domingo, 1 de noviembre de 2015

Cap IX - Breve Historia de la Independencia - Gustavo Levene

El plan de José de San Martín “americaniza” a la Revolución Argentina. ■Una eficiente movilización popular permitió organizar el Ejército de los Andes. -Im travesía de la cordillera se cumplió con extraordinaria precisión. -“La libertad ha sido restaurada en Chile por las armas de las Provincias Unidas del Río de la Plata bajo las órdenes del general San Martín”, manifestó el Director Supremo O’Higgins en una comunicación a las naciones extranjeras. -La victoria de Maipú, el 5 de abril de 1818, modificó la política europea respecto de la América española. -Las penurias financieras demoraron la expedición argentino-chilena que marchó al Perú. -“Ims liberales del mundo son hermanos en todas partes”, afirmó San Martín al proclamar que la afinidad de los hombres de esos ideales, debía trascenderlas fronteras. -Im ocupación de Lima y la acción revolucionaria en el Perú. -“La ignorancia es la columna más firme del despotismo”, expresa el decreto que funda la primera biblioteca pública limeña. -Im liberación de los negros y de los indios peruanos. -La necesaria conjunción de los ejércitos de la América independiente, motivó la entrevista de San Martín con Bolívar. -El voluntario alejamiento de San Martín del Perú y los tres objetos que solicitó como recompensa de “diez años de revolución y de guerra”. -Rivadavia se niega a negociar el reconocimiento por España de la independencia, a cambio del retiro de las tropas argentinas que batallaban en el Perú. -La participación de las fuerzas argentinas en los campos de Pichincha, Junín y Ayacucho.
A fines de 1813, acaso deseando eliminarlo del principal escenario político de la Revolución, la Logia Lautaro envió a San Martín con refuerzos bélicos para el Ejército del Norte. Ya en viaje, le llegó el nombramiento de jefe de ese ejército, dos veces derrotado y desprovisto de todo.
El mando que San Martín recibió a modo de destierro le sirvió para conocer el interior del país, que recorría por primera vez, y para advertir los errores militares de la guerra de la independencia. Ilizo el balance de las victorias y desastes que la Revolución había sufrido en esa frontera, y con genial perspicacia, en carta a un amigo de Buenos Aires, le dijo: “La patria no hará camino por este lado del norte. Un pequeño ejército bien disciplinado en Mendoza, pasar los Andes y contando con un gobierno amigo en Chile ir por mar hasta Lima. Mientras no estemos sobre Lima, la guerra no terminará. He ahí mi secreto” (1).
En esas pocas líneas resume y anticipa el proyecto al cual subordinará todos sus afanes, y en el que se destaca este evidente rasgo de talento; encarar un plan de guerra en escala continental y para llevarlo a cabo procurar que la Revolución Argentina, saliendo de sus propias fronteras, busque la solidaridad de las otras revoluciones para vencer todas juntas en Lima. En Lima, que es, San Martín lo ha comprendido agudamente, el centro del poderío español en la América del Sur.
A causa de una enfermedad, San Martín debe abandonar el ejército de Tucumán y pasar a las sierras de Córdoba. Allí se repone, y, entusiasmado con su idea, logra que el gobierno de Buenos Aires lo designe gobernador de Cuyo, el territorio integrado por tres provincias, entre ellas Mendoza, que él ha previsto como el lugar para iniciar los preparativos de su plan.
Estuvo en Cuyo dos años y medio. En una zona donde la población no pasaba de 45.000 habitantes y la industria vitivinícola era lo único importante, San Martín obtuvo todo lo necesario: hombres, animales, víveres, armas, uniformes y hasta dinero. Lo que parece un increíble milagro de organización, fue el resultado concreto de esa eficiente movilización de las energías ciudadanas a que antes aludimos: San Martín buscó y encontró en el pueblo el gran resorte creador.
Sus ideas están magníficamente reflejadas en su correspondencia particular. “El mejor soldado de infantería que tenemos es el negro y el mulato; por esta razón no hay más remedio que echar mano de los esclavos”, explica en una carta a un amigo. “¿Y quién hace entonces el pan?, me dirá usted. Pues que lo hagan las mujeres y si no, comamos carne solamente. ¿Y quién hace entonces los zapatos? Andemos con ojotas (2). Es preferible esto a que los españoles nos manden o nos cuelguen (3). Para obtener recursos, prohíbase bajo pena de confiscación de bienes, el uso de plata labrada: ni siquiera el de una cuchara de ese metal, y comamos con cuchara de cuerno... Que todo empleado público quede a medio sueldo y lo mismo los militares fuera de servicio; los que están en los ejércitos que reciban los dos tercios del sueldo: esto se ha hecho en Cuyo y sin inconveniente. Más vale privamos por tres o cuatro años de comodidades a perder el honor nacional. ¡Ojalá tuviéramos un Cromwell o un Robespierre que realizase esto y a costa de algunos diese la libertad y esplendor de que es tan fácil nuestro suelo!”
Sin descuidar el menor detalle, San Martín vigilaba las más diversas cuestiones, pero alentando siempre a la gente responsable para que participara, con sus facultades inventivas, en la solución de los problemas. Éstos no faltaban. El cruce de la Cordillera de los Andes suponía una marcha de veinte días por senderos montañosos, situados a más de cuatro mil metros de altura, que bordeaban profundos precipicios; y el territorio era tan desolado, tan carente de recursos, que hasta la leña debió transportarse. Se buscaron las mejores herraduras para los caballos y las muías, se ideó el charquicán (4) como el alimento más conveniente, se proveyeron ajos y cebollas para combatir los mareos y hemorragias provocados por las bajas presiones atmosféricas, se inventaron aparejos especiales para el acarreo de los cañones...
Desde Buenos Aires, el director supremo, don Juan Martín de Pueyrredón, colaboraba afanosamente para resolver las necesidades de San Martín. En una carta particular a éste, le informaba: “Van las mil arrobas de charqui que me pide, quinientos ponchos, dos mil sables de repuesto, los vestuarios y muchas camisas. Van doscientas tiendas de campaña y en un cajonci- to los dos únicos clarines que se han encontrado.. . ¡Va el demonio! ¡Y no sé como me irá con las trampas en que quedo para pagarlo lodo! ¡No me pida más si no quiere saber que he amanecido colgado de un tirante de la fortaleza!”
El mismo Pueyrredón, confesándole sus angustiosas dudas sobre el porvenir del plan, dice en otra carta: “Estoy con un miedo tan grande, que no me conformaré hasta saber ha concluido usted con esos bárbaros gallegos”.
Con 1.200 hombres salió de Mendoza, a fines de enero de 1817, el ejército que debía cambiar el panorama de la guerra de la independencia sudamericana. Al cruzar la Cordillera de los Andes, a causa de la altura, en pleno verano sufrieron temperaturas de varios grados bajo cero y, consecuencia de los mareos y hemorragias, fallecieron algunos soldados. Lo abrupto del terreno explica que a lo largo de la travesía montañosa quedaran muertas o descalabradas las dos terceras parles de las muías y de los caballos.
En Mendoza, San Martín había incorporado a su ejército a los chilenos que, derrotados en Rancagua, se refugiaron en la Argentina al mando de O’Higgins. Y un adecuado “servicio de información” lo tenía al tanto de la situación de Chile, donde el jefe argentino mantenía encendida la resistencia a los realistas y desconcertaba a éstos con los rumores contradictorios que intencionalmente hacia circular en ese país.
Debido a estas medidas, los españoles de Chile nunca supieron exactamente por dónde y cuándo llegaría San Martín. Por eso, cuando el ejército terminó el cruce de la cordillera, San Martín no esperó a resolver el problema de la falta de cabalgaduras ni prolongó el descanso que merecían los soldados; antes de que el enemigo se repusiera de la sorpresa y pudiera concentrarse, entabló la batalla en Chacabuco y derrotó a los realistas (12 de febrero de 1817) para entrar enseguida en Santiago de Chile, capital del vecino país, y recoger las muestras de júbilo que son de imaginar. Allí no aceptó la designación de jefe del Estado que se le ofreció y sugirió que nombraran, en cambio, a O’Higgins. Éste, al asumir el mando, en un manifiesto a las naciones extranjeras, expresaba: “La libertad ha sido restaurada en Chile por las armas de las Provincias Unidas del Río de la Plata bajo las órdenes del general San Martín”. El jefe del ejército no sólo renunció al poder, sino también a cualquier gratificación pecuniaria. Al declinar la suma de diez mil pesos que le otorgaba el Cabildo de Santiago, manifestó el deseo de que “ellos se destinaran a la creación de una biblioteca pública que perpetuara la memoria de la Municipalidad” “La ilustración, decía San Martín, es la llave maestra que abre las puertas de la abundancia y hace felices a los pueblos. Yo deseo que todos se ilustren en los sagrados derechos que forman la conciencia de los hombres libres.”
Al rechazar una vajilla de plata, obsequio del gobierno de Chile, afirmó: “No es tiempo para esos lujos”. Y siempre austero, ejemplificaba con su conducta: hizo arreglar el forro de su capote y dar vuelta el paño de su casaca: dormía en un catre de campaña, se levantaba a la madrugada y preparaba él mismo su desayuno. Dos platos, de los cuales uno era el asado predilecto, y dos copas de vino constituían el almuerzo.
Después de Chacabuco, San Martín se trasladó a Buenos Aires para estudiar con el gobierno argentino la subsiguiente etapa de su plan: la formación de una escuadra que, luego de asegurar el dominio del Pacífico, permitiera transportar por ese océano al ejército argentino-chileno destinado a luchar en el Perú contra los realistas.
Diversas causas demoraron la realización de ese propósito: la invasión de la provincia de la Banda Oriental por las tropas portuguesas y los preparativos que España realizaba en Cádiz para el envío al Plata de una expedición que según se afirmaba contaba 20.000 hombres, hacían que el gobierno argentino vacilase en apoyar el deseo de San Martín. Muchos dirigentes pensaban que el país no debía dedicar a la lucha en el Pacífico elementos bélicos que parecían indispensables para la defensa del propio territorio. Y complicaban la situación las divergencias entre las Provincias Unidas que conducirían pronto a la anarquía y a las guerras civiles. Por su parte, los españoles, aunque vencidos en Chacabuco, habían logrado reorganizarse en el sur de Chile y, reforzados por tropas realistas llevadas por mar desde el Perú, resistieron a los ataques de los ejércitos independientes e inclusive, sorprendiendo a éstos, consiguieron derrotarlos en Cancha Rayada (marzo de 1818). Parecieron anularse los beneficios de Chacabuco y la independencia de Chile volvió a peligrar.
Felizmente la serenidad de algunos jefes, la decisión de San Martín y el apoyo popular (hasta las mujeres y los niños de Santiago de Chile trabajaron sin descanso en la fabricación de armas y de municiones), permitieron que con increíble rapidez las fuerzas criollas se recuperaran del desastre de Cancha Rayada, y apenas dos semanas más tarde esperaban al enemigo, en Maipú, un lugar vecino a la capital chilena.
Fue en esa oportunidad que tuvo su primera entrevista con San Martín don W. G. D. Worthington, “uno de los agentes que el gobierno norteamericano mantenía entonces en la América española”. En el informe a su gobierno, Worthington expresaría: “Al estrechar su mano y en momentos en que el choque de los ejércitos parecía inminente, le dije
‘-De esta batalla, señor General, depende no solamente la libertad de Chile sino, acaso, de toda la América española. No sólo Buenos Aires, Chile y Perú tienen los ojos puestos en usted, sino todo el mundo civilizado’
Dije esto sin presunción y con cierta tímida solemnidad, como lo sentía y como lo sintió él, por la forma en que escuchó mis palabras, y luego se inclinó y volvió a su tienda”...
No exageraba el agente norteamericano la importancia decisiva que para la guerra de la independencia de la América española tendría la batalla de Maipú. Una victoria categórica fue el resultado de la acción; en ella jugaron importantísimo papel el heroísmo de los negros que formaban la infantería, la artillería revolucionaria con veintiún cañones, de los cuales cuatro de a doce (calibre desconocido en las batallas de la emancipación) y se lució el pintoresco recurso del arma tan gaucha del lazo, con el cual, finalizado el combate, un regimiento auxiliar de milicias de Aconcagua “se apoderó de centenares de prisioneros como de reses en el aprisco”...
La batalla de Maipú, considerada la más reñida de la lucha en la epopeya sudamericana (costó mil muertos y heridos a los ejércitos criollos), aseguraba la definitiva independencia de Chile y provocó en los gobernantes españoles de América, pesimistas apreciaciones. El Virrey de Nueva Granada (5), manifestaba: “La fatal derrota que en Maipú han sufrido las tropas del Rey pone a toda la parte sur del continente en consternación y peligro”... Y el famoso general español Morillo, quien en 1815 había sofocado la revolución venezolana, decía melancólicamente: “El desgraciado suceso de las armas de Su Majestad en Chile me llena del más amargo pesar”...
Maipú repercutió en el Viejo Mundo... Lord Castlereag, ministro de relaciones exteriores de Inglaterra, recibió (setiembre de 1818) al embajador ruso en Londres, el príncipe de Lieven, y le habló “de los éxitos de los revolucionarios americanos”, aludiendo, impresionado, a una carta que dicho ministro había recibido de San Martín, en la cual el general argentino le presentaba la emancipación “como asentada sobre bases sólidas y con las libertades aseguradas”.
El importante diario “Times”, sensible a la victoria de Maipú, preguntaba: “¿Quién es capaz ahora de detener el impulso de la revolución en América?”.
Y en efecto, la batalla de Maipú frenó los propósitos de intervención en el Nuevo Mundo que abrigaban el Zar de Rusia y el Rey de Francia. Cuando el Congreso de Aquisgrán (fines de 1818) reunió a todos los soberanos europeos, resultó triunfante la tesis inglesa de la no intervención de Europa en las revoluciones sudamericanas. Es el momento, al cual ya aludimos antes, en que la Cancillería británica volvía, sabiamente, a sonreímos...
El director de Chile, don Bernardo de O’Higgins, quien había trabado con San Martín armoniosa amistad política y personal, convino con el general argentino el apoyo de su país para la prosecución de la etapa subsiguiente del plan: la formación de un ejército argentino-chileno que bajo la jefatura de San Martín debía llevar hasta el Perú la guerra de la independencia. Por su parte, San Martín después de Maipú, como lo hiciera después de Chacabuco, regresó a Buenos Aires.
A pesar de los recientes éxitos en Chile, la situación de la Revolución Argentina era muy difícil. Hasta podría afumarse se habían agravado los muy serios problemas que la obstaculizaban. Pero, superando las inquietudes que suscitaba la acción portuguesa en la provincia argentina de la Banda Oriental, y el peligro de las tropas que Femando VII concentraba en Cádiz contra Buenos Aires, la “Logia Lautaro”, que orientaba la política del país y de la cual formaba parte el director supremo Pueyrredón, decidió que el apoyo a San Martín debía merecer la prioridad en las preocupaciones y sacrificios de la nación. Era menester realizar la expedición argentino-chilena al Perú, por más que la Argentina arriesgaba así su propia seguridad para servir la causa común de las revoluciones americanas.
Al parecer, sin embargo, era más fácil triunfar de los ejércitos españoles que de la pobreza de las arcas del gobierno de Buenos Aires. “Ni metiendo en la cárcel a los capitalistas se reuniría el dinero”, afirmaba Pueyrredón, en carta particular, a San Martín. Después de interminables penurias se compraron los barcos y se completaron con marinos extranjeros las dotaciones de la flota que después de asegurar el dominio del Pacífico debía permitir el transporte de la expedición.
También en el mar la Revolución Argentina pasaba a la ofensiva. Precisamente en el primer aniversario de la Declaración de Independencia, el 9 de julio de 1817, partía del Río de la Plata un barco de cuatrocientas sesenta toneladas, con cuatrocientos cincuenta hombres de tripulación y sesenta y dos cañones de armamento. Se trataba de una fragata española capturada en el Pacífico; rebautizada con el nombre de “La Argentina” y bajo el mando de Hipólito Bouchard, un marino francés, la nave cumplió en dos años, como barco corsario al servicio de la revolución, un periplo excepcional. Madagascar, Java, Manila, fueron etapas de la empresa en la cual sobraron las aventuras más dispares: oposición en Madagascar a que se verificase allí el tráfico negrero; combates con piratas malayos en Java; en Manila, bloqueo del puerto, dieciséis barcos de cabotaje de las Filipinas apresados, desconcierto y terror en el comercio español de la región. Luego en California, entonces territorio de España, asalto a la fortaleza de Monterrey y tras apresar y quemar naves españolas, el 9 de julio de 1819 llegaba a Valparaíso. En los dos años transcurridos desde su partida, “La Argentina” había circunnavegado el globo, cumpliendo lo que cierto autor norteamericano ha calificado de “uno de los más memorables viajes jamás emprendido por corsario alguno” (6). Menos airosamente que su barco homónimo, la Argentina era sacudida por los vientos negativos de las querellas internas, y éstas abocaron a San Martín a un serio problema de conciencia. Pues iniciadas las luchas entre las provincias, él no cumplió las órdenes que recibió de volver con sus tropas para participar en la guerra civil. Aunque su desobediencia implicaba una grave falta de disciplina, la prefirió a malograr la expedición a Lima.
Enfermo, tan enfermo que debió cruzar los Andes en camilla, marchó a Chile para ultimar los preparativos de la expedición libertadora. Las discordias intestinas condujeron, en 1820, a la disolución en las Provincias Unidas, de la autoridad nacional: no subsistieron ni el Congreso que había iniciado sus deliberaciones en Tucumán, en 1816, ni el Poder Ejecutivo, representado por el Director Supremo.
Por eso, cuando el 20 de agosto de 1820 la expedición libertadora salió de Valparaíso rumbo a las playas del Perú, lo hizo bajo la bandera chilena, no obstante ser algo más numerosos los soldados argentinos (7), y argentino el jefe que planeara la empresa y ahora la ejecutaba.
Bien es verdad que, acaso para probar todo lo que la anarquía distorsiona, la bandera también estuvo ausente en el sepelio de Manuel Belgrano, fallecido en Buenos Aires unas semanas antes. El creador del símbolo de la soberanía había muerto tan olvidado de los contemporáneos, que no hubo para él ni público asistente, ni honores oficiales...

Al llegar a las costas del Perú, San Martín encontró un país cuya revolución aún no había madurado y pronto se advirtió que eran excesivos los quince mil fusiles llevados para armar a los peruanos que se sublevaran. En cambio, observador atento de la situación de España, calculó que la revolución estallada el 10 de enero de 1820 en la expedición que Femando VII venía preparando en Cádiz, y de claras tendencias liberales como lo evidenciaba el haber restaurado la Constitución de 1812, repercutiría en el Perú. Y aprovechando la designación del general español La Serna, de esa filiación, como virrey del Perú, lo invitó a una conferencia. Allí San Marü'n le manifestó: “... He venido desde las márgenes del Plata, no a derramar sangre sino a fundar la libertad y los derechos de que la misma España ha hecho alarde al proclamar la Constitución de 1812, que Vuestra Excelencia y sus generales defendieron. Los liberales del mundo son hermanos en todas partes... Pasó el tiempo en que el sistema colonial pudo ser sostenido por España, y sería un señalado servicio, si cediendo a la opinión declarada de los pueblos de América, se evita la guerra y se abren las puertas a una reconciliación decorosa”... Aunque la concreta proposición que San Martín formuló en la conferencia no fue aceptada por los jefes españoles del Perú, la situación de éstos se debilitó: se produjeron sublevaciones entre las tropas realistas y día a día fue aumentando la oposición de los patriotas peruanos.
Consecuencia de ello, el virrey La Sema abandonó, sin combatir, la ciudad de Lima, en la cual entró San Martín el 9 de julio de 1821. Mientras se convocaba un Congreso, aceptó con el título de “Protector” el gobierno provisional, proclamando el 28 de julio la independencia del Perú de la cual era un símbolo la bandera que mostró a la multitud y que él había creado a poco de llegar a las costas del país.
Las revoluciones auténticas trascienden de las batallas que las hacen posibles y de las banderas, escudos e himnos que las simbolizan. Con San Martín había llegado al Perú la emancipación, pero ésta no debía ser sino un medio que permitiera el advenimiento, en ese país, de la revolución americana entendida como un nuevo enfoque de todos los aspectos de la sociedad. Así se comprende que a menos de un mes de la declaración de la independencia peruana se abolió el tributo que pagaban los indios, establecido “por la tiranía como signo de señorío” y se declaraba que en “adelante no se denominarán Indios o Naturales: ellos son hijos y ciudadanos del Perú, y con el nombre de peruanos deben ser conocidos”. Al día siguiente, otra resolución señalaba que “siendo un atentado contra la naturaleza y la libertad, el obligar a un ciudadano a consagrarse gratuitamente al servicio de otro”... “queda extinguido el servicio que los peruanos, conocidos antes con el nombre de indios o naturales, hacían bajo la denominación de mitas, pongos (8), encomiendas, yaconazgos”... “y nadie podrá forzarlos a que sirvan contra su voluntad”. También en agosto de 1821, después de recordar que “una porción numerosa de nuestra especie ha sido hasta hoy mirada como un efecto permutable y sujeto a los cálculos de un tráfico criminal”, se declara “libres a los hijos de los esclavos que hayan nacido y nacieren en el territorio del Perú desde el 28 de julio del presente año en que se declaró su independencia”...
En lucha con la tiranía de la intolerancia se eliminó el Santo Oficio y la plazuela de Lima denominada de la Inquisición se designaría con el nombre de Constitución. “... Los inquisidores ya no existen entre nosotros: en su lugar la Alta Cámara administra justicia, respetando las leyes que emanan de la razón y de la naturaleza”...
La enumeración de las providencias adoptadas por el Protector del Perú prueba que ningún sector de la vida del país queda al margen de la revolución que él representó. Así, establece la primera biblioteca pública de Lima explicando, en los fundamentos del decreto, “que la ignorancia es la columna más firme del despotismo”, y el propio San Martín contribuye al éxito de la iniciativa donando los ochocientos volúmenes de su biblioteca particular; ordena el funcionamiento de escuelas gratuitas de primeras letras en los conventos, recordando que “la prosperidad de los pueblos está en razón de las verdades que conocen y no de las ideas que adquieren”, que “reformar la educación pública es la única garanda invariable del destino a que somos llamados”, afirma en el decreto de creación de la Escuela Normal, conforme al sistema de enseñanza mútua (por el entonces novedoso método de Lancaster) y designa, para dirigir el establecimiento, a un pedagogo, el misionero inglés evangélico don Diego Thomp son...
Y como no se educa solamente con los libros de las bibliotecas y las lecciones en las aulas, el gobierno revolucionario del Perú independiente quiso modificar los múltiples factores ambientales que negativamente influían, desde hacía siglos, en las costumbres de las gentes. Prohíbe por ello “la bárbara costumbre de arrojar agua en los días de Carnaval”, “queda abolida la riña de gallos”, declara “que el juego es delito que ataca la moral pública y arruina a las familias: los dueños de las casas en que se consienta sufrirán por la primera vez dos meses de prisión”; se dignifica a la muerte: “Queda abolida en el Perú la pena de horca, y los desgraciados contra quienes pronuncie la justicia el fallo terrible, serán fusilados”, y en testimonio de respeto a la personalidad humana, “queda para siempre eliminada en todo el territorio del Estado la pena aflictiva conocida con el nombre de azotes”, debiéndose considerar “enemigo de la Patria y castigado severamente, el juez, maestro de escuela. o cualquier otro individuo que aplique semejante castigo”...
Y la revolución llegó al escenario. Superando preocupaciones que deben ceder a la justicia y a las luces del siglo”, en un decreto del 31 de diciembre de 1821, San Martín rehabilitaba a los actores: “Un teatro... es un establecimiento moral y político de la mayor utilidad” y “el arte escénico no irroga infamia al que lo profesa”... “Quienes lo ejerzan, podrán optar a los empleos públicos y serán considerados según la regularidad de sus costumbres y a proporción de los talentos que posean”...
¿Cómo dudar que en el Perú el “nuevo elenco” eliminaba “el viejo repertorio” colonial?...
Las reformas no fueron, claro está, recibidas con unánime adhesión: el Peni ostentaba fuertes tradiciones aristocráticas expresadas en sectores que no deseaban cambios en la estructura feudal que desde antaño configuraba al país.
Por otra parte, el ejército realista no había sido derrotado y se mantenía intacto en las sierras del interior, donde no vacilaba en castigar con implacable crueldad a las poblaciones desafectas al Rey. “La contumaz pérfida conducta de los habitantes del criminalísimo Cangallo los ha conducido al término de ser reducidos a cenizas y borrado para siempre del catálogo de los pueblos...” y “... como es preciso que semejante nombre desaparezca también de la memoria de los hombres”, el virrey La Sema decidía, desde el Cuzco, asiento de su autoridad, cambiar el nombre de este distrito y de la ciudad capital del mismo y “que nadie edifique en el terreno que ocupaba el infame pueblo de Cangallo” (9).
Y la infamia, consistente en haberse sublevado por tercera vez contra la dominación española, fue castigada arrasando el pueblo y eliminándolo del mapa...
No puede extrañar que en clima de semejantes enfrentamientos y para prevenir las consecuencias de la participación de los españoles de Lima en conspiraciones en las cuales intervenían personajes de la Iglesia y de la aristocracia peruana, San Martín debiera adoptar, en la capital, severas restricciones. Un decreto del 20 de abril de 1822 firmado por “El Protector” establecía: “Ningún español, con excepción de los eclesiásticos, podrá usar capa o capote cuando salga a la calle, debiendo andar precisamente en cueipo, bajo la pena de destierro”... Y es que la vestimenta que se prohibía permitía una más fácil ocultación de armas...
Aun sin capa ni capote, “todo español que salga después del toque de oraciones, incurrirá en la pena de muerte” . Y para precaverse del carácter “feroz e indomable de los españoles”, se decretó que “todo español a quien se le encontrase alguna arma, fuera de las precisas para el servicio de la mesa, incurrirá en la pena de confiscación y muerte”...
Convencido de que la campaña militar contra los españoles del Perú requería la unión de todos los movimientos revolucionarios sudamericanos, San Martín se había dirigido a Simón Bolívar, el más destacado jefe de las luchas en el norte, buscando una posible conjunción de los ejércitos.
“El gobierno de Colombia se reconoce deudor a la división del Perú de una gran parte de la victoria de Pichincha”, expresaba un decreto de Bolívar, aludiendo a la participación de efectivos del ejército de San Martín (1.400 hombres) en la batalla del 24 de mayo de 1822 y cuya consecuencia inmediata fue la liberación del territorio que actualmente constituye la República del Ecuador.
Bolívar, triunfante en Venezuela y Colombia, aceptó la invitación a una conferencia a realizarse en Guayaquil (julio de 1822). La entrevista tuvo lugar en esa ciudad; no llegaron, sin embargo, al acuerdo necesario, a pesar de que San Martín invitó a Bolívar a entrar con sus tropas en el Perú y ofreció combatir bajo las órdenes del general venezolano, pues la unión de los ejércitos implicaba la creación de un solo comando superior. De regreso en Lima, San Martín inauguró el Congreso peruano y, acatando la autoridad de éste, hizo entrega de las insignias propias del mando y presentó su dimisión al cargo de “Protector del Perú”: “El placer del triunfo para un guerrero que pelea por la felicidad de los pueblos es la persuasión de ser él un medio para que gocen de sus derechos”.
Aunque esta renuncia fue rechazada tres veces, San Martín insistió. Su insobornable liberalismo apreciaba, con certera visión, los peligros que los hombres de armas pueden representar en las primeras etapas de organización republicana y por eso, explicando su actitud, afirmó: “Mis promesas para con los pueblos en que hice la guerra están cumplidas: lograr la independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos. La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento que tenga, es temible a los Estados cuando recién se constituyen”.
El Congreso peruano aprobó varios proyectos de homenaje y gratitud a San Martín: la erección de una estatua en Lima; que en todo tiempo se le rindieran en el territorio del Perú honores de presidente; lo declaró “primer soldado de la libertad de América”, “fundador de la libertad del Perú”, generalísimo de los ejércitos de mar y tierra del país; le concedió una pensión de doce mil pesos anuales. San Martín sólo pidió se le otorgasen tres objetos: el estandarte con el cual el conquistador español Pizarra había dominado a los incas en el siglo XVI, y la campanilla y el tintero de la Inquisición; deseaba llevarse los símbolos de las dos tiranías que había eliminado en Lima: la feudal y la espiritual. Y agradeciendo esos objetos, dijo: “He aquí recompensados con usura diez años de revolución y de guerra” (10).
Eludiendo las posibles manifestaciones públicas, se marchó del Perú casi a escondidas, explicando a su secretario, en estricta confidencia, que su alejamiento y eliminación personal, pues él dejaba el ejército argentino chileno en el Perú, permitiría la entrada de Bolívar y sus tropas en Lima, facilitándose así, con la deseada unión de los soldados americanos, la pronta terminación de la guerra contra los realistas. San Martín entendía que su permanencia en el Perú podría, en cambio, desencadenar conflictos perjudiciales a la causa de la independencia.
La revolución liberal de Cádiz, el 10 de enero de 1820, no sólo desbarató el envío al Río de la Plata de la expedición de 20.000 hombres que desde hacía varios años se preparaba contra Buenos Aires. Ella marcó también el comienzo de negociaciones que iniciadas por España tendían a mostrar, respecto de las colonias, una política de conciliación: calculando que la Constitución de 1812, restablecida en la metrópoli, bastaba como garantía ideológica para permitir el reencuentro, el gobierno de Madrid esperaba obtener ventajas comerciales y atenuar los trastornos financieros que la lucha armada traía para los peninsulares radicados en América.
Una primera delegación, arribada a Buenos Aires en diciembre de 1820, no llegó a ser personalmente recibida por el gobierno, el cual se limitó a manifestar en una nota, luego de recordar “la guerra que Su Majestad Católica tiene declarada a esta parte del continente”, que antes “de toda negociación era preciso reconocer la independencia que ésta y las demás provincias (11), en congreso general han establecido” según el acta que acompañaba, “y de cuyo sagrado compromiso ante el Eterno y ante las naciones del Globo, no pueden separarse un punto sin renunciar a sus más altos e incontestables derechos”. Los delegados que no pudieron abandonar el barco a cuyo bordo habían permanecido, se marcharon, y luego de una estada en Río de Janeiro, ya de regreso en España, atribuyeron el fracaso de su misión a la intriga extranjera y a la anarquía doméstica.
Nuevos comisionados llegaron a Buenos Aires en mayo de 1822. La entrada de San Martín en Lima, verificada meses antes, explica que esta segunda gestión estuviera dispuesta a admitir la independencia de las Provincias Unidas, si nuestro país aceptaba separarse de la lucha solidaria que en unión de los otros pueblos venía realizando. “España reconocerá la independencia argentina si la Argentina retira sus tropas del Perú”, expresaron los enviados del gobierno de Madrid.
Pero Rivadavia, ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires, exigió como condición sine qua non la de que “previamente cese la guerra en el continente y el sincrónico reconocimiento de la totalidad de las naciones desprendidas de la Corona” (12).
No conforme con esto y como la Francia absolutista había emprendido la lucha contra la España liberal, Rivadavia hizo aprobar por la Legislatura un proyecto de ley que manifestaba: “Considerando la guerra que el Rey Luis XVIII prepara contra la nación española”... “se negociará, entre todos los Estados americanos
reconocidos independientes, reunir para sostén de la independencia de España bajo el sistema representativo, la misma suma de veinte millones de pesos con que para destruir ese sistema, han acordado a su gobierno las cámaras francesas”...
Quedaba así evidenciado que la guerra de la emancipación americana no se había hecho contra España como nación, sino contra el monopolio, la esclavitud y la intolerancia característica del feudalismo español...
Pero los ejércitos franceses triunfaban en España, restablecían a Fernando VII en su discrecionalismo monárquico y, prueba de la íntima vinculación entre estos sucesos y las negociaciones, el 24 de diciembre de 1823 se anulaban en Madrid los poderes otorgados a los comisionados enviados a América, así como “quantos actos hubiesen ejecutado ellos contrarios a los indudables derechos de Su Majestad al dominio absoluto de aquellas posesiones”...
¡Estaba visto que ante la España de siempre y su lenguaje de costumbre, América sólo se haría oír con los cañones! (13)
El alejamiento de San Martín no implicó el automático retiro del ejército que él había conducido hasta el Perú. Pero la ausencia de su organizador marcó, sin duda, el ocaso de sus días gloriosos. No fue fácil para los jefes que siguieron allí, armonizar con las graves disidencias de la política limeña las cambiantes disposiciones derivadas de los planes del libertador venezolano (quien, tal como lo había previsto San Martín, apenas se ausentó éste de Lima, ofreció el concurso de sus tiopas para la conclusión de la lucha contra los realistas), y las conspiraciones en las propias filas.
La situación de los soldados argentinos en el Perú, cuyo número a comienzos de 1824 alcanzaba a 1.300 hombres, habíase tomado angustiosa. “Siete años llevaban fuera de la patria, combatiendo en tierras lejanas, siempre mal nutridos, azotados por las enfermedades, desprovistos hasta del vestuario más indispensable, con sus sueldos impagos, prontos a ser sacrificados en las más penosas exigencias de la guerra y nunca recompensados cuando regresaban trayendo los laureles de la victoria, siendo en cambio mal vistos por su condición de extranjeros” (14). Carentes del amparo moral que proporcionan la convivencia con lo nacional y lo hogareño, fuéronse pues, explicablemente quebrantando los factores de responsable cohesión y disciplina. Una injusticia torpe rebasó los sufrimientos: “Habiéndose efectuado el pago de sueldos a la oficialidad solamente, mientras se adeudaban a las tropas cinco meses, no necesitaron más éstas para rebelarse” (15). En la noche del 4 de febrero de 1824, dirigidas por dos sargentos, y estando de guarnición en la fortaleza del Callao, apresaron al General Alvarado y a sus oficiales. Pero incapaces de darle un sentido a la protesta terminaron buscando el consejo de uno de los jefes españoles allí encerrado, y éste los convenció de que no tenían otra salvación que plegarse a las filas realistas...
Algo más de un centenar no aceptaron tamaña deserción y siguieron combatiendo. Presentes en las jomadas de Junín (agosto de 1824) y de Ayacuyo (9 de diciembre de 1824), batalla esta última que clausura la guerra de la independencia sudamericana, su participación en ellas tiene mucho de simbólica tristeza... ¡Las armas argentinas no estuvieron cabalmente representadas, en la histórica amplitud de su faena trascendente, cuando el telón final bajaba victorioso sobre una epopeya en la cual fueron sin duda alguna protagonistas esenciales!

Cap VIII - Breve Historia de la Independencia - Gustavo Levene

Capítulo VIII
El fracaso de la invasión de Napoleón en Rusia (1812) modificó el rumbo de la política europea. -Con el regreso de Fernando VII al trono, marzo de 1814, se reanuda el tradicional absolutismo español -Inglaterra se desentiende de las revoluciones americanas y les niega su apoyo. -El gobierno de Buenos Aires solicita al presidente Madison de los Estados Unidos, “armas y municiones para sostener la causa de la libertad”. -Las autoridades de Washington prefieren no malquistarse con España. -En 1815 la Revolución Argentina era la única de la América hispánica que no había sido sofocada. -Un Congreso reunido en Tucumán encuentra en la adhesión popular, los elementos morales y materiales para continuar la lucha y proclama, el 9 de julio de 1816, la independencia argentina.
Desde mayo de 1810 hasta fines de 1813 la Revolución vivió los altibajos de victorias y derrotas en lo militar y de cambios ansiosamente intentados, y nunca del lodo satisfactoriamente logrados, en el orden institucional.
Por otra parte, sin esperar la conclusión de la guerra contra la metrópoli, ya habían asomado inquietantes síntomas de discordias y violencias dentro de la propia Revolución. Pero, de cualquier manera, el proceso se venía cumpliendo con una situación que lo favorecía: la de una España obligada a defenderse de la invasión napoleónica y sin poder volcar, contra la Revolución Argentina y sus similares en América, todo el peso de sus vastos recursos. Para decirlo más claramente, hasta fines de 1813 la lucha de la Revolución Argentina y de sus congéneres continentales, no había sido contra la metrópoli, sino solamente contra los recursos que los partidarios de la metrópoli pudieron disponer en el Nuevo Mundo. A partir de 1814, tal esquema va a modificarse. Y otra vez será Napoleón el factor determinante: en las estepas rusas la nieve amortajaba a trescientos mil soldados franceses que en 1812 habían invadido aquel país, y la derrota moscovita de Bonaparte modificaría el rumbo de la política europea y de la nuestra.
Obligado a pasar a la defensiva, Napoleón retiraba las fuerzas de ocupación que tenía en España y devolvía a Femando VII su libertad (marzo de 1814). Poco después, Femando obtenía el trono; Napoleón, en cambio, perdía el suyo, y los monarcas absolutistas entraban en París.
Durante el cautiverio de Femando VII, España había iniciado una importante evolución política: un Parlamento (en España se le daba el nombre de “Cortes”) había sancionado, en marzo de 1812, una Constitución.
Entre otras declaraciones, esa Constitución afirmaba: “la Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios: no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona (1). La soberanía reside en la Nación, y pertenece a ésta, exclusivamente, el derecho de establecer sus leyes fundamentales. El gobierno de la Nación española es una monarquía moderada”...
Pero Femando, nada moderado... reanudó su oficio desconociendo la Constitución y dispuesto a gobernar de acuerdo con la tradición absolutista: perseguir a los liberales “de ambos hemisferios” resultó su más claro propósito. Precisamente como la Revolución de Buenos Aires parecía una de las más peligrosas, se preparó contra ella una expedición de 10.000 soldados. La caída de Montevideo en poder de los revolucionarios argentinos (2), al privar a la proyectada expedición española de una indispensable “base de operaciones”, trajo un cambio de itinerario: los 10.000 soldados de Fernando marcharon contra Venezuela y allí aplastaron (aunque temporariamente) la revolución que encabezaba el libertador Simón Bolívar,

quien debió abandonar su país y refugiarse en la isla de Jamaica.
El horizonte político europeo se ensombrecía para la Revolución Argentina y en general para toda la América insurrecta. Al gobierno de Londres, ya lo dijimos antes, le pareció innecesario a partir de entonces tratar con los rebeldes; y, en reciprocidad a las ventajas comerciales que la España de Femando VII le acordaba por el tratado del 5 de julio de 1814, Inglaterra prohibió a sus súbditos la entrega de armas y auxilios a los insurgentes (3). Era en el momento que Femando VII decidía el envío, contra Buenos Aires, de una expedición de 10.000 hombres.
Reflejando el viraje de la política inglesa respecto de la América española, el ministro inglés de ese país en Río de Janeiro, le escribía al Director Supremo el 15 de julio de 1814 que no existía ya “sombra de justificación para que estas provincias resistan la autoridad de Fernando VII”, “señalándoles”... “La conveniencia de suspender las hostilidades con España” y sugería “el envío a Madrid de representantes diplomáticos para negociar con la metrópoli”. Con indeclinable dignidad, el gobernante argentino le contestaba a lord Strangford: “los pueblos de las Provincias Unidas han peleado por sus derechos; ellos no han sido los primeros en entrar en la lucha, pero no pueden verla concluida sin asegurar su libertad”. Y le agregaba que se enviaría una diputación al rey Fernando VII, pero “no para obtener un perdón vergonzoso de culpas que no se han cometido, ni para contentarse con un olvido humillante de las ocurrencias pasadas”. Las instrucciones reservadas dadas al efecto a los enviados, explicaban “que las miras del gobierno”... “sólo tienen por objeto la independencia política de este Continente”... “como debe ser obra del tiempo y de la política, el diputado tratará de entretener la conclusión de este negocio todo lo que pueda”... Y para la difícil empresa se envió a Europa a Belgrano y Rivadavia. El primero regresó un año después de permanecer en Europa e intentar con Rivadavia una negociación que fracasó tendiente a coronar, en el Río de la Plata, a un hijo de Carlos IV, el infante don Francisco de Paula. Rivadavia, que continuó en el Viejo Mundo varios años, multiplicó en París su búsqueda de apoyos: trabó amistad con Lafayette, el famoso noble francés de tan importante participación en la libertad norteamericana; se vinculó con el general ruso Harpe, “a quien debe el emperador Alejandro su educación”; entrevistó en Madrid, disimulando su identidad, al ministro español de relaciones exteriores, el cual aceptó recibirlo en secreto... Por cierto que la vaguedad de las respuestas de Rivadavia, tanto como las deficiencias de las credenciales y la aparición, por ese entonces, frente a Cádiz, de barcos corsarios que obedeciendo a Buenos Aires, amenazaban al comercio español, hicieron fácil la desconfianza del ministro español, y comprendiendo que el tal comisionado sólo pretendía “ganar tiempo”, se lo dijo y le notificó (julio de 1816), en forma terminante, que “el decoro del Rey no permite que se prolongue más la permanencia de usted en la península”.
En marzo de 1817, preocupado Rivadavia por la orientación del gobierno británico, le escribía al Director Supremo de las Provincias Unidas: “La política que ejerce el Gabinete de Londres es la única causa que retarda el reconocimiento de la independencia de América y amenaza su libertad. Este gabinete ha empleado todo su influjo con el gobierno de los Estados Unidos para impedir se venda a los llamados insurgentes buques, armas y municiones; él consiente que el Brasil invada nuestro territorio; él se aprovecha de nuestro comercio sin aceptar reciprocidad; él, por la ultrajante vía de hecho, pretende mantener un influjo exclusivo en ese país y en todos nuestros asuntos”... Y terminaba aconsejando: “Lo que debe manifestarse es una disposición igualmente cordial y amigable para con todos los gobiernos y todas las naciones, y un justo discernimiento y vivo celo por nuestros intereses y conveniencias doquiera las encontremos... Esto es lo que nos corresponde si hemos de ser verdaderamente independientes: lo contrario sería servir a intereses ajenos subordinando a ellos los nuestros”.
Comprendiendo la gravedad de la situación ya en 1814 el primer Director de las Provincias Unidas se había apresurado a escribir al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, James Madison, solicitándole “armas y municiones para sostener la causa de la libertad” y ofreciendo en cambio “un tratado de comercio que resulte ventajoso para los Estados Unidos”.
Por su parte, el cónsul norteamericano en Buenos Aires, Thomas Lloyd Halsey, en nota al Secretario de Estado norteamericano James Monroe, opinaba en favor del apoyo solicitado.
Acaso el documento más revelador de este enfoque, que convertía al gobierno de Washington en una influencia importante en el destino de la Revolución Argentina es la nota del entonces Director Supremo Alvarez Thomas, que el 16 de enero de 1816 decía al presidente Madison: “Y tenemos la fortuna de poder enviar cerca de V. E. un diputado para implorar de V. E. la protección y los auxilios necesarios para la defensa de una causa justa y sagrada en sus principios y que además ha ennoblecido el heroico ejemplo de los Estados Poderosos que V. E. tiene la gloria de presidir. Una serie de acontecimientos extraordinarios y las inesperadas variaciones que han sucedido en nuestra antigua metrópoli, nos han obligado a no hacer una formal declaración de la Independencia Nacional, sin embargo de que nuestra conducta y nuestros papeles públicos han expresado suficientemente nuestra resolución.
“Cuando llegue la presente carta a manos de V. E. ya se habrá reunido el Congreso General de nuestros representantes y puede asegurarse que uno de los primeros actos será la solemne Declaración de la Independencia que hagan estas provincias de los monarcas españoles y de cualquiera otros soberanos o potencias extranjeras. Entre tanto, nuestro diputado cerca de V. E. no será investido de un carácter público, ni dejará trascender el objeto de su misión”...
Y las instrucciones reservadas del enviado del gobierno de Buenos Aires señalaban... “pedir toda clase de auxilios”... “... e introducir la preponderancia de los Norteamericanos sobre los británicos”...
La vinculación argentino-norteamericana señaló, en ese mismo año de 1816, la presencia en Buenos Aires del coronel Devereux, quien en representación de un grupo de capitalistas de esa nación, ofreció un empréstito de dos millones de pesos como apoyo financiero a la lucha por la independencia. Pero, a pesar del interés que por la realización del empréstito manifestaron el cónsul norteamericano, el Congreso reunido en Tucumán y el Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, quien se dirigió por carta al propio Presidente de los Estados Unidos, el apoyo norteamericano no llegó a concretarse: para entonces Washington negociaba con España la compra a este país de la península de la Florida y no deseaba entorpecer la gestión adoptando actitudes que el gobierno de Madrid consideraría inamistosas. Esto explica también por qué el gobierno norteamericano demoraría, hasta 1822, el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas, reclamado por las mismas reiteradas veces.
A la indiferencia que a partir de 1814 evidenciaron para la Revolución de Mayo Gran Bretaña y los Estados Unidos, y a la oposición de la Europa absolutista, se agregó pronto el fracaso de las revoluciones de la América española: la maquinaria militar de Femando VII derrotaba a los patriotas chilenos, mejicanos y venezolanos. Para ensombrecer el porvenir de la insurrección argentina, la única que en 1815 seguía resistiendo en América, la provincia de la Banda Oriental era ocupada por los portugueses y las discordias civiles se ahondaban: cuando se convocó a un Congreso que en Tucumán debía tratar los problemas de independencia y organización de las Provincias Unidas, varias de éstas, desmintiendo el nombre, se negaron a enviar allí a sus diputados.
¿En dónde encontrar la fe esperanzada para proseguir la lucha?... ¿De dónde obtener los recursos necesarios para triunfar?...
En ese momento, el más dramático de la historia argentina, la adversidad agrandó a los dirigentes: se volvieron hacia sí mismos, se volvieron hacia el propio país. Probaron, con los hechos, que tenían fe en la democracia o lo que es igual, que tenían fe en su capacidad para movilizar los valores populares. Y éstos respondieron eficientemente, e hicieron posible la victoria, estructurando, con su fe en los dirigentes, la solidaria comunión de pueblo y de gobierno que esa hora difícil imponía... La independencia argentina debe a esa fe en sus propias energías y destino, el haber triunfado, sin aliados, en un instante sombrío de la historia universal. Cumple recordarlo en elemental homenaje de gratitud para el pasado y en previsora lección como ejemplo para el porvenir...
El Congreso General al que aludía la ya mencionada carta del Jefe del Estado al presidente norteamericano Madison, se reunió en
Tucumán, en marzo de 1816.
Una reciente derrota de las armas criollas en el Alto Perú había, por entonces, obligado a evacuar, nuevamente, las gobernaciones intendencias de esa región y ellas estuvieron representadas, en las deliberaciones del Congreso, por patriotas emigrados.
Esta derrota, interpretada en la metrópoli como el colapso de la Revolución Argentina, la única que en América, según dijimos, continuaba en pie, fue festejada con alborozados tedeums en las catedrales españolas. Tal alegría iba a resultar por lo menos prematura... Pues cubriendo la frontera norte una tenaz oposición de guerrilleros frenó el avance realista.
Organizados en pequeños grupos de audaces combatientes, los gauchos salteños resultaron la base de una resistencia fantasmagórica: de día inofensivos agricultores o pastores, pocas horas les bastaban para reunirse y bajo un jefe y en lugares convenidos de antemano, constituir la “partida”, como se denominaba a los treinta hombres que aproximadamente formaban la “unidad operativa”. Ni qué decir que la ocultación que de estas actividades de guerrilleros hacían las poblaciones civiles, y el mejor conocimiento, por parte de los gauchos, de los senderos y de los vados, facilitaban los exitosos “golpes de mano” de semejantes soldados para quienes la imaginación de esa lucha clandestina suponía insuperable incentivo sicológico.
La situación económica del país era penosa: las regiones norte y oeste, a consecuencia de los triunfos militares españoles, veían casi paralizadas sus industrias y comercio: el avance del enemigo había cerrado los habituales mercados de consumo. Pero, al parecer, es una ley de la conducta de los pueblos revolucionarios que, como los individuos, más valientemente reaccionan cuanto menor es la prosperidad que disfrutan. Testimonio de la modesta situación financiera de las Provincias Unidas en esos tiempos heroicos es el humilde edificio donde se realizó el Congreso: una sencilla casa particular, cuyo comedor, convertido en recinto de sesiones, fue el escenario donde se adoptaron resoluciones decisivas para la nación (4).
Después de elegir Director Supremo a don Juan Martín de Pueyrredón, designación feliz, pues este gobernante equilibrado cumplió la hazaña de permanecer tres años en el cargo, los diputados encararon, no sin vacilaciones, la declaración de la independencia.
Sin pertenecer al congreso, dos hombres representativos de la Revolución, Belgrano y San Martín, influyeron en el sentido de la necesidad de una definición categórica acerca de los propósitos del movimiento.
Belgrano acababa de regresar de su misión diplomática en Europa, y los diputados escucharon con extraordinario interés su informe acerca del “panorama internacional”. En cuanto a San Martín, preparaba entonces en Cuyo el ejército con el cual realizaría, poco después, su plan de expandir militarmente la Revolución Argentina. “Es ridículo (le escribía San Martín a un diputado amigo) acuñar moneda, tener bandera y escarapela nacional y hacer la guerra al soberano de quien se dice dependemos”... “... Si declarar la independencia tiene riesgos, para los hombres de coraje se han hecho las empresas”...
Venciendo las vacilaciones, aquellos diputados “demostraron su coraje”. En la sesión del 9 de julio de 1816, ante un público numeroso que presenciaba la sesión, se formuló a los diputados la pregunta que concretaba la cuestión en debate: “Si querían que las Provincias Unidas fueran una nación libre e independiente de los Reyes de España”...
Recibidas estas palabras con afirmativas y entusiastas aclamaciones, se redactó el acta: “En nombre de los pueblos era voluntad unánime de las Provincias Unidas romper los violentos vínculos que las ligaban a los Reyes de España, sus sucesores y metrópoli”... El cumplimiento de esta resolución, decía el acta, “será garantizado con la vida, haberes y fama” de los diputados... Que la voluntad popular respaldaba la decisión, lo atestigua un observador del ambiente de esos días tucumanos: Jean Adam Graaner, oficial sueco, emisario de Bemadotte, el principe heredero de Escandinavia, quien en el informe a su gobierno, expresaba: “... El día fijado para la celebración de la independencia un pueblo innumerable concurrió... a las inmensas llanuras de San Miguel de Tucumán... Las lágrimas de alegría, los transportes de entusiasmo que se advertían por todas partes dieron a esta ceremonia un carácter de solemnidad... Sobre el mismo campo de batalla donde cuatro años antes las tropas españolas fueron derrotadas por los patriotas (5), juraron ahora éstos sobre la tumba de sus compañeros de armas defender con su sangre... la independencia de la patria”.
El día 19 de julio fue votada una modificación al acta; a continuación de la frase que determinaba la independencia respecto de la metrópoli, se agregó: “Y de toda otra dominación extranjera”.
Con ello se desautorizaban los rumores de que se negociaba instalar una monarquía bajo el protectorado de alguna potencia europea. Desde Córdoba, San Martín comentaba la decisión de los diputados: “Ha dado el congreso el golpe magistral”... “...sólo hubiera deseado que al mismo tiempo hubiera hecho una pequeña exposición de los justos motivos que tenemos los americanos para tal proceder”...
Coincidiendo con este deseo de San Martín, el Congreso encargó a tres de sus miembros la redacción de un documento explicativo de la actitud asumida y él apareció en octubre de 1817, bajo un título sobradamente explícito: “Manifiesto que hace a las Naciones el Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sobre el tratamiento y crueldades que han sufrido de los españoles, y motivado la declaración de su Independencia” ...
Y la acción revolucionaria de Belgrano era simbólicamente recordada por el Congreso: en la sesión del 25 de julio éste adoptó, como insignia de la nueva nación, la bandera celeste y blanca “que se ha usado hasta el presente”...

Cap VII - Breve Historia de la Independencia - Gustavo Levene

Las fronteras de la Revolución de Mayo no fueron las del Virreinato del Río de la Plata. -La lucha expresó un enfrentamiento de tendencias y no de nacionalidades. -La prensa extranjera advirtió, desde el comienzo, el carácter emancipador del movimiento. -La Revolución experitnentó las resultantes de la compleja situación internacional -Testimonios concretos de cómo la Revolución se consideraba integrando un proceso continental -La conducta de los negros y de los indios. -La guerra de la independencia fue un medio y no el fin de la Revolución de Mayo. -Las necesidades de la contienda originaron la aparición de la lotería y del papel moneda.

La revolución iniciada en la Capital del Virreinato del Río de la Plata, no tuvo a la totalidad de éste por escenario de su acción.
El gigante territorio mostró pronto las contradicciones de sus diferentes regiones, consecuencia de la heterogeneidad ya mencionada cuando nos referimos a su creación, en 1776. Las fronteras del Virreinato no fueron, pues, las de la revolución.
Así, en el nordeste, una expedición que, al mando de Belgrano y calculando tendencias partidarias de Buenos Aires, fue enviada al Paraguay (una de las ocho gobernaciones que integraban el Virreinato), terminó en categórico fracaso. En un congreso convocado por el gobernador del Paraguay, en julio de 1810, para considerar la invitación de la Junta de Buenos Aires a ser reconocida como heredera del poder del Virrey, la opinión del doctor José Gaspar de Francia anticipó el rumbo de la política paraguaya. Quien sería a poco el famoso dictador, tan sombrío como xenófobo, “consideró inadmisible la pretensión de Buenos Aires”... “pero tampoco abogó en favor del caduco poder español” expresa un renombrado historiador paraguayo contemporáneo (1). “Mis argumentos en favor de mis ideas son éstos”, dijo Francia depositando dos pistolas sobre la mesa presidencial del Congreso: “una está destinada contra Femando VII y la otra contra Buenos Aires” (2).
En verdad, la pistola conüa Buenos Aires resultó la única que la ubicación mediterrá-

nea del Paraguay hizo necesario descargar. La expedición de Belgrano no encontró aliados y en cambio se la interpretó como una empresa de conquista, contra la cual el sentimiento popular paraguayo mostró su decisión. Informando de esta actitud, Belgrano comunicaba a su gobierno: “... Para venirme a atacar han trabajado de un modo increíble, venciendo... pantanos formidables, bosques inmensos e impenetrables; todo ha sido nada para ellos, pues su entusiasmo todo lo ha allanado” (3)...
Derrotado, Belgrano debió capitular y comprometerse a salir del Paraguay. Y éste quedó a partir de entonces, marginado de la guerra de la independencia.
Por el norte, las cuatro gobernaciones que comprendía el Alto Perú, no fueron sino en muy contadas situaciones partícipes de la revolución. Si políticamente integraban desde 1776 el Virreinato del Plata, la anterior tradición de dos siglos y medio vinculaba a esas gobernaciones más a Lima que a Buenos Aires. Y como arrastradas por esa tradición no manifestaron fervor por los sucesos de Buenos Aires. Tan es así que Potosí, la ciudad más prestigiosa del Alto Perú, “es el pueblo que menos simpatía tuvo por la revolución. Su grandeza y riqueza provenían del laboreo de minas y se fundaba en la mita y otros abusos intolerables que un sistema más liberal debía necesariamente destruir; eran, pues, sus intereses los que hacían inclinar la opinión en favor de la antigua opresión”, ha dejado es-

crito un militar de actuación descollante en la guerra de la independencia (4).
De resultas de esto, las fronteras de la revolución fueron en el norte las que correspondían a las anteriores a la creación del Virreinato, es decir a las ciudades de Salta y Jujuy, más allá de las cuales la lucha comenzada por Buenos Aires pareció encontrarse, casi siempre, en tierra desafecta.
Hacia el este, en la margen oriental del Río de la Plata, los españoles, provistos de un poder naval que les permitía el bombardeo y el bloqueo de Buenos Aires, fueron dueños de Montevideo hasta 1814. La intromisión portuguesa e inglesa, que reiteraba su vieja codicia respecto del dominio del Río de la Plata, se añadió a los conflictos de carácter interno de la revolución, y, en definitiva, la Banda Oriental se constituyó años más (arde en un Estado independiente.
Hacia el oeste la revolución encontró en la Cordillera de los Andes que delimitaba al Virreinato, y en la solidaridad del movimiento iniciado en Chile en setiembre de 1810, los factores para contar con un flanco seguro. Juzgando la situación de Chile, un distinguido historiador de ese país hermano, explica: “Desde el primer momento, y dada su peculiar situación geográfica, Chile se vio sometido a dos presiones: la que venía de Buenos Aires, en favor de las nuevas ideas y propiciaba la erección de una autoridad propia, y la procedente de Lima, que se esforzaba por mantener la fidelidad al antiguo sistema. En esa lucha de influencias, factores geográficos, sociales y económicos, triunfaría el partido de la innovación” (5).
Y aludiendo a las publicaciones periodísticas que en 1811 maduraron en Chile a las tendencias renovadoras, el mismo autor agrega que en ellas se advierten “los primeros conceptos sobre soberanía popular” y se revelan los sentimientos de solidaridad que animaban a los patriotas de Buenos Aires y de Santiago de Chile (6).
Dijimos antes que las fronteras de la revolución iniciada en Buenos Aires, no fueron las que correspondían al Virreinato. Es curioso señalar que en cambio las actuales fronteras del país corresponden, en líneas generales, a las de la Revolución de 1810. Como si la Argentina hubiera encontrado, en el límite logrado por los ideales de esa revolución, los mojones de su geografía.
Aunque para designar a los partidarios de los dos bandos enfrentados a partir de 1810 es frecuente usar los términos de criollos y españoles o, según se decía entonces, españoles americanos y españoles europeos, conviene aclarar que tales términos no corresponden estrictamente a la verdad. Pues no se trató de un conflicto de nacionalidades. Más exacto sería el uso de las expresiones patriotas y realistas. O, todavía mejor, sería hablar de una lucha entre liberales y absolutistas, ya que estas palabras representan más cabalmente el choque de las dos tendencias doctrinarias que calificó la militancia en los campos de la revolución y de la contrarrevolución.
En principio, ser patriota, liberal o revolucionario, era estar dispuesto a buscar la independencia organizando una sociedad diferente y mejor, por más justa, que la vivida bajo la dominación colonial. En cambio, y por oposición a esto, ser realista o absolutista era defender lo que ya estaba.
Prueba concreta de lo anterior es que, entre los nueve miembros del gobierno que iniciaba la revolución, dos eran españoles europeos: don Domingo Matheu y don Juan Larrea. Ambos sirvieron a la revolución con una lealtad que no conoció vacilaciones ni desmayos.
En 1813, una Asamblea revolucionaria de

clima jacobino, reiterando que ella encamaba una lucha de tendencias y no de nacionalidades, de identificación voluntaria con determinados ideales y no el resultado azaroso del lugar de nacimiento, “distinguía con el título de ciudadano a todos los españoles europeos que habían adquirido un derecho incontestable a la gratitud americana...” Y precisamente la firma de Juan Larrea, entonces diputado por Córdoba, figura en el acta de instalación de esa Asamblea.
Si esto sucedía en el ambiente institucional, algo semejante ocurría en los ejércitos que luchaban en los campos de batalla. La mayoría de los jefes que combatieron a la revolución, aunque en la terminología común se designan como españoles, eran en realidad americanos: Goyeneche, Tristón, Olañeta, etc., para sólo citar algunos nombres destacados (7).
La revolución de Buenos Aires, para cuyo estallido se aprovechó la invasión de España por Napoleón, debió encuadrarse luego en el marco de una variable y compleja política internacional.
Digamos desde ya que “la máscara de Fernando VII” no engañó a la opinión extranjera. Los comentarios periodísticos documentan la exacta interpretación que, de los acontecimientos ocurridos en Buenos Aires, formularon publicaciones inglesas, norteamericanas y francesas.
El “Heraldo de la Mañana”, de Londres, del 3 de setiembre de 1810, informaba: “Ayer recibimos cartas de Buenos Aires hasta el 13 de junio, que contienen algunas noticias interesantes sobre el estado político de aquella parte de la América Meridional. Últimamente dimos noticia del establecimiento de una Junta compuesta de nativos, la cual fue formada por el partido inclinado a la independencia”.
En los Estados Unidos, cada vez que se recibían noticias del River Plate, los periódicos se apresuraban a publicarlas, sin preocuparse de su atraso. En una extensa carta, enviada desde Buenos Aires y escrita por un corresponsal anónimo para el “National Intelligencer” de Washington, del 4 de diciembre de 1810, se leía, entre otros, el siguiente párrafo: “El entusiasmo que existe en esta capital es excesivo, acercándose a la locura; el mismo ardor prevalece en los países circundantes, que se están emancipando del despotismo materno y es sólo por tal energía que pueden arrojar el yugo que la tiranía les ha impuesto durante tanto tiempo” (8), y otro periódico norteamericano, el “New Evening Post”, del 20 de octubre de 1810: “Nuestras noticias procedentes del Río de la Plata hasta el mes de agosto inclusive son detalladas y auténticas. La revolución en Buenos Aires, en favor del partido nativo americano y de la absoluta independencia del Virreinato, que comenzó el 20 de mayo”... (9).
Por su parte, la prensa francesa daba al suceso una acogida generosa en espacios. El periódico “L’Ambigú” del 20 de agosto de 1810, bajo el título de “Revolución en el Paraguay”, se refería al hecho manifestando: “... se ha operado en el Paraguay una revolución semejante a la que ya ha tenido lugar en la provincia de Venezuela”. (El periódico denominaba Paraguay al territorio del Plata, tal como durante mucho tiempo lo habían designado cronistas y escritores). Y cual si los auténticos fines del movimiento le fueran conocidos, no bastándole la semejanza señalada con los acontecimientos de Venezuela, agrega: “Parece que la disolución de la Junta Central de España ha sido la señal de la declaración de independencia que proyectaban desde hace tiempo los habitantes nativos de esas vastas regiones”...
“Le Journal de l’Empire”, bajo el título, geográficamente más exacto que el anterior, de

“Revolución en Buenos Aires”, informa con detalle de los acontecimientos según una carta que proviene de la capital del Virreinato, y en la cual se leen, entre otras afirmaciones: “Ya no se podrá cargar a los americanos con las cadenas que acaban de romper”.
Los comentarios de periódicos extranjeros transcritos bastan para evidenciar que la Revolución de Mayo no fue un episodio lugareño. Interpretada en el exterior como un movimiento que integraba el proceso de la independencia de la América española, ella fue recibida con atento interés por las potencias que más directa vinculación tendrían, a partir de entonces, con la nueva nación.
Ahora bien, las exigencias de la acción revolucionaria, necesitada de apoyo diplomático, de armas y de dinero, tanto como las posibilidades que para los países extranjeros podían derivarse de la libertad de comercio establecida en Buenos Aires, explican el intercambio de agentes diplomáticos y de negociaciones que pronto hicieron de esta ciudad un activo escenario de encrucijada internacional.
Desde luego correspondió a Inglaterra el primer rango en esas negociaciones y fue su protagonista lord Slrangford, el ministro en Río de Janeiro a quien ya vimos protegiendo y “subsidiando” a Saturnino Rodríguez Peña. Dicho diplomático, interpretando los intereses de Londres, realizó el doble juego de auspiciar, disimuladamente, las revoluciones sin perturbar por ello la alianza de Inglaterra y España, unidas en la lucha contra Napoleón. En nota a Mariano Moreno, con el cual Strangford trabó pronto una reveladora vinculación epistolar, le decía: “Una declaración prematura de la independencia sería cerrar la puerta de la intervención amigable de la Gran Bretaña, mientras duren sus relaciones actuales con España”...
El deseo de alentar a la revolución, simulando ignorar que ella buscaba la independencia, explica que, cuando la Junta de Buenos Aires solicitó su intervención contra el bloqueo que los barcos españoles de Montevideo establecieron en el Plata, maniobra que amenazaba asfixiar económica y financieramente a la revolución, lord Strangford despachara al jefe naval británico destacado en Río de Janeiro con instrucciones terminantes en el sentido de imponer, por la fuerza si ello era indispensable, la conclusión del bloqueo. Los barcos españoles obedecieron y la asfixia económica no se concretó.
Que el apoyo inglés era importante y no sólo para la lucha contra España sino también para contener las pretensiones portuguesas de ocupar la Banda Oriental, lo prueban la prontitud con que apenas iniciada la Revolución se despachó con destino a Londres, un agente diplomático. Meses después, el propio secretario de la Junta partió en misión ante lord Strangford y la cancillería inglesa, encargado de una gestión que la muerte de Moreno impediría cumplir.
Poco duraría, sin embargo, el apoyo vergonzante pero al fin apoyo, de lord Strangford. Desde 1811 se hizo evidente que el representante inglés prefería actuar en el sentido de convencer a la colonia sublevada de la conveniencia de una reconciliación con la metrópoli. Y esta posición se hizo rígida a partir de 1814, cuando, vuelto al trono Femando VII, un tratado (5 de juüo de 1814) otorgaba a Gran Bretaña la cláusula de la nación más reconocida en caso de abrir España sus colonias al comercio extranjero.
Fue preciso (anticipémoslo) que el triunfo de San Martín al frente del ejército argentino- chileno en Maipú (abril de 1818), cambiase las perspectivas de la guerra de la independencia, para que la cancillería inglesa volviera a sonreímos...
En lo que respecta a las negociaciones con

los Estados Unidos, Joel Roberts Poinsett, primer cónsul general en Buenos Aires, Chile y Perú, llegó a la capital argentina en febrero de 1811. A su vez, en junio de 1811, dos agentes de Buenos Aires, uno de ellos Diego de Saavedra, hijo del Presidente de la Junta, partieron para los Estados Unidos con el objetivo principal de obtener abastecimientos militares. Pero como el secretario de Estado norteamericano (entonces James Monroe) se negara a respaldar la operación, los agentes de Buenos Aires decidieron “arreglárselas por su cuenta” y compraron mil fusiles a “diversos armeros de Filadelfia”, con los cuales volvieron a Buenos Aires en mayo de 1812.
“El simple hecho de que estas misiones fuesen enviadas exhibía una tendencia, por parte de los Estados Unidos y la América española, a unirse en cuanto se aflojaran los lazos que vinculaban a las últimas con España. Y, sin embargo, casi sin excepciones, la experiencia de las misiones revelaba los obstáculos existentes en lo referente a una unión más estrecha. De tal modo, aunque el gobierno de los Estados Unidos quería que América española se independizara, no proporcionó al gobierno de Buenos Aires armas con las cuales conquistar su independencia” (10).
Apenas llegado a Buenos Aires, el cónsul Poinsett protestó contra el trato preferencial que se acordaba a los barcos británicos y que no se concedía a los buques norteamericanos. La Junta replicó “reconociendo la discriminación” y afirmando, con claridad, que había sido concedida a Gran Bretaña como recompensa “por la actitud de esta nación en oportunidad de la amenaza de bloqueo de los españoles de Montevideo”.
La aparición de los barcos norteamericanos en el Plata hubiera podido significar ventajas para Buenos Aires, desde el punto de vista de una posible competencia comercial con los británicos. Esto no llegó a concretarse porque la guerra, estallada en 1812, entre Gran Bretaña y los Estados Unidos, dada la superioridad naval inglesa, significó, prácticamente, la eliminación en el tráfico mercantil de los buques norteamericanos. Debieron pues transcurrir unos años antes de que las mercaderías de la patria de Washington: harina, ron, zapatos, muebles, etc., figuraran como rubros importantes en el comercio exterior de la Argentina.
Más gravemente que en el comercio, la mencionada guerra entre ingleses y norteamericanos repercutiría en el porvenir de la propia revolución de Buenos Aires, al dificultarle solucionar su angustiosa necesidad de equipo bélico. Volveremos luego sobre el tema (11).
Ya se ha dicho que apenas iniciada la Revolución, los comentarios de periódicos extranjeros la juzgaron como integrando el proceso emancipador de la América española. También de ese modo, la Revolución se vio a sí misma, y obró en consecuencia.
En los primeros comicios públicos celebrados en Buenos Aires (19 de setiembre de 1811), “el sentimiento continental foijado por la revolución se trasluce en que pueden sufragar los vecinos americanos de la ciudad y no exclusivamente los de las Provincias Unidas” (12).
Poco después el órgano oficial, “La Gazeta Ministerial”, comentando la declaración de independencia de Venezuela, proclamada el 5 de julio de 1811, decía: “Los pueblos americanos ya no serán unas factorías coloniales. Americanos del Sud: ya ha llegado el momento”.
Este lenguaje de solidaridad con los otros movimientos revolucionarios producidos en la América española se reflejaba en los términos en los cuales se redactaban las solicitudes de carta de ciudadanía: el interesado pedía “se le declare hijo de la América, por estar penetrado

de los principios de Razón y Justicia con que el gobierno defiende los derechos de América”... Y precisamente la carta de ciudadanía se había implantado para que los extranjeros pudieran incorporarse “a la gran familia americana” (13). Años después, siendo San Martín el gobernante supremo del Perú, en el Estatuto Provisional, adoptado mientras se sancionaba la constitución de ese país, definió categórico: “Son ciudadanos del Perú los que hayan nacido o nacieren en cualquiera de los Estados de América que hayan jurado la independencia de España”... El general Belgrano, de tan destacada actuación revolucionaria, al dirigirse a los soldados el 27 de febrero de 1812, en ocasión de la creación de la bandera argentina, expresó: “Juremos vencer a nuestros enemigos y la América del Sud será el templo de la independencia y de la libertad”.
La Asamblea General de 1813, que tan decisivas resoluciones adoptó en materia revolucionaria, acordó la aprobación de un himno en cuyas estrofas su autor, el diputado Vicente López y Planes, no olvidó que la lucha tenía amplitud continental: los versos nombran a México, Caracas, Quito... Por cierto que la solidaridad que el himno argentino proclamaba, mereció a su vez, una recíproca repercusión en Sudamérica; él se entonaba, con popular emoción, más allá de las fronteras argentinas, más allá del territorio que pisaron los soldados que San Martín llevó hasta el Perú. El capitán inglés Vowell, que luchó en los ejércitos independientes de América, recordaba en Londres que quinientos llaneros venezolanos del general Páez, un subordinado de Bolívar, “celebrando un joljorio en lugar remoto del bosque”... “... entonaron con regocijo frenético el himno nacional argentino” (14).
En 1822, en una fiesta en el istmo de Panamá, entonces parte integrante de Colombia, “los pobres negros cantaban el himno nacional argentino” (15), en cuyo grito sagrado de
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! se sentían, sin duda, sobradamente identificados.
Una minoría decidida e ilustrada de abogados, comerciantes, sacerdotes, militares, etc., dirigió la Revolución de 1810; no hubiera podido realizar esa tarea si no hubiera contado con apoyo popular. Pero el movimiento debió cumplirse en una sociedad con base esclavista: los negros (y mulatos) a semejanza de los indios (y mestizos) figuraban, de atenemos a la realidad y no a leyes incumplidas, cual simples “piezas” de un engranaje económico-social. ¿Cómo se comportaron los “castas” frente a la lucha que dividía en dos bandos beligerantes a los amos blancos?...
Digamos, antes, el comportamiento de la Revolución frente a esos sectores sometidos.
Ya a comienzos de 1812, la Revolución había prohibido la introducción de negros, “en obsequio a los derechos de la humanidad afligida y como una consecuencia de los principios liberales que han proclamado y defienden con valor y energía los pueblos de las Provincias Unidas”, según expresaba el decreto respectivo (16). La Asamblea General Constituyente de 1813, hizo de la libertad de los hijos de los esclavos su primera resolución importante: “... Este bárbaro derecho del más fuerte”, “desaparecerá en lo sucesivo de nuestro hemisferio y se extinguirá hasta que, regenerada, esa miserable raza iguale a todas las clases del estado, y haga ver que la naturaleza nunca ha formado esclavos sino hombres, pero que la educación ha dividido la tierra en opresores y oprimidos”... Después de haber decretado así, con la llamada libertad de vientres, la discontinuidad de la secular esclavitud, y como

deseosa que las fronteras argentinas delimitasen claramente la servidumbre y la emancipación de los africanos, en la sesión del 4 de febrero de 1813, la Asamblea decretaba “que todos los esclavos de países extranjeros, que de cualquier modo se introduzcan desde este día en adelante, queden libres por el sólo hecho de pisar el territorio de las Provincias Unidas”.
La libertad de comercio al facilitar la importación de mercaderías venía reduciendo, desde 1810, la importancia de los africanos como mano de obra de la economía, y esto facilitaba la adopción de estas medidas de liberación. En cambio la Revolución debió calcular a los negros como soldados y ellos constituyeron el aporte humano más nutrido de la infantería. La participación de los esclavos africanos en reñidas batallas, explica que, muertos muy jóvenes, antes de tener descendencia, las “bajas” de la guerra resultaran un factor causal en la desaparición de esta raza dentro de la Argentina contemporánea. Muchos negros pagaron pues con su vida la libertad por conquistar. No es otro el precio que, según la Historia, se estila en estos casos.
En lo referente a los “naturales”, la Revolución abolió la mita y las encomiendas “y el servicio personal de los indios, sin exceptuar el que prestan a las iglesias y sus párrocos”. Pero no es exagerado decir, que, en líneas generales, ante la guerra desencadenada entre patriotas y realistas, la masa aborigen ofició de espectadora. Tal vez porque tras siglos de sentirse explotada, recelosa del hombre blanco, no diferenciaba en los dos bandos posibles razones que la llevaran a participar en la contienda Fue precisamente la indiferencia indígena, que constituía la gran masa de población del Alto Perú, una de las razones de la falta de resonancias revolucionarias en esa región del Virreinato que ya hemos señalado.
Ni siquiera como elementos auxiliares resultaron eficientes. En las vísperas de una batalla, unos cientos de indios destinados a arrastrar los cañones “fueron positivamente peiju- diciales. Al primer disparo del enemigo y aun quizá de nuestras mismas piezas, cayeron por tierra pegando el rostro y el vientre en el suelo”... “poseídos de un pavor tal que, por supuesto, ya no hubo que contar con ellos para mover los cañones, pues sin dejar su humillante postura fueron escabullándose hasta desaparecer enteramente” (17).
No fue muy distinta la conducta, que ante la lucha de patriotas y realistas, manifestaron los indios que habitaban la llanura de Buenos Aires. Espectadores del conflicto, lo aprovecharon en la medida que la guerra impedía al gobierno argentino proteger las poblaciones y castigar los ataques sorpresivos, llamados malones, que los aborígenes llevaban a las ciudades indefensas.
Se dijo antes que la Revolución de mayo de 1810 debió buscar la justicia a través de la independencia política. Como ésta no iba a lograrse sin la lucha amtada, ocune que la güeña, que sólo debía ser un medio, suele confundirse con los fines de la Revolución. Y es así que el resplandor de las bayonetas y el tronar de los cañones han perturbado el comprender la íntima esencia del proceso revolucionario.
Este manifestó, desde el primer momento, preocupaciones de igualdad democrática, que lo mostraron en evidente contraste con el mundo colonial. Si sólo se hubiera tratado de reemplazar gobernantes españoles por criollos, la Revolución de Mayo no habría hundido en las raíces de la estructura social sus propósitos de sustanciales transformaciones.
Abolir el monopolio, o la esclavitud de indios y de negros, fueron actitudes anteriores a la adopción de una bandera o de un escudo o a

la aceptación de una organización constitucional.
Recuérdese que ya años antes de 1810, Manuel Belgrano no pedía cambios en el elenco de funcionarios, sino en el criterio a regir para terminar con la miseria y el atraso de los pobladores. Sería tarea sencilla reunir, en una antología del pensamiento revolucionario, las expresiones más representativas de este enfoque que convierte a la Revolución Argentina en una categórica búsqueda de cambios trascendentes. Bastaría que el lector de estas páginas recordara la frase citada de Moreno cuando, preocupado por mejorar el nivel de los conocimientos populares, afirmaba: “Si los pueblos no se ilustran”... “será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía”...
Y agregar esta angustiosa pregunta que ante la aparición de las discordias dentro de la Revolución se formulaba en 1812 Bemardino Rivadavia: “¿De qué nos sirve la libertad si ella no nos hace felices?”...
Desde luego, iniciada la contienda, sucedió que la guerra que necesariamente hizo la Revolución, al prolongarse, terminó, inevitablemente, haciendo a su vez a la Revolución. La interacción entre las batallas y las realizaciones de cambios económico-sociales del país argentino, se patentizó a poco de estallado el movimiento.
En una síntesis forzosamente panorámica, cual la imponen estas páginas, limitémonos a señalar esa interacción a través de algunos ejemplos representativos.
Los gastos impuestos por la lucha armada obligaron a encarar nuevas fuentes de recursos. Para hacerse del dinero necesario, antes de cumplir un año de la Revolución, se debió imponer a los españoles europeos una suscripción forzosa: de este modo las balas de los criollos resultaban pagadas por el enemigo... No bastando testo, a fines de 1811 se rebajaron todos los sueldos civiles, militares y pensiones de la administración pública, en una proporción que oscilaba entre el diez y el cincuenta por ciento. Con el mismo propósito de allegar un “recurso permanente del erario” se aprobó, el 10 de abril de 1812, un plan que incorporaba la lotería a las costumbres nacionales: el azar, estimulando la codicia ciudadana, hizo su primera aparición oficial.
El Estado dependía entonces, desde el punto de vista de sus ingresos, casi enteramente de las rentas aduaneras y éstas sufrían las consecuencias negativas de los trastornos del comercio exterior. “No existía otro impuesto territorial que el Diezmo, el cual, según lo indica su nombre, consistía en el aporte de la décima parte del producto anual de las propiedades rurales para beneficio del clero y de los hospitales. Las fincas y los capitales empleados en las transacciones mercantiles eran libres de todo derecho o impuesto.”
Cuando las victorias de Belgrano en la frontera norte permitieron la ocupación transitoria de Potosí, el dominio de la ciudad posibilitó acuñar las primeras monedas de oro y plata y como símbolo de soberanía en ellas apareció el escudo aprobado por la Asamblea General de 1813 para reemplazar con él a las armas del Rey (18).
Pero ese mismo año de 1813 las urgencias financieras obligaron a adoptar por parte de la Asamblea, una resolución que indirectamente hizo crear el papel moneda, desconocido hasta entonces. En efecto, hubo que solicitar a los capitalistas un préstamo de 500.000 pesos; los capitalistas percibirían un interés del seis por ciento y a cada prestamista se le daría un “pagaré sellado” como garantía. Estos pagarés circularon, en definitiva, como vales de

tesorería; y puesto que el Estado siguió teniendo necesidades, dejaron de devengar interés y resultaron, a la postre, semejantes a billetes de banco.
Así nació en la Argentina el papel moneda; el país cuyo nombre deriva de la palabra latina “argertum” (plata metálica) fue, entre todas las naciones del mundo, una de las primeras en liberarse de la circulación en metálico. En lo institucional, las alternativas bélicas influyeron, sin disimulo alguno. Una primera derrota en el Alto Perú, en j unió de 1811, fue la causa determinante de que se abandonara el sistema de un Poder Ejecutivo numeroso (la denominada Junta Grande) y se intentara organizar un gobierno en el cual se deslindaban los poderes ejecutivo y legislativo, dándole al primero de ellos el molde, clásico en la Antigüedad, de los Triunviratos. Una victoria en Tucumán, año de 1812, contribuyó a la caída de este gobierno y a su reemplazo por otro Triunvirato. En 1813, derrotas en el Alto Perú, indujeron a simplificar y robustecer el Poder Ejecutivo, mediante la creación del cargo de Director Supremo de las Provincias Unidas.
Necesidades de carácter militar fundamentaron la creación de la Gobernación Intendencia de Cuyo, que comprendiendo a Mendoza,
San Juan y San Luis, separó a estas provincias de la gobernación de Córdoba del Tucumán.
Ya se ha señalado antes, que razones de carácter militar gravitaron en la emancipación de los africanos y en el envío al exterior de misiones diplomáticas en procura de armamentos. Parece innecesario reiterar cómo en esos aspectos, la guerra influyó en la Revolución.
Por último, el acatamiento estricto de todos, sin distinción de jerarquías o privilegios a los fines de la guerra, llegó a evidenciarse en episodios bien ilustrativos del rigor revolucionario. En 1812, el general Belgrano había debido arrestar al obispo de Salta al comprobarle complicidad con Goyeneche; el obispo alentaba a este jefe realista a apresurar la marcha sobre Buenos Aires, calculando y deseando el fracaso de la Revolución. En la sesión del 17 de marzo la Asamblea General Constituyente tomaba conocimiento de una petición del obispo, “impetrando clemencia y quejándose indefinidamente de las incomodidades que sufría en su situación” (19). Pero el diputado Alvear “declamó con celo y vehemencia: Ciudadanos representantes: la ley no considera sino el delito: todas las personas son iguales en su presencia y si en el juicio a vuestro reverendo obispo se debiera atender su dignidad, sólo debiera ser para aumentar el castigo que merezca” (20).