autonomía del individuo, no la tradición bíblica. La libertad natural, definida mecánicamente como la ausencia de todo veto exterior, conducía fatalmente al choque violento entre los seres humanos, cuyas relaciones se regulaban, como las fieras, parla ley del más fuerte: Para salir de tal "estado de naturaleza", incompatible con cualquier civilización, donde imperaba "la guerra de todos contra todos", era preciso que cada cual renunciara a su derecho natural de regirse libremente para deponerlo, mediante pacto, en manos del soberano; el Leviatán, o sea, según sus mismas palabras, "el Dios terrestre al cual debemos toda paz y toda seguridad". Fórmula determinista, que violentaba el egoísmo natural en el supremo artificio del Estado.
  Réplica continental del pensamiento de Hobbes la hallamos en el de Spinoza (1632-1677), tal como quedó formulado en su Tractatus theologicus politicus, publicado a fines de su vida (1670). El notable filósofo panteísta, una de las mentes más influidas por el rigorismo lógico del siglo XVII, comulgó con su colega inglés en afirmar la omnipotencia de la soberanía y el fin social del Estado; el cual no era otro que proporcionar a los individuos “la paz y la seguridad de la vida". Pero esa supremacía del poder, alcanzada a través de un pacto expreso o tácito, mediante el cual los seres humanos entregaron al "soberano" -y por esa palabra Spinoza entiende el rey, los nobles o el pueblo- [518] "todo su derecho natural", no excluye una versión democrática de la vida política. Democrática en cuanto el pacto radica en la voluntad general y en cuanto el Estado no se propone reducir los súbditos a la condición de esclavos, sino ejercer una función de interés colectivo, gobernando y exigiendo la obediencia en interés del mismo que debe acatar sus órdenes. De este modo, en la doctrina de Spinoza aparece la fundamentación del totalitarismo democrático, idea que un siglo más tarde conduciría a su perfección teórica Juan-Jacobo Rousseau.
  Coetáneamente, florecía en Francia e Inglaterra la teoría bíblica del poder divino de la realeza. El más caracterizado de los escritores de esta tendencia es el francés Jaime
Beningo Bossuet (1627-1704), preceptor del Gran Delfín, hijo de Luis XIV, quien en su tratado Politique tirée de l'Escriturc Sainte, substituye la teoría de la cesión de los derechos naturales por la del carácter providencialista de la institución monárquica. Para Bossuet, el rey no es responsable ante nadie de sus crímenes, aun los de herejía; él es el propio Estado, ya que Dios lo ha escogido para regir su pueblo. Su autoridad, defendida por la tradición bíblica, es omnipotente e incoercible. Como imagen y lugarteniente de Dios, el monarca debe ser respetado y venerado. En resumen, 'la evolución política de dos siglos conducía, en Bossuet, al reconocimiento del dogma, y no solamente de la doctrina política, sino del carácter sagrado de la realeza. Expresada con menor fuerza lógica y menor belleza formal, a la misma conclusión llegaba, poco antes de la revolución de 1688, el tratado Patriarca or the natural power oI Kings, publicado en 1680. Su autor, Robert Filmer, había muerto en 1657. Opuesto tanto al populismo católico como al pactismo calvinista, pretendió demostrar el derecho “natural" de la omnipotencia monárquica, cuyos más lejanos precedentes establecía en la propia persona de Adán. Su obra fue combatida ferozmente por Locke, como síntoma del cambio de la mentalidad europea hacia el gobierno por "consentimiento".                                                                                        


LOS ORIGENES DE LA REVOLUCION INDUSTRIAL por ERIC HOBSBAWM

LOS ORIGENES DE LA REVOLUCION INDUSTRIALpor
ERIC HOBSBAWM




LA CRISIS GENERAL DE LA ECONOMÏA EUROPEA EN EL SIGLO XVII
Deseo señalar, en este artículo, que [la economía europea atravesó una "crisis general" durante el sigloxvil, última fase de la transición general de la economía feudal a la economía capitalista. Aproximadamente desde el año 1300, cuando se hizo evidente que algo marchaba mal para la sociedad feudal europea *, hubo varias ocasiones en que ciertas zonas de Europa parecieron encontrarse al borde mismo del capitalismo. El siglo xiv en Toscana y en Flandes y los comienzos del siglo ícvi en Alemania tienen un sabor a revolución "burguesa” e "industrial". Pero es recién a mediados del siglo xvii que este sabor se convierte en algo más que el condimento de un plato esencialmente medieval o feudai. Las primitivas sociedades urbanas nunca alcanzaron un éxito total en las revoluciones que anunciaron. No obstante, desde comienzos del siglo xvii la sociedad "bourgeois” avanzó sin encontrar grandes obstáculos. Por ello, la crisis del siglo xvu difiere de las que le? precedieron en que condujo a una solución tan fundamental de los problemas que se habían opuesto ante- [1]
nórmente al triunfo del capitalismo, como ese sistema lo permitía. El propósito de este trabajo es ordenar parte de las pruebas que demuestran lá existencia de una crisis general —crisis 'que algunos discuten todavía— y proponer una explicación para ella. En un artículo posterior pienso discutir además algunos de los cambios que provocó y la manera en que fueron superados. Es muy probable que durante los próximos años se lleven a cabo numerosos trabajos históricos sobre este tema y este período. En efecto: historiadores recientes de varios países se han referido a la hipotética existencia de esa "paralización general del desarrollo económico" o crisis general, de la que se ocupa este trabajo.3 En consecuencia, conviene tener antes una visión general del problema y hasta adelantar alguna hipótesis de trabajo aunque más no sea para abrir el camino a otras más adelant
Se dispone de gran cantidad dé pruebas acerca de la "crisis general”. Sin embargo, debemos cuidarnos muy bien de sostener que una crisis general equivale a una regresión económica, idea esta que contaminó fuertemente la discusión sobre la "crisis feudal" de los siglos xiv y xv. Es evidente que hubo una regresión considerable durante el siglo xvn. Por primera vez en la histo- < ria, el Mediterráneo cesó de ser el más importante centro de influencia económica y política y eventualmente cultural y se transformó en un pantano empobrecido. Las potencias ibéricas, Italia y Turquía acusaban un retroceso evidente. En cuanto a Venecia, estaba a punto de convertirse en un centro turístico. Si se exceptúa a ciertos lugares dependientes de los estados del noroeste (por lo general puertos libres) y a la metrópolis pirata de Argel que también operaba en el Atlántico,3 el avance fue escaso. Más hacia el norte, la declinación de Alemania es evidente aunque no absolutamente irremediable. En el Báltico, Polonia, Dinamarca y ia Hansa declinaban. Pese, a que el poder y la influencia de los Habsburgo austríacos aumentaron (en parte, quizás, debido a que los otros declinaron tan dramáticamente), sus recursos siguieron siendo escasos y su estructura política'y militar débil, aun durante el periodo de su mayor gloria, a comienzos del siglo xvm. Por otra parte, las potencias marítimas y sus dependencias —Inglaterra, las Provincias Unidas, Suecia— como así también Rusia y algunas zonas menores como Suiza, más bien parecían avanzar que estancarse, mientras Inglaterra daba la impresión de avanzar decididamente. Francia se encontraba en una situación intermedia aunque su


triunfo político no se vio equilibrado por un gran avance económico hasta fines de siglo, y aun entonces sólo , intermitentemente. En efecto, después de 1680 impera en las discusiones una atmósfera sombría y crítica, aunque las condiciones durante la primera mitad del siglo fuesen excelentes. (Posiblemente la gran catas* trote de 1693-94 lo explique.)[2] [3] [4] Fue en el siglo xvi y no en el xvii qtie los invasores mercenarios se asombraron por la magnitud de lo que era posible saquear en Francia y los hombres de la época de Richelieu y Colbert pensaban en los tiempos de Enrique IV como en una suerte de era dorada. Es posible que, durante algunas décadas, a mediados de siglo, las ganancias obtenidas en el Atlántico no alcanzasen a compensar las pérdidas del Mediterráneo, Europa Central y el Báltico, estando el producto de ambas zonas en estado de estancamiento o quizás declinación. Pero lo que importa es el decisivo avance en el progreso del capitalismo que resultó de ello.        ■
Las cifras aisladas de la población europea sugieren, en el peor de los casos, una declinación de hecho; y en el mejor, una nivelación o una pequeña meseta entre las pendientes de la curva de población de fines del siglo xvi hasta el siglo xvin. Con excepción de los Países Bajos, Noruega y tal vez Suecia y Suiza y algunas zonas locales, no se registran grandes aumentos de población. España era sinónimo de despoblación, Italia del sur pudo haber sufrido y son bien conocidos los estragos de mediados de siglo en Alemania y el este de Francia. Aunque Pirenne ha sostenido que la población belga aumentó, las cifras registradas para Brabante no parecen corroborar su opinión. La población de Hungría disminuyó y la de Polonia decreció más aun. El aumento de la población inglesa decayó rápidamente y después de 1630 puede haber llegado a detenerse.® En efecto, no resulta fácil entender por qué Clark afirma que "el siglo xvn sufrió, en la mayor parte de Europa, ni igual que el siglo xvi, un aumento moderado de población" 6. Evidentemente, la mortalidad fue mayor que «■ii los siglos xvi y xvn. Nunca, desde el siglo Xiv, se registró durante todo un siglo un porcentaje mayor de enfermedades epidémicas, A este respecto, trabajos de investigación recientes han demostrado que los estragos de las epidemias no pueden explicarse sin tener en cuenta al hambre.7 Mientras que un puñado de cortes y metrópolis administrativas o centros de comercio y finanzas internacionales llegaron a adquirir grandes dimensiones, las grandes ciudades que habían crecido durante el siglo xvi permanecieron estacionadas y las medianas y pequeñas declinaron frecuentemente. Al parecer ello podría aplicarse también, en parte, a los países marítimoss.
Mientras tanto, ¿qué ocurrió con la producción? Simplemente, ío ignoramos. Algunas zonas se desindustria-! iizaron francamente, sobre todo Italia, que del país más industrializado y urbanizado de Europa se convirtió en una zona típicamente campesina y retrógrada. Lo mismo aconteció con Alemania, partes de Francia y Polonia.» Por otra parte, en algunos lugares —como Suiza— se produjo un desarrollo industrial relativamente rápido, un incremento de las industrias extractivas en Inglaterra y -Suecia y un importante crecimiento de trabajo a domicilio rural a expensas de la producción artesanal urbana o local en muchas zonas que pueden o no haber significado un aumento neto en la producción total. Si es que los precios pueden servir de guía, no debemos esperar encontrar una declinación general de la producción, porque el período defladonario que siguió a la gran alza de precios anterior a 1640 se explica más bien por una caída relativa o absoluta de la demanda que por una declinación en la oferta de dinero. Sin embargo, es posible que en la industria básica de los textiles se produjese no sólo una transición de los tejidos "viejos" a los "nuevos" sino también una declinación en la producción total durante una parte del siglo[5] [6] [7].
En el comercio, la crisis fue más general. Las dos principales zonas de comercio internacional, el Mediterráneo y él Báltico, sufrieron una revolución y posiblemente una pasajera declinación en el volumen de su comercio. El Báltico —la colonia europea de los países occidentales urbanizados— cambió su línea de exportaciones de comestibles por productos tales como madera, metales y pertrechos navales, al mismo tiempo que sus importaciones tradicionales de lanas occidentales disminuyeron. El comercio, según lo midieron las barreras de peaje de Sund, alcanzó su cúspide en 1590-1620, decayó en la década de 1620 y luego declinó irremediablemente, después de una leve recuperación, hasta la década de 1650 para luego permanecer estacionario hasta aproximadamente 1680u. Después de 1650 el Mediterráneo, al igual que el Báltico, se transformó en una zona que intercambiaba productos locales, especialmente materias primas para las manufacturas atlánticas, y los productos orientales entonces monopolizados por el noroeste. A finales del siglo el Levante obtenía sus especias del norte y no del este. El comercio francés con Levante disminuyó a la mitad entre 1620 y 1635, decreció casi hasta cero alrededor de 1650 y no logró recuperarse hasta después de 1670. Desde 1617 hasta 1650 aproximadamente, el comercio levantino holandés fue muy pobreia. Aun entonces los franceses escasamente sobrepasaron los niveles de la pre-depre- sión mucho antes de 1700. ¿Pudieron las ventas británicas y holandesas en el sur compensar las pérdidas de los mercados bálticos? Probablemente no. Apenas si pueden haber compensado la declinación en las ventas anteriores de productos italianos. El comercio internacional de comestibles (trigo del Báltico, arenques holandeses y pescado de Terranova) no mantuvo sus niveles jacobeos. El comercio internacional de paños de lana puede también haber decrecido y no fue reemplazado de inmediato por otros textiles porque los grandes centros de exportación de lino, que eran Silesia y Lusa- da, parecieron declinar después de 1620. En efector probablemente un balance general del comercio ascendente y descendente arrojaría cifras de exportación que [8] no aumentaron significativamente entre 1620 y 1660. Fuera de los estados marítimos, es poco probable que las ventas en los mercados locales compensaran esta situación.
Como ya sabemos con respecto al siglo xix, no es posible medir el malestar en los negocios basándose simplemente en los datos de comercio y producción, cualesquiera que ellos sean. (Es significativo, no obstante, que el tono de la discusión económica dé por sentados mercados estables y oportunidades de ganancia. Se ha afirmado a menudo que el mercantilismo colbectiano fue una política de acciones militares destinada a obtener grandes tajadas extraídas de un comercio internacional de determinadas dimensiones. No existe razón alguna para que los administradores y comerciantes —dado que la economía no constituía aun un tema académico— adoptasen puntos de vista que se apartaban mucho de las apariencias). Es cierto que aun en países que no declinaron hubo dificultades en los negocios seculares. El comercio inglés con la India oriental languideció hasta la Restauración13. A pesar de que efí de los holandeses aumentó bastante, el promedio de dividendos anuales de la Compañía de las Indias Orientales decayó durante cada uno de los decenios entre 1630 y 1670 (incluidos ambos), exceptuando un pequeño aumento en la década de 1660. Entre 1627 y 1687, dieciséis años no dieron dividendos; en el resto de la historia de la Compañía, entre 1602 y 1782, no los hubo. (El valor de sus bienes permaneció estabilizado entre 1640 y 1660.) De manera similar, los beneficios del Amsterdam Wísselbank alcanzaron su punto culminante durante la década de 1630 y luego decayeron durante unos veinte años w. También en este caso puede no ser meramente accidental que el movimiento mesiánico más importante de la historia judía ocurriese preci- [9]


sámente en ese momento, abarcando a las comunidades de los grandes centros mercantiles —Esmirna, Liorna, Venecia, Amsterdam, Hamburgo— con esperta! éxito a mediados de la década de 1660 cuando los precios llegaron casi a su punto más bajo.
También es evidente que la expansión de Europa «travesó una crisis. A pesar de que las bases del fabuloso sistema colonial del siglo xviii fueron echadas sobre todo después de 1650 [10] [11] [12], puede haberse producido antes una cierta contracción de la influencia europea excepto en los hinterlands de Siberia y América. Naturalmente, los imperios español y portugués se contrajeron y su carácter, cambió. Pero también importa destacar que los holandeses no mantuvieron la considerable velocidad de expansión entre 1600 y 1640 y que su imperio decayó en las tres décadas que siguieron i®. El colapso de la Compañía de las Indias Occidentales después de la década de 1640, y el final simultáneo de la Compañía Anglo-africana y la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales a comienzos de la década de 1670, pueden también mencionarse inci- tlunialmente.
— En general se acepta que el siglo xvii fue un siglo de revuelta social tanto en Europa Occidental como Orien- lul. La serie de revoluciones que se produjeron durante este lapso llevó a ciertos historiadores a creer en una suerte de crisis social-revoluciónaria de mediados de siglo J7. Francia tuvo sus Frondas, que fueron importunes movimientos sociales; las revoluciones catalana, napolitana y portuguesa marcaron el momento de la crisis del Imperio español durante la década de 1640; Ir guerra campesina suiza de 1653 fue una manifestación


                                                                     . ,            .       
 tanto de la crisis de postguerra como de la creciente explotación del campesinado por parte de la ciudad, mientras que en Inglaterra la revolución, triunfó con-3 descollantes resultados i*. El malestar campesino no |, cesó en occidente —el levantamiento del "papel sellado*'
! que combinó el malestar de la clase media, de los navieros y campesinos en Burdeos y Bretaña ocurrió en 1675 y las guerras de los camisards más tarde aun—[13] [14] pero fue más significativo en Europa Oriental. Durante el siglo xvi hubo escasas revueltas en contra de la dependencia de los campesinos. La revolución ucraniana de 1648-54 puede ser considerada como el mayor levantamiento servil. Otro tanto podría decirse de los diversos movimientos "Kurucz” húngaros. Su nombre mismo nos retrotrae a las insurrecciones campesinas de Dozsa de 1514, cuya memoria conservan las canciones folklóricas sobre Rakoczy, de la misma manera que la revo-
lución rusa de 1672 quedó grabada en la canción sobre Stenka Razin. En ese lugar, una importante revuelta campesina inauguró en 1680 un período de malestar servil endémico[15]. Podríamos también agregar a este .catálogo de revueltas sociales las revueltas irlandesas de 1641 y 1689.
■*— Hubo un solo aspecto en el cual el siglo xvii se repuso, en lugar de atravesar dificultades. A excepción de las potencias marítimas, que experimentaban sus nuevos regímenes burgueses, la mayor parte de Europa i »descubrió una forma de gobierno eficiente y estable en el absolutismo constituido sobre el modelo francés. (Aunque la aparición del absolutismo ha sido considerada como un signo directo de debilidad económica[16].
Es éste un tema que merece un estudio más exhaustivo.) La gran era de los recursos políticos, la guerra y la administración ad hoc desapareció junto con los


grandes imperios mundiales del siglo xvi: el español y el turco. Por primera vez, grandes estados territoriales parecieron capaces de resolver sus tjgs pmhipmac más cruciales: conseguir que las órdenes gubernamen- (ales fuesen obedecidas directamente en una extensa zona; obtener suficiente dinero en efectivo para sufragar íos pagos periódicos y —en parte como consecuencia de ello— manejar sus ejércitos. La época de "los grandes sub-contratistas financieros y militares icrminó con la Guerra de los Treinta Años. Los estados debían aun subcontratar, según lo atestigua la práctica de vender cargos y arrendar impuestos22. No obstante, para entonces la actividad comercial estaba oficialmente controlada por los gobiernos y no sólo, en la práctica, por el hecho de que, tal como lo habían descubierto los Fugger y Wallenstein a su costa, el comprador del monopolio puede dictar sus términos tanto como el que los vende. Probablemente, este evidente éxito político de los estados territoriales absolutos como su pompa y esplendor hizo que en el pasado se prestase menos atención a las dificultades generales de la época.
Aunque sólo una parte de estas pruebas sean verdaderas se justifica que hablemos de una "crisis general" del siglo xvn, a pesar de que una de sus características fue la relativa inmunidad de los estados que habían sgfrido una "revolución burguesa". Es probable —pese u que con ello nos internamos en el complejo terreno de la historia de precios23 que la crisis comenzase hada 1620, posiblemente con el período de violenta baja que se extendió desde 1619 hasta los primeros años de la década de 1620. Al parecer, después de una distorsión en el movimiento de precios ocasionada por la Guerra de los Treinta Años, esta crisis alcanzó su fase más aguda entre 1640 y la década de 1670, aunque no se pueden considerar fechas precisas en una discusión sobre movimientos económicos de larga duración. A partir de allí los testimonios son contradictorios. Es posible que los signos de vivificación excedan en importanda a los de crisis, no sólo (evidentemente) en los estados marítimos sino también en otras partes. Sin embargo, las violentas osrilariones de alza y depresión, las hambres, revueltas, epidemias y otros signos de profundos trastornos económicos en el período 16801720 deberían alertarnos para no anticipar el momento de recuperación total. Si bien la tendencia era ascendente desde, digamos, la década de 1680 —y aun antes en países aislados— todavía podía sufrir desastrosas , fluctuaciones.
Se podría afirmar, sin embargo, que lo que he des- cripto como una ‘‘crisis .general’’ fue meramente el resultado de. fas guerras -del siglo xvn, particularmente la'Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En el pasado, los historiadores tendieron a adoptar (o más bien a dar por sentado) este punto de. vista. Pero la crisis afectó a muchas zonas de Europa que no habían sido devastadas por generales e intendentes del ejército. Por el contrario, ciertos tradicionales "reñideros de gallos" europeos (como Sajonia y los Países Bajos) estuvieron en mejores condiciones que otras regiones más tranquilas. Y lo que es más, ha habido una tendencia persistente a exagerar el continuo y prolongado daño causado por las guerras del siglo xvn. Sabemos ahora que (siendo los otros factores iguales) las pérdidas de población. producción y capital hasta de lis guerras del siglo xx, cuya capacidad destructiva es'"mucho mayor, pueden superarse en 20 ó 25 añ&s. Si no aconteció así en el siglo, xvn fue porque las guerras agravaron las tendencias existentes1 a la crisis. Esto no significa negar su importancia, pese a que sus efectos fueron más complejos de lo que pudiese parecer a primera vista. Es así que, a las deyastncioqes causadas por la Guerra de los Treinta Años en algunas zonas de Europa Central, debemos oponer el estímulo que ello representó para la minería y la metalurgia en general y las alzas temporarias que estimuló en los países nQ-combat)entes (en temporario beneficio de Carlos I, durante la década de 1630). También es probable que, de no haber sido por esto, el gran "aumento de precios" hubiese terminado en la década de 1610 y no en la de 1640.. Casi con certeza, la guerra desvió la incidencia de la crisis y, en general, hasta puede haberla agravado. Vale la pena


considerar, por último, si la crisis no produjo en cierta medida una situación que precipitó. Q. prolongó _el bienestar. Pero este punto no es esencial para nuéstro^prcT blcma y quizás sea demasiado especulativo para que - mcrezfca la pena de seguir tratándolo.
Con nuestra discusión de la crisis del siglo xvn hemos planteado, en realidad, uno de los problemas fundamentales del ascenso del capitalismo: ¿por qué la™- expansión de fines del siglo xv y xvx rio condujo directamente a la época de la Revolución .Industrial de los siglos xviii y xix? En otras palabras ¿cuáles fueron los obstáculos para la expansión capitalista? Podría anticiparse que las respuestas son tanto generales como particulares.
El razonamiento general puede resumirse como sigue: ■ si el capitalismo debe triunfar, entonces la estructura de la sociedad feudal o agraria debe sufrir una revolución. La diyfciflp social del trabajo debe ser muy elaborada si se desea incrementar la productividad y la fuerza social del trabajo debe ser redistribuida radicalmente —de la agricultura a la industria— mientras se dé esta situación. La proporción de producción que nc intercambia en el mercado supra-local debe aumentar dramáticamente. Mientras no haya una gran cantidad de trabajadores asalariados, mientras los hombres satisfagan sus necesidades por medio de su propia producción o a través del intercambio en los numerosos mercados locales más o menos autárquicos que existen uuu en las sociedades primitivas,       un       par3-
H beneficio capitalista y escasos incentivos para llevar n cabcrla-que^ódrTá’lTamarse, de manera muy general, la producción masiva (que es la base de la expansión cnp¡t alista industrial). Históricamente, no siempre es- posíble separar a estos procesos. Podemos hablar de la "creación del mercado interno capitalista" o del divorcio entre los productores y los medios de producción.


que Marx llamó "acumulación primitiva’’^: la creación de un mercado amplio y en expansión para los bienes y de una fuerza de trabajo libre, amplia y disponible, se dan siempre juntas, son dos aspectos diferentes de un mismo proceso.
Se da por sentado a veces que el desarrollo de una "clase. ,capitalista" y de los elementos de la forma capitalista de~producción dentro’ de una sociedad feudal producen en forma automática estas condiciones. A largo plazo, desde una perspectiva más general y si se tienen en cuenta los siglos que median entre el año 1000 y el 1800, no hay dudas al respecto. Pero ello no es así a corto plazo. A menos que se den ciertas condiciones —y no está claro aún cuáles deben ser esas condiciones— el radio de expansión capitalista se encontrará limitado por la preeminencia general de la estructura feudal de la sociedad, es decir, por el sector rural predominante o tal vez por alguna otra estructura que “inmovilice” tanto el potencial de fuerza de trabajo y el excedente potencial de inversiones productivas como la demanda potencial de los bienes producidos en forma capitalista, tales como la prevalencia del espíritu tribal o la producción de mercancías menores. En tales condiciones, tal como lo demostró Marx en el caso de la empresa mercantil*« los negocios pueden adaptarse a operar dentro de un marco en general feudal, aceptar sus limitaciones y la peculiar demanda de sus servicios, convirtiéndose, en cierto sentido, en parasitarios de éste. La parte de ellos que lo hiciera no podría superar las crisis de la sociedad feudal y hasta podría llegar a agravarlas. Porque la expansión capitalista es ciega. La debilidad de las antiguas teorías que asimilaban el triunfo del capitalismo al desarrollo del "espíritu capitalista" o al "espíritu de empresa" reside en el hecho de que eí mero deseo de lograr un beneficio máximo 0 ilimitado no produce automáticamente la revolución técnica y social necesaria para ello. Debe haber cuando menos producción masiva (es decir, producción suficiente para obtener el mayor valor adicional, grandes beneficios, pero no necesariamente grandes beneficios por cada venta) en vez de producción destinada a lograr el máximo beneficio por cada unidad vendida. Pero una * de las dificultades fundamentales del desarrollo capi- lulista en sociedades que mantienen a la masa de la población fuera de su ámbito (de manera que no son ni vendedores de fuerza de trabajo ni verdaderos comía adores de mercaderías) consiste en que a corto plazo los beneficios de los tipos» de producción capitalista realmente "revolucionarios" son menos atractivos —o n) menos lo parecen— que los de otro tipo, sobre todo cuando implican grandes inversiones de capital. Chris- llan Dior, por lo tanto, representa una inversión más
0    trac ti va que Montagu Burton. En el siglo XVI, acaparar -r pimienta parecería más cuerdo que iniciar una plantación de azúcar en América, y vender sedas de Bolonia mejor que vender fustán de Uim. Pero sabemos que en los siglos posteriores se obtuvieron beneficios mucho mayores del azúcar y el algodón que de la pimienta y
la seda; y sabemos también que el azúcar y el algodón ron tribuyeron en mayor medida que los otros dos a In creación de un mundo de economía capitalista.
En ciertas circunstancias este comercio podía produi Ir —aun en condiciones feudales— valores adicionales lo suficientemente amplios como para permitir el sur- pimiento de la producción en gran escala. Por ejemplo:
'.I se trataba de abastecer a organizaciones excepcionalmente grandes, tales como reinos o la iglesia; si la es- • usa demanda de todo un -continente se concentraba en manos de los hombres de negocios de unos pocos ceñiros especializados, tales como las ciudades textiles ita-
1    limas y flamencas; si se llevaba a cabo una gran "extensión lateral" del campo de la empresa, por ejemplo, n través de la conquista o la colonización. También i multaba factible realizar cierta subdivisión social sin perturbar la estructura fundamentalmente feudal de la sociedad, como en el caso, por ejemplo, de la urbanización de los Países Bajos e Italia sobre la base de alimentación y materias primas importadas de territorios semicoloniales. A pesar de todo, los límites del mercado eran limitados. La sociedad medieval y la de la temprana edad moderna eran mucho más semejantes a la "economía natural" de lo que por lo general suponemos. El campesino francés de los siglos xvi y xyn no usaba prácticamente dinero, excepto para sus transacciones con el" Estado y en cuanto a la venta al menudeo, no era especializada ni en las ciudades alemanas ni en los negocios de las villas, hasta fines del siglo xvi29. Con excepción de una clase reducida, que podía permitirse ese lujo (y aun para esta clase el sentido de la moda en sentido moderno se desarrolló probablemente más tarde), la celeridad en el cambio de la vestimenta y de los enseres domésticos fue lenta. La expansión era posible y, en efecto, se produjo. Pero mientras la estructura general o la sociedad rural no sufriera una revolución, ésta estaba limitada o creaba sus propios límites; cuando los encontraba, entraba en un período de crisis.
La expansión de los siglos xv y xvi perteneció fundamentalmente a este tipo y creó, por lo tanto, su propia crisis tanto dentro del mercado local como en el mercado ultramarino. Los “hombres de negocios feudales” —que eran los más ricos y poderosos sólo por ser los mejor adaptados para ganar mucho dinero en una sociedad feudal— no pudieron superar esta crisis. Su incapacidad de adaptación la intensificó.
- Antes de profundizar el análisis de estos problemas, quizás convendría destacar el hecho de que los obstáculos meramente técnicos para el desarrollo capitalista en los siglos xvi y xvn no eran insuperables. A pesar de que el siglo xvi puede no haber estado capacitado para resolver ciertos problemas fundamentales de la técnica, tales como la fuente de energía compacta y móvil que tanto preocupó a Leonardo, sí estaba en condiciones de producir por lo menos tantas innovaciones como las que produjo la revolución del siglo XVHI. Nef— y otros autores nos han familiarizado con las innovaclones que realmente se dieron, aunque la frase “Revolución Industrial” parece aplicarse con menos propiedad al período 1540-1640. que a la Alemania de 1450-1520 que desarrolló fáimprpnta armas de fuego eficaces, relojes y el extraordinario avance en minería y metalurgia de que da cuenta Agrícola en De Re Metcdlica (1556), Tampoco hubo una escasez paralizante de capitales o de empresas capitalistas o de trabajo, por lo nicnos en las zonas adelantadas. Se disponía en ese momento de bloques de capital móvil que esperaba ser invertido y —sobre todo durante el período de crecimiento de población— de importantes reservorios de mano de obra libre, en diversas especialidades. Lo <¡uo aconteció fue que ni el capital ni la mano de obra lucron aplicados a industrias de tipo potencialmente moderno. Más aun, los métodos adecuados para superar Osla escasez y la rigidez del abastecimiento de capital y trabajo pudieron haber sido utilizados tan cabalmente como en los siglos xvu y xix. La crisis del siglo xvii no puede ser explicada por la insuficiencia de equipamiento técnico para la Revolueiómlndustrial, en tm sentido estrictamente técnico y organizativo.
Examinemos ahora las principales causas de la crisis.
El resultado más dramático de la crisis fue la decti- i ilición: de Italia (y la de los . viejos centros de comercio V manufacturas medievales, en general). Esta declmarión pone en evidencia la debilidad del “capitalismo" («imslfarip én un mando feudal. Por ello, es probable i|iic los italianos del siglo xvi controlaran las masas más importantes de capital pero las invirtieran desastrosamente. Inmovilizaron este capital en construcciones y in despilfarraron en préstamos extranjeros durante la revolución de los precios (que, naturalmente, favoreció a Ion deudores) o lo distrajeron de las actividades manu-
factureras para orientarlos hacia diversas formas de inversiones inmobiliarias. Es bastante probable que el fracaso de las manufacturas italianas por mantenerse a la par de las holandesas, inglesas y francesas durante el siglo xvn se baya debido en parte a esta distracción de los recursos[18]. Sería irónico descubrir que ios Mé- diei fueron la ruina de Italia, no sólo como banqueros sino también como mecenas de artes costosas, y los historiadores filisteos se complacerán en destacar que lacónica ciudad importante que nunca produjo un arte digno de mención, Génova, mantuvo su comercio y sus finanzas mejor que las otras. Sin embargo, los inversores italianos que habían descubierto hacía tiempo que les catedrales demasiado grandes arruman los negocios [19], actuaban con bastante sensatez. La experiencia de siglos había demostrado que los mayores beneficios no se lograban por medio de los progresos técnicos o de la producción. Estos inversores se habían adaptado a las actividades comerciales en el área relativamente limitada que les quedaba, una vez dejada de lado la mayor parte de la población europea por ser "económicamente neutral". Si usaron grandes capitales en forma no productiva, puede haber sido simplemente porque ya no quedaba lugar para invertirlo en forma progresiva dentro de los límites de este "sector capitalista”. (Los holandeses del siglo xvii paliaron una saturación semejante del capital multiplicando los enseres domésticos y las obras de arte[20], pero descubrieron también un recurso más moderno: el auge de la inversión especulativa). Tal vez la adversidad económica podría haber llevado a los italianos a un comportamiento diferente, aunque habían ganado dinero durante tanto tiempo proporcionando al mundo feudal su comercio y finanzas, que no hubieran aprendido fácilmente. Sin embargo, el alza general de la última parte del siglo xvr (como la efímera prosperidad de la Inglaterra eduar- diana) y la repentina expansión de las demandas de las
grandes monarquías absolutistas, que eran relegadas a contratistas privados, y el lujo sin precedentes de sus aristocracias, retardó la catástrofe. Cuando ésta se produjo, trayendo la decadencia para el comercio y la manufactura italianas, dejó a las finanzas italianas nún en pie aunque ya no preponderantes. También en este caso la industria de Italia bien podría haber man: tenido algunas de sus antiguas posiciones, haciendo un viraje más absoluto desde sus antiguos productos de hran calidad a los nuevos tejidos del Norte, más ordinarios y baratos. Pero ¿quién hubiera podido adivinar, cr, el gran período de lujo de 1580-1620, que el futuro de los tejidos de elevada calidad era limitado? ¿Acaso la corte de Lorena no usaba, durante el primer tercio del siglo, más tejidos importados de Italia que de todas las otras regiones no francesas, juntas? 30 Sería conveniente no aventurar un juicio acerca de la afirmación de que Italia perchó terreno a causa de costos de producción más altos para productos de igual calidad, hasta que tengamos más pruebas para hacerlo o hasta que podamos explicar satisfactoriamente el fracaso de la producción italiana, después de tan promisorios comienzos, para trasladarse de las ciudades al campo, tal como hicieron las industrias textiles de otros países31.
El caso de Italia demuestra por qué determinados países sucumbieron ante la crisis pero no demuestra necesariamente por qué sobrevino ésta. En consecuencia, debemos considerar las contradicciones del proceso mismo de expansión del siglo xvi.
ha relativa especialización de las ciudades de Europa [ Occidental en el comercio y la manufactura se logró,
II# H, Roy, La vie, la mode et le costume au XVII' sticle, 1924 tilt# una lista completa de todos los tipos de tejidos usados en esta dirla.
Al. Cipolla, The decline of ltaly, loe. cit. para la controversia sobre al alto costo.
bandas armadas, de la libertad de estafar y robar impunemente. También se aumentó la reserva de metálico robando a los africanos para beneficiar a los asiáticos. Indudablemente, Europa obtuvo de ello enormes e inesperadas ganancias. Tanto la actividad general de los negocios como el capital acumulado fueron muy estimulados pero teniendo en cuenta la totalidad de nuestras exportaciones de manufacturas, no sufrieron una gran expansión. Las potencias coloniales —adhiriendo a ¡a tradición de los negocios medievales— siguieron una política de restricción de la producción y de monopolio sistemático. En consecuencia no existía razón alguna para que la exportación de manufacturas locales resultase beneficiada.
El beneficio que Europa extrajo de esas conquistas iniciales asumió más bien la forma de bonificaciones particulares que de dividendos regulares. Cuando 11©- ■ gara al agotamiento era probable que sobreviniera la
crisis. Para las potencias coloniales los costos y gastos variables subían más rápidamente que los beneficios, lanío en Oriente como en Occidente podemos distinguir tres etapas: la de los beneficios fáciles, la de la crisis y, con suerte la de la prosperidad más modesta y estable. En la etapa inicial, es indudable que la conquista o la piratería acarrean beneficios temporarios a bajos costos. En el Este, donde las posibilidades de lucro descansaban en el monopolio de la restringida producción de especias y otros productos similares, el alza exorbitante de “costos de protección” para enfrentar a rivales viejos y nuevos, produjo probablemente la crisis; mientras más pronunciada era el alza, más trataba el poder colonial de forzar el precio monopolista. Se estima que fue por estas razones que el comercio portugués de especias apenas si alcanzó a no ¡     endeudarse36. En Occidente, donde se apoyaban en la
producción barata y abundante de metálico y otras materias primas, es probable que los costos de protección desempeñaran un papel menos importante, aunque tarabien aumentaron a consecuencia de la competición y la piratería. Sin embargo, allí se alcanzaron rápidamente los límites técnicos de la primitiva “cueva de rata" de la minería española (aun permitiendo los usos del proceso de mercurio) y es muy posible que la mano de obra fuese obligada a trabajar hasta la muerte y tratada como un objeto de uso37. De todos modos, las exportaciones de plata americana disminuyeron, aproximadamente desde 1610. Eventualmente, por supuesto, en Oriente las potencias coloniales se ajustaron al nuevo nivel de costos fijos y hasta quizás hallaron una nueva fuente de impuestos locales en compensación.
En Occidente, la estructura familiar de los grandes estados ca si-feudales apareció en el siglo xvn33. Dado que las bases económicas del sistema colonial español ei an más amplias que las del portugués, los resultados de la crisis habrían de ser de mayor alcance. Así, la temprana emigración a las Américas estimuló tempo- variamente la exportación de productos del país; pero como aconteció que, inevitablemente, muchos de los requerimientos de las colonias llegaron a ser satisfechos localmente, las manufacturas españolas en expansión debieron pagar las consecuencias,. La tentativa de estrechar el monopolio metropolitano empeoró las cosas porque desalentó el desarrollo de la economía, revolucionaria en potencia, de las plantaciones3*. Los efectos de la afluencia de metálico a España son demasiado conocidos para necesitar discusión.
Por lo tanto, es comprensible el hecho de que el "an- liguo sistema colonial’’ atravesase una profunda crisis y que los efectos de ésta sobre la economía europea en general fuesen de largo alcance. En realidad, este sistema fue reemplazado por un nuevo modelo de explotación colonial, basado en la exportación de manufacturas europeas a ritmo creciente y seguro. (Actuando en gran medida por su cuenta, los plantadores de azúcar del norte de Brasil habían abierto el camino hacia ese modelo desde fines del siglo xvi.) Sin embargo, el cebo de los beneficios del antiguo monopolio era, irresistible para aquellos que tenían oportunidad de obtenerlos. Hasta los holandeses se mantuvieron ’ resueltamente "anticuados^’, en cuanto .a su colonialismo, hasta el siglo xvin, aunque su posición como aima- cenadores de mercancías en Europa los salvó de las consecuencias de la ineficacia colonial. El viejo colonialismo no se transformó en uno nuevo; se derrumbó y fue reemplazado.
Es casi indudable que el siglo xvi estuvo más próximo a crear las condiciones para una amplia y real adopción del modo de producción capitalista que cualquier época anterior, quizás a causa del incentivo de una población v mercados en rápido crecimiento y precios en alza. (No es propósito de este artículo discutir las razones que hicieron que esta expansión siguiera a la "crisis feudal” de los siglos xiv y xv.) Una poderosa combinación de fuerzas, que incluía también grandes intereses feudales w, amenazaba seriamente la resistencia de las ciudades dominadas por los gremios. La industria rural de tipo "independiente”, que había estado reservada sobre todo a los textiles, se difundió en varios países y en nuevas ramas de la producción (por ejemplo, los metales), especialmente hacia el final del período. Pese a ello,’la expansión engendró también sus propios obs- ■^ttáculos. Consideremos brevemente algunos de ellos. Con excepción, quizás, de Inglaterra, ninguna “revolución agraria" de tipo capitalista acompañó al cambio industrial tal como iba a producirse en el siglo xvm, pese a que existía gran efervescencia en la campiña. Aquí hablamos nuevamente de que la naturaleza generalmente


leuda] de la estructura social distorsiona y diversifica 11 icrzas que de otra manera podrían haber trabajado iii pro de un avance hacia el capitalismo moderno. En 11 liste, donde la transformación agraria tomó la forma de un resurgimiento de la servidumbre a manos de los ■-ñores exportadores, las condiciones para este desarrollo fueron inhihidas localmente, aunque posibilitadas f - i n otros lugares. En otras zonas, el alza de los precios, l.is revueltas en las haciendas y el aumento de la demanda de productos agrarios podrían muy bien haber llevado al surgimiento de una agricultura capitalista, en manos de caballeros y de campesinos de tipo “kulak”, in mayor escala de lo que parece haber ocurrido.
Pero ¿qué sucedió? Los nobles franceses (que eran a menudo burgueses que habían logrado un status feudal) trastrocaron la pendencia de campesinado a la independencia, desde mediados del siglo xvi, y recuperaron con creces el terreno perdido[23]. Las ciudades, los comerciantes y la clase media local invirtieron en l ierras, debido en parte, sin duda, a la seguridad del producto agrícola en una época de inflación y eri parte también porque el excedente o superávit era más fácilmente extraíble en una forma feudal, al mismo tiem- l n > que su explotación era la que más eficazmente podía - ombinarse con Ja usura; y en parte, quizás, por una
  o ostión de rivalidad política directa con los feudales. i»c hecho, la relación de las ciudades y sus habitantes,
* misiderados como un todo, con el campesinado circun-
tulle, era todavía, como acontece siempre en una so-
  n-dad en gran medida feudal, la de una clase especial < i*- señoría feudal. (En los cantones dominados por ciudades de Suiza y el interior de Holanda, los campesinos no se emanciparon realmente hasta la Revolución Francesa[25].) Por lo tanto, la mera existencia de la inversión urbana en agricultura o de la influencia urbana sobre
la campiña, no implica la creación del capitalismo rural. Así. la difusión de la aparcería en Francia, aunque teóricamente fue un paso hacia el capitalismo, con frecuencia sólo produjo, de hecho, una burguesía parasitaria que vivía a expensas de un campesinado cada vez más expoliado por ella y por las crecientes demandas del Estado. En consecuencia, declinó41. í.a antigua estructura social predominaba aún.
Pueden derivarse de ello dos resultados. Én primer lugar, es improbable que hubiese entonces una gran innovación técnica, pese a que el primer manual (italiano) sobre rotación de cultivos apareció a mediados del siglo xvi y teniendo en cuenta que el aumento de la producción agraria no marchaba al mismo ritmo que la demanda4«. Desde este momento hasta el final del período, se advierten signos de disminución de los beneficios y escasez de los alimentos, de zonas de exportación que agotan sus cosechas para satisfacer las necesidades lócales, etc., todo lo cual fue un preanuncio de las hambres y epidemias del período de crisis. Segundo, la población rural, sujeta a la doble presión de terratenientes y hombres de ciudad (para no mencionar al Estado), y mucho menos capaz que ellos de defenderse de las guerras y el hambre, sufría[29]. En ciertas regiones, la cortedad de'miras de esta "acción de agotamiento" puede en realidad haber producido una tendencia declinante en la productividad durante el
siglo xvn49. La campiña fue sacrificada en beneficio del señor, la ciudad y el Estado. Su sobrecogedor índice de mortalidad —si es que el relativamente próspero Heauvaisis constituye una guía— era el segundo después del de los trabajadores domésticos no dependientes, también cada vez más ruralizadosso. La expansión en esas condiciones originó la crisis.
Lo que sucedió en los sectores no agrícolas dependió en gran medida de los agrícolas. Quizás los costos de manufactura subieron indebidamente debido al alza más rápida de los precios agrícolas con respecto a los industriales, reduciendo así el margen de beneficios de los fabricantes#1. (No obstante, los manufactureros utilizaban cada vez más la mano de obra barata de los trabajadores rurales no dependientes, que eran explotados nuevamente en razón de su debilidad.) También e) mercado enfrentaba dificultades. El mercado rural en conjunto no había resultado satisfactorio. Muchos campesinos propietarios se beneficiaron con el alza de los precios y con la creciente demanda de sus productos, dado que poseían suficiente tierra como para ven* der y alimentarse durante los años difíciles, y una buena cabeza para los negocios5a. Pero si bien esos hacendados compraron mucho más que antes, aun así compra- ion menos que los hombres de ciudad de igual posición, siendo más autosufícientes 5a. La experiencia de Francia durante el siglo xix demuestra que el campesinado de nivel medio y superior representa un mercado tan indiferente a las manufacturas en masa como quizás no haya otro. Naturalmente, ello no incita a los capitalistas a revolucionar la producción. Sus exigencias sen tradicionales: la mayor parte de su riqueza termina convirtiéndose en más tierra o más ganado, en provisiones o en nuevas construcciones, o hasta en un franco derroche, como aquellos casamientos y funerales dignos de Gargantúa que alteraron los precios continentales durante el siglo xvi5*. El aumento de la demanda por parte de los sectores no agrícolas (ciudades, mercado de lujo, demanda gubernamental, etc.) puede haber ocultado durante cierto tiempo el hecho de que ésta crecía menos rápidamente que la capacidad productiva, como así también que la persistente disminución del ingreso real de los asalariados puede en efecto, según Nef, haber detenido el crecimiento de la demanda de algunos productos industriales[30] [31] [32]. Sin embargo, las bajas en los mercados de exportación de fines de la primera década del siglo xvn, han puesto en evidencia esta circunstancia.
Naturalmente, una vez que la declinación comenzó, hubo un factor adicional que aumentó las dificultades de la manufactura: el alza de los costos de la mano de obra. Existen pruebas de que —al menos en' las ciudades— la capacidad de regateo de las clases trabajadoras subió notoriamente durante la crisis, debido tal vez al descenso o al estancamiento en las poblaciones urbanas. De todos modos, los salarios reales subieron en Inglaterra, Italia, España y Alemania, y hacia la mitad dél siglo se produjo la formación de organizaciones efectivas de trabajadores en la mayoría de los países occidentales30. Sin embargo, ello pudo no afectar los costos de mano de obra de las industrias que daban trabajo a domicilio, ya que sus trabajadores se encontraban en una posición más débil para sacar provecho de la situación y sus salarios pieza sé reducían muy fácilmente. No obstante, el hecho constituye un factor indudable. Por otra parte, la disminución del aumento de población y la estabilización de precios debe haber hundido aun más las manufacturas.
Estos diversos aspectos de la crisis pueden reducirse
p una sola fórmula; la expansión económica se produjo deutro de un marco social que no era aun suficientemente fuerte como para estallar y, de alguna manera, se adaptó más bien a él que al mundo del capitalismo moderno. Los especialistas del período jacobino deben determinar qué fue lo que precipitó realmente la declinación de la plata americana; si el colapso del mercado báltico o algún otro de los muchos factores posibles. Una vez aparecida la primera grieta, toda la estructura debía tambalearse. Se tambaleó, y durante el período de crisis económica y efervescencia social que siguió, tuvo lugar el decisivo desplazamiento desde la empresa capitalista adaptada a un marco predominantemente feudal hacia la empresa capitalista transformadora del mundo según sus propias pautas.
Por lo tanto, la Revolución en Inglaterra fue el incidente más dramático de la crisis y al mismo tiempo su encrucijada. "Esta nación”, escribió Samuel Fortrey en 1663 en su England's Interese and Improvement, "no puede esperar menos que llegar a ser la mayor y más floreciente de todas”. Podía y lo hizo; y los efectos de este hecho sobre el mundo habían de ser portentosos.
En la primera parte de este trabajo traté de presenlar algunas de las pruebas que sustentan la opinión de que hubo una "crisis general” de la economía europea durante el siglo xvu, como así también de sugerir algunas de las razones por las cuales esto habría ocurrido. Argumenté que ello se debió, en gran medida, ' ti la imposibilidad de superar ciertos obstáculos gene' rules que aún obstaculizaban el camino hacia el completo desarrollo del capitalismo. Sugerí también que i  Ir "crisis” por sí misma creó las condiciones que hicieron posible la revolución industrial. En esta segunda parte me propongo discutir los modos en que ello pudo haber acontecido; por ejemplo, el resultado de la crisis.
Quizás merezca la pena recordar que el período de dificultades abarcó casi un siglo, desde la tercera década del siglo xvii hasta la misma década del xvni. Después, el cuadro general toma un tinte más rosado. Los problemas financieros de la época de las guerras fueron más o menos resueltos a expensas de numerosos Inversoras, en Gran Bretaña y Francia, y por medio de
dispositivos tales como el South Sea Bubble y Law’s System. Las pestes y plagas, si bien no el hambre, desaparecieron de Europa Occidental después de las epidemias de Marsella de 1720-1, Por todas partes se advertía un aumento de la riqueza, el comercio y la industria, el crecimiento de la población y de ¡a expansión colonial. Lenta en sus comienzos, la marcha del cambio económico llegó a ser precipitada, en algún momento entre 1760 y 1780. La Revolución Industrial había empezado. Hubo, como veremos, signos de una "crisis de crecimiento" en la agricultura, en la economía colonial y en otros aspectos, desde el tercer cuarto del siglo xviii, pero sería imposible escribir la historia del siglo xviii en función de una "fase de contracción", tal como un historiador contemporáneo ha escrito acerca del siglo xvn
Pese a ello, si el argumento de que los obstáculos fundamentales en el camino del desarrollo capitalista, desaparecieron en algún momento del siglo xvn es correcto, podemos con justicia preguntamos por qué la revolución industrial no avanzó a grandes pasos hasta fines del siglo XVIII. El problema es real. En Ingla- Ierra al menos, es difícil sustraerse a la impresión de ■ jue la tormentosa marcha del desarrollo económico i lacia fines del siglo xvil debió haber causado el surgimiento más temprano de la revolución industrial. El japso entre Newcomen y James Watt, entre el momento un que ios Darbys de Coalbrookdales descubrieron cómo fundir el hierro con carbón y el momento en que el método se generalizó, es de hecho bastante largo. lis significativo que la Royal Society se quejase en 1701 de que "el desalentador abandono de los grandes, la impetuosa oposición de los ignorantes y los reproches de los insensatos, hubiesen frustrado, desdichadamen- 'e, su propósito de perpetuar una serie de inventos úti- _es". Hasta en algunos otros países se advierten signos de cambios económicos durante la última década del siglo xvii, que llevan no más allá, por ejemplo, de 'as innovaciones agrícolas de Normandía y el sudoeste
de Francia[35] [36] [37] [38]. Nuevamente gravita cierto malestar sobre la agricultura británica —y quizás también sobre algunas industrias—- durante la segunda y tercera década del siglo xvii«°. En el terreno intelectual hay una brecha análoga. El presente artículo no se propone encarar este problema, que sin duda debe ser resuelto si queremos tener una comprensión adecuada del proceso del desarrollo económico moderno y de los orígenes de la Revolución Industrial. Pero el espacio prohíbe toda tentativa, aun rápida y superficial, de discu tirio aquí.
Los obstáculos en el camino de la Revolución Indus trial fueron de dos tipos. Se ha dicho, en primer lugar, que la estructura económica y social de las sociedades precapitalistas, simplemente no le dejaba campo de acción suficiente. Hubo de tener lugar algo así como una tevolución preliminar, antes de que ellas fuesen capaces de sobrellevar las transformaciones que Inglaterra sufrió entre 1780 y 1840. Naturalmente, esto había comenzado mucho tiempo antes. Debemos considerar hasta dónde se le adelantó la crisis del siglo xvn. Pero hay un segundo problema, aunque éste es más especializado. Aun cuando quitáramos los obstáculos del camino de la Revolución Industrial, ello no daría por resultado una sociedad de máquinas y fábricas, Entre 1500 y 1800 muchas industrias perfeccionaron métodos destinados a expandir la producción rápida e ilimitadamente, pero merced a una organización y una técnica bastante primitivas. Por ejemplo: los productores de efectos d : metal de Birmingham, los fabricantes de armas de Lie- ¡a, los de cuchillos Sheffield o Solingen. Estas ciudades





producían sus mercancías características, en su mayoría, de la misma manera en 1860 que en 1750, aunque en cantidades muy superiores y con el uso de nuevas fuentes de energía. Por lo tanto, lo que tenemos que explicar no es sólo el ascenso de Birmingham con sus subdivididas industrias artesanales, sino específicamente el ascenso de Manchester con sus fábricas, porque fueron Manchester y sus similares las que revolucionaron al mundo. ¿Cuáles fueron las condiciones que, en el siglo xvii, ayudaron no sólo a quitar del paso los obstáculos generales sino también a originar las condiciones que dieron nacimiento a Manchester?
Sería sorprendente descubrir qqe las condiciones para el desarrollo de la moderna economía industrial surgieron por todas partes en la Europa de los siglos xvii y xviii. Lo que debemos demostrar es que, como resultado de los cambios del siglo xvii, ellas se desarrollaron en una o dos zonas lo suficientemente grandes y lo ¡      suficientemente eficaces económicamente como para ser
vir de base a una posterior revolución mundial. Esto es muy difícil. Quizás no sea posible hacer ninguna demostración definitiva hasta tanto poseamos más información cuantitativa que la que tenemos actualmente. Ello es más difícil aún porque en las áreas más vitales de la economía —la de la producción agrícola y manufacturera propiamente dicha— no sólo sabemos muy poco sino carecemos además de aquellos hitos que alientan al historiador de la Revolución Industrial en su camino: talleres de\ hilados, telares mecánicos, ferrocarriles. Por lo tanto, el historiador de la economía de nuestro período puede tener la fuerte impresión de que "en cierto momento, hacia la mitad del siglo xvii, la vida europea se transformó tan completamente en muchos de sus aspectos que tendemos en general a considerar a ese momento como una de las grandes vertientes de la historia moderna” No obstante, no puede probarla fehacientemente.
| El terna principal de este artículo puede ser resumido } como sigue: La crisis del sigld xvii derivó en una considerable concentración del poder económico. En esto difiere, según creo, de la del siglo xvi que tuvo —al . menos por un tiempo— un efecto opuesto. Este hecho i puede indicar que la antigua estructura de la sociedad europea ya había sido considerablemente minada, puesto que puede argumentarse que la tendencia normal " de una sociedad puramente feudal, al hallarse en dificultades, consiste en volver a una economía de pequeños productores locales —por ejemplo campesinos— cui yo modo de producción sobrevive fácilmente al colapso i de una elaborada superestructura de comercio y agricultura de propietarios6a. Directa e indirectamente, esta concentración sirvió a los fines de la futura industrialización aunque, naturalmente, nadie se lo había propuesto. Los sirvió directamente por medio del fortalecimiento de la industria "a domicilio”, a expensas de 1 la producción artesanal, y de las economías ‘‘avanzadas" a expensas de las "retrasadas",' y por medio de la aceleración del proceso de acumulación del capital. Indí- icctamente, contribuyendo a solucionar el problema de obtener un excedente de productos agrícolas, y también de otras maneras. Por supuesto, no se trató de un proceso a lo Pangloss, en el cual todo acontecía para bien, en el mejor de los mundos. Muchos de los resultados de la crisis fueron mero derroche o hasta retroceso, si se los examina desde el punto de vista de una eventual revolución industrial. Ni tampoco este proceso fue inevitable, a corto plazo. Si la Revolución Industrial hubiese fracasado, como fracasaron tantas otras revoluciones en el siglo xvii, es muy probable que el desarrollo económico se hubiese retardado mucho. No obs- lante, su efecto neto fue económicamente progresista.
A pesar -de que esta generalización —como todas las generalizaciones— puede ser discutida, es casi indudable que la concentración económica tuvo lugar en di- versas.formas en el Este y el Oeste, en condiciones de expansión, contracción o estancamiento. En el campo, los grandes terratenientes se beneficiaron a expensas de los campesinos y de los pequeños propietarios, tanto en la Inglaterra de la Restauración como en Europa Oriental. (Si consideramos a las ciudades como formas singulares de señoríos feudales, tenemos la impresión de que la concentración .era mayor aquí que en el continente.) En las zonas no industriales, las ciudades se beneficiaron a expensas del campo, quizás porque gozaban de mayor inmunidad frente a los señores, los soldados y el hambre, o por otras razones <*. Las medidas administrativas —como el impuesto a los consumos implantados en Prusia— pudieron quizás intensificar este proceso, pero no fueron totalmente responsables de él. Las zonas dé Europa Oriental en las que las ciudades, al igual que los pequeños propietarios y campesinos, declinaban ante la presión de los magnates, son una excepción que sólo contribuirá a confirmar el panorama general de concentración. Dentro de las ciudades, la íiqueza puede también haberse concentrado, al menos en los casos en que ios señores no eran lo suficientemente fuertes como para tomar los viejos derechos ciudadanos de explotación del campo, tal como lo hicieran en la Europa Oriental«4. En las áreas industriales tenemos lo que Espinas llamó "la doble orientación de la producción en grandes y pequeños centros"65, es decir, la sustitución del trabajo rural no dependiente controlado por grandes grupos comerciales, nacionales o extranjeros, por los oficios ciudadanos de mediano tamaño. Tenemos también un cierto reagrupamiento de industrias que puede considerarse, en algunos casos,


Como concentración, por ejemplo, allí donde las manufacturas especializadas para un mercado nacional o internacional crecieron en zonas particulares, en lugar de las manufacturas de radio más amplio para mercados regionales®8. En todas partes, las grandes ciudades metropolitanas crecían a expensas de la ciudad, el campo o ambos, Intemacionalmente, el comercio se concentró en los estados marítimos, y dentro de ellos, las ciudades tendieron, por tumo, a adquirir preponderancia. Por otra parte; el creciente poder de los estados centralizados contribuyó también a la concentración económica.
¿Cuáles fueron los efectos de este proceso sobre la agricultura? Hemos visto que existen pruebas de que, hacia fines del siglo xvi y comienzos del xvit, la expansión dél excedente agrícola para el mercado se retrasó con respecto a la de los consumos no agrícolas. En última instancia, el gran excedente esencial para el desarrollo de la moderna sociedad industrial, había de lograrse principalmente por medio de la revolución técnica, es decir, aumentando la productividad y extendiendo el área cultivada, a través de una agricultura capitalista. Sólo así podía la agricultura producir no sólo el excedente de alimentos necesarios para las ciudades —pava no mencionar ciertas materias primas industriales— sino también el trabajo para la industria. En los países desarrollados, sobre todo en los Países Bajos y en Inglaterra, se advertían desde tiempo atrás signos de la revolución agrícola; estos signos se multiplicaran a partir de mediados del siglo xvu. También se registró un marcado aumento en el cultivo de especies nuevas y poco comunes como el maíz, las papas y el tabaco. Estas especies pueden ser consideradas como propias de la revolución agrícola. Hasta mediados del siglo xvii, el maíz se había cultivado sólo en

el delta del Po (desde 1554); poco después se difundió en Lombardía y Piamonte. En 1550 había en Lombar- día 5.000 hectáreas sembradas de arroz; en 1710 había 150.000, es decir casi tanto como hoy y sólo 3/8 menos que el máximo de acres cultivados en 1870. Los cultivos de maíz y algodón se difundieron sin duda en los Balcanes. En cuanto a las papas, parecen haber acusado un gran empuje en Irlanda y quizás en el norte de Inglaterra hacia 1700, aunque éstos eran prácticamente los únicos lugares donde se cultivaban67. Sin embargo, sería poco inteligente deducir de todo esto que la innovación técnica haya contribuido en mucho a la producción agrícola antes de mediados del siglo xvm —también en este caso las excepciones son Inglaterra y los Países Bajos, como así también las zonas de cultivo del maíz— o haya ido más allá de la horticultura que, como señaló Meuvret, se prestó fácilmente a la experimentación técnica 6S. Es dudoso que en muchas zonas de Europa el área cultivada abarcara, en 1700, una extensión mucho mayor que en 1600.
Lo que pasó, exactamente, en Europa Occidental, no está en absoluto claro, aunque sabemos que Inglaterra exportó cada vez más cereales, desde fines del siglo xvil. Parecería, a juzgar por lo que sabemos de Francia, que la demanda ascendente de los grandes mercados de alimento como París, fue satisfecha de las siguientes maneras: a) utilizando las reservas de las zonas agrícolas proverbialmente ricas pero que no habían sido aprovechadas al máximo en tiempos normales; b) aumen-' lando la "caza furtiva" en las reservas de otras ciudades A pesar de que no hay pruebas obvias de aumentos en la productividad, sería de esperar que esto hubiese significado, en última instancia, o bien una transferencia de productos de menor rendimiento por acre a otros de mayor rendimiento (por ejemplo, de ganado a cereales), o bien una simple transferencia de algunos individuos —probablemente los campesinos miserables— a otros. Existen pruebas de que los campesinos se vieron obligados a observar una dieta peor, vendiendo su trigo en el mercado, en todo caso en el Sur, que no había tenido nunca un gran excedente de productos alimenticios. El final del siglo XVII parece indicar una declinación de la dieta corriente en Inglaterra T0.
Lo que sucedió en Europa Central y Oriental está más claro.
El desarrolló de una economía de estados de tipo servil fue acelerado y acentuado, lo cual puede considerarse como la victoria decisiva del nuevo dominio servil o, mejor aun, de los grandes poseedores de siervos ("magnates”) sobre la nobleza menor y la ciase media. No es necesario discutir cuánto de esta resurrección del feudalismo se debió a la creciente demanda de los mercados exteriores de alimentos —localmente o en el extranjero— y cuánto a otros factores 7C De todos modos, hay muchos factores que concurrieron para aumentar el poder económico y político de los magnates, que eran los que con mayor eficacia y al por mayor convertían a los campesinos en siervos. Con raras y transitorias excepciones —la política campesina de la monarquía sueca en el Báltico hacia fines del siglo podría ser una—ni siquiera los monarcas absolutistas podían o deseaban intervenir en ello. En realidad, tendían a hacerlo progresar, porque sus victorias sobre las haciendas e instituciones similares (fortalezas de los nobles menores, significaron: por una parte, el debilitamiento de éstos y por otra, el relativo fortalecimiento de los pequeños grupos de magnates que se reunían alrededor de la corte gobernante y que podían ser virtualmente considerados como un mecanismo de distribución de los ingresos impositivos del país entre ellos, de una manera u otra. De todos modos, como en Rusia y Prusia, el poder del monarca en el Estado se compraba a veces al precio de renunciar a toda interferencia con el poder del señor en su propiedad. Cuando el poder real se estaba desvaneciendo, como en Polonia, o declinaba, como en Turquía (donde los feudos no hereditarios concedidos en pago de servicios militares dieron paso a las propiedades feudales hereditarias), la tarea del señor era aun menos complicada.
La decisiva victoria del estado de tipo servil no produjo un incremento de la productividad pero fue capaz de crear —al menos por un tiempo— un gran monto de productos agrarios potencialmente vendibles y que, con el correr del tiempo, seguramente se vendieron. En primer lugar, en las zonas más primitivas tales como los Balcanes y las zonas fronterizas del Este, esto pudo obligar a los campesinos a permanecer dentro de la economía antes que a escapar por migración o nomadismo13, .y a mantener cultivos de exportación antes que cultivos de subsistencia, o hasta a cambiar una economía de lechería por una de labranza. En Bohemia y en otros lugares[42] [43], este último cambio se vio también favorecido por lá Guerra de los Treinta Años. El ejemplo de Irlanda en el siglo xvm demuestra que la mera transferencia de ganado a campos de cultivo puede tener, durante un tiempo, el efecto de una revolución agrícola. En segundo lugar, la propiedad feudal pudo llegar a ser, cada vez más, una Gutsherrschaft, que obtenía beneficios de la venta de lo producido por los siervos en la labranza, y no una Grundherrschaft, basada en el ingreso de dinero o de productos aportados por los campesinos dependientes. Las propiedades diferían según el grado en que lo hacían; un 69 % del ingreso de algunas haciendas checas en 1636-37 provenía de beneficios de tierras propias, pero sólo un 40% ó un 50% de ese tipo de beneficios se daba en algunas propiedades del Este de Alemania durante la mitad del siglo xvm[44]. Podemos suponer, sin embargo, que la


transferencia de las haciendas desde las manos de los pequeños propietarios a las de los glandes propietarios aumentaría sus ganancias en la explotación porque, frente al nivel notablemente bajo .de la agricultura de tipo servil, sólo los señores verdaderamente grandes podían encontrar que los beneficios de dirigir su hacienda como una fábrica de granos, compensaban el pi óblenla de organizar y supervisar las enormes cuadrillas de siervos reacios al trabajo. En las proximidades de los puertos exportadores, los comerciantes podían entusiasmar a los señores para que ingresaran a una economía exportadora, o podían también obligarlos a hacerlo, mediante el préstamo de dinero contra la promesa de la venta de las cosechas, como en Livonia ~6.
Debemos admitir que esto no podía bastar para resolver el problema del crecimiento capitalista de marera permanente. La economía de tipo servil era terriblemente ineficaz! Ei mero hecho del trabajo forzado la condenaba a una menor eficacia en la utilización de la tierra o de la fuerza humana. Una vez que una zona ha sido completamente "servilizada" y se ha intensificado al máximo el trabajo forzado —digamos cinco o seis días a la semana—ñ la producción misma se estabiliza, si no se "servilizan” nuevas zonas. Pero las dificultades de transporte imponen límites. La expulsión de los turcos pudo abrir las tierras interiores de los puertos del Mar Negro, pero —para citar un ejemplo obvio— Siberia occidental estaba todavía destinada a permanecer inaccesible. De allí que, tan pronto como ios límites efectivos de la agricultura de tipo servil fueron alcanzados, ésta entró en un período de crisis. Desde la década 1760-70 en adelante, esto fue reconocido y se reflejó, en cierta medida, en los proyectos del despotismo ilustrado78. La economía de tipo servil se transformó entre 1760 y 1861. Esta transformación nos lleva más allá de los líníites dé nuestro período y, por lo tanto, no podemos considerarla aquí. Lo que importa a nuestros fines es que el traspaso de la propiedad de tipo servil coincidió con la crisis del siglo xvii y entró quizás en su etapa decisiva después de la Guerra de los Treinta Años, es decir alrededor de 1660
Las maneras en que la crisis aceleró este traspaso son claras. En tales circunstancias, prácticamente cualquier acontecimiento exterior —una guerra, una época de hambre, la implantación de nuevos impuestos— debilitaba al campesino (y con él a la estructura agraria tiadicional) y fortalecía a sus explotadores. Por otra parte, la crisis empujó a todos estos explotadores —propietarios, clase media provinciana, Estado en el Oeste y Estado y señor en el Este— a salvarse a sus expensas. Además, se ha dicho que la declinación de! comercio y la vida urbana en parte del continente habría alentado a los ricos a invertir capital en tierras, alentando también el llevar la explotación aun más lejos, tal como lo hizo la paida de los precios agrícolas. Quizás merezca la pena destacarse que esta inversión no debe confundirse con la inversión para mejoras en la agricultura, como en el siglo xvm. Normalmente esto sólo significa inversión en el derecho de apretarle las clavijas al campesino.
El principal resultado de la crisis del siglo xvii sobre la organización industrial consistió en eliminar á la artesanía —y con ella a las ciudades artesanales— de la producción en gran escala, y en establecer el sistema "a domicilio”, controlado por hombres con horizontes capitalistas y puesto en ejecución a través de una clase obrera rural fácilmente explotable. Tampoco faltan indicios de desarrollos industriales más ambiciosos, como fábricas y otros establecimientos similares, sobre todo durante el último tercio del siglo y en industrias tales como la minería, la metalurgia y los astilleros. Estas últimas requerían tina actividad en gran escala, pero aun sin ellas los cambios industriales son notables. El tipo “a domicilio” (etapa variable del desenvolvimiento industrial), se había desarrollado en ciertas industrias textiles en los últimos tiempos de la Edad Media pero, por regla general, la transformación de la artesanía en industria "a domicilio” comenzó realmente durante el auge de fines del siglo xvi. El siglo xvii es evidentemente el siglo durante el cual se establecieron decisivamente los sistemas de este tipo81. También en este caso, la mitad del siglo parece señalar una especie de vertiente; por ejemplo, la exportación én gran escala de armas pequeñas de Lieja comenzó después de la década de 1650 ®2. Ello era de esperar. Las industrias rurales no fueron perjudicadas por los altos costos de las urbanas y a menudo el pequeño productor local de mercancías baratas —por ejemplo, de los "nuevos paños”— podía aumentar sus ventas, mientras que los costosos productos de elevada calidad de las-viejas industrias exportadoras, tales como el paño ancho y los tejidos italianos, perdían sus mercados. El tipo "a domicilio" posibilitó la concentración regional de la industria, que no era posible dentro de los estrechos límites de la ciudad, porque hizo más fácil la expansión de la producción. Pero la crisis fomentó esta concentración regional, porque sólo ella —por ejemplo, la concentración de la manufactura europea de hojalata en Sajonia—podía permitir la supervivencia de la producción en gran escala cuando los mercados locales eran pequeños y ios de exportación no


se ampliaban. (El caso de los países de mercado desarrollado será considerado más adelante.) El aspecto negativo de este desarrollo era que permitía que las ciudades se transformasen en. pequeñas islas autosu- ficientes y de estancamiento técnico, con una mayor predominancia de la artesanía®4. Es decir que, dado que la gente no vivía de hacer lavados a domicilio pudo acontecer que engordasen a costa de la campiña circundante o de! tránsito comercial. Ello puede haber contribuido, de paso, a que parte de la clase media provinciana acumulase capital, pero ello no es seguro. El aspecto positivo era que el trabajo “a domicilio" fue el disolvente más eficaz de la tradicional estructura agraria y suministró un medio de rápido crecimiento de la producción industrial antes de la adopción del sistema fabrii.
Por otra parte, el desarrollo en gran escala del tipo a domicilio depende por lo general —o al menos implica— una considerable concentración del control comercial y financiero. El herrero local puede esperar colocar sus mercancías en el mercado local. Una comunidad especializada de herreros, productores de guadañas para un mercado de exportación que se extendía desde Europa Central hasta Rusia —como los Estirios— depende de los comerciantes exportadores de algunos centros comerciales, que por lo general son muy pocos85. (Depende también, por supuesto, de toda una jerarquía de intermediarios.) De esta manera, el tipo de trabajo "a domicilio'1 hizo probablemente aumentar la acumulación de capital en unos pocos centros de riqueza.
De esta manera, la concentración contribuyó a incrementar la acumulación de capital de diversas maneras. Sin embargo, el problema del suministro-de capital en


los períodos que precedieron a la Revolución Industrial, fue doble. Por un lado, la industrialización requería probablemente una acumulación preliminar de capital mucho mayor que la que el siglo XVI podía obtener [45]. Por otra parte, requería inversión en los lugares adecuados, donde se aumentaba la capacidad productiva. La concentración —es decir, la creciente distribución desigual de la riqueza en los distintos países— aumenta casi automáticamente la capacidad de acumular, pero no en aquellos lugares donde la crisis provocó un empobrecimiento general. Además, como veremos más adelante, la concentración en favor de las economías marítimas con su nuevo mecanismo, sumamente eficaz para la acumulación de capital (obtenido, por ejemplo, por las empresas comerciales en el extranjero y en las colonias), sentó las bases para una acumulación acelerada, semejante a la que encontramos en el siglo xviii. No abolió automáticamente la mala inversión,
Pero, como hemos visto, fue más bien esto y no la inversión insuficiente, la principal dificultad y una de las causas que contribuyeron a precipitar la crisis del siglo xvii. Tampoco eso terminó. En muchas partes de Europa, la crisis desviaba la riqueza hacia las aristo- ci acias y burguesías provincianas, que estaban muy lejos de utilizarla productivamente. Además, aun la redistribución del capital en favor de las economías marítimas podía llegar a producir una mala inversión, aunque de otro tipo: por ejemplo, la desviación de capital desde la industria y la agricultura hacia la expíoCación colonial y el comercio y las finanzas ultramarinas. Los holandeses constituyen el_ ejemplo más clásico de tal desviación, pero ella se produjo también en Gran Bretaña durante el siglo XVUI, probablemente.
Por lo tanto, la crisis no produjo ningún mecanismo automático que permitiese invertir capital en los lugares adecuados. Sin embargo, produjo dos formas indirectas de hacerlo. Primero, en los países continentales, la empresa gubernamental de las nuevas monarquías absolutas fomentó las industrias, las colonias y ia exportación, que de otra manera no hubieran florecido, como en la Francia de Colbert, expandido o salvado del colapso la minería y la metalurgiay sentado las bases para industrias en lugares donde el poder de los señores del sistema servil y la debilidad o el parasitismo de las clases medias lo inhibían. Segundo, la concentración de poder de las economías marítimas contribuyó a fomentar considerablemente la inversión productiva. Así, el flujo creciente del comercio colonial y extranjero estimuló, como veremos, las industrias nacionales y las agriculturas que las abastecían. Las exportaciones locales pueden haber sido, en opinión de los grandes intereses comerciales holandeses o británicos, sólo un apéndice para la reexportación de Bienes (sobre todo coloniales), pero su desarrollo no dejó de tener cierta importancia. Además, es posible que el virtual monopolio holandés del comercio internacional pueda haber inducido, a las zonas rivales, pero todavía menos triunfantemente "burguesas”, a invertir localmente más capital que el que hubiesen invertido, de haber gozado de las oportunidades de los holandeses. Por ello, hubo al parecer una gran proporción de inversión iocal en Gran Bretaña entre 1660 y 1700, que se refleja en el desenvolvimiento sumamente rápido de numerosas industrias británicas. A comienzos del siglo xvnr esta velocidad se redujo. El período inactivo de la tercera, cuarta y quinta décadas, que señalamos anteriormente, puede por lo tanto deberse en parte a la desviación del capital de ultramar que siguió a los extraordinarios éxitos de Gran Bretaña en las guerras

de 1689-1714. Sin embargo, las bases del futuro avance industrial ya habían sido echadas.
Poco es necesario decir acerca de los cambios en el aparato comercial y financiero que se produjeron durante el período de crisis. Estos cambios aparecen más claramente en la Europa del Norte (donde las finanzas públicas fueron revolucionadas) y sobre todo en Gran Bretaña. Tampoco es necesario discutir hasta qué punto esos cambios —que fueron en efecto la adopción por parte de los del Norte, de los métodos e invenciones conocidas desde mucho antes por otras gentes, como los italianos— se debieron a la crisis misma.
No discutiremos el efecto de la crisis sobre el crecimiento de lo que se llamó entonces "espíritu capitalista” y que se conoce actualmente con ei nombre de "habilidad empresaria”. No existen pruebas de que las extravagancias autónomas de ios estados de ánimo de los hombres de negocios sean tan importantes como la escuela álemana creía y como cierta escuela americana cree actualmente. En la primera parte de este trabajo se sugirieron algunas de las razones de esta afirmación